El marido de mi hermana.

Capítulo 15/2: Alba

Adriano se quedó mirando la pantalla del teléfono sin respirar.

La fotografía era borrosa, tomada a través de un cristal con reflejos, pero se distinguía lo esencial: unos ojos oscuros muy abiertos, una nariz pequeña respingona, un gorro de lana con una borla torcida. Y aquel conejo de peluche con una oreja medio descosida, apretado contra el pecho con la fuerza con que solo abrazan los niños.

—Amely.

Ella seguía de espaldas, con los dedos sobre las letras torcidas de la pared. No se volvió.

—Amely, mira esto.

Se giró despacio. Cuando vio la imagen, el lápiz de cera se le cayó de la mano y rodó por el suelo desnudo hasta chocar con el rodapié.

—Es ella.

—Sí.

—Tiene tus cejas. —Se le quebró la voz—. Mira cómo frunce las cejas.

Adriano acercó el teléfono con las dos manos, como si la pantalla pudiera romperse. Amely tocó el cristal con la yema del dedo, justo sobre la carita, y se quedó así un instante, sin hablar. Después cerró los ojos con fuerza, y por fin le salieron las lágrimas, silenciosas, calientes, rodándole hasta la barbilla.

—Alba —susurró.

—Alba —repitió él.

Ninguno de los dos supo cuánto tiempo pasó. Los pasos de Sofía, que subía la cuesta apoyándose en la pared, los sacaron del trance.

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Sofía llegó a la puerta de la habitación jadeando. Vio la cama sin colchón, el dibujo en el yeso, el rostro de su hija mojado de lágrimas, y se llevó las manos al pecho.

—Se ha ido.

—Hace poco. —Amely se secó la cara con la manga—. Mamá, mírala.

Le tendió el teléfono. Sofía sostuvo la fotografía bajo la luz amarilla del atardecer, y su boca empezó a temblar.

—Es igualita a ti cuando naciste —murmuró—. Los mismos puños. Fíjate, hasta en la foto aprieta los puños.

—¿Los aprieta?

—Mírale las manos sobre el conejo.

Era cierto. Aquellas manitas pequeñas, cerradas con una fuerza desproporcionada, se aferraban al peluche como si alguien pudiera arrebatárselo. Amely soltó una risa quebrada, mezclada con un sollozo, y Sofía la abrazó con un solo brazo, sin soltar el teléfono con el otro.

Fue Adriano quien volvió a poner los pies en el suelo.

—Quien mandó esto sabe dónde está la niña ahora mismo —dijo—. O la tiene.

—O quiere que lo creamos —replicó Amely.

—De cualquier manera, hay que averiguar quién es el remitente.

Marcó el número que aparecía en la pantalla. Un tono, dos, tres. Saltó un mensaje automático: el número marcado no existe.

—Un teléfono desechable —murmuró—. Se lo pasaré a Julián para que lo rastree.

—Mientras tanto —dijo una voz desde el pasillo—, creo que yo puedo contarles algunas cosas.

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Los tres se volvieron.

En el umbral de la casa había una anciana menuda, con un delantal de flores y un pañuelo negro anudado bajo la barbilla. Se apoyaba en un bastón de nogal y tenía el rostro cruzado de arrugas finas, como un mapa de caminos de tierra. Los miraba con ojos vivos, asustados y compasivos a la vez.

—Perdonen que entre sin llamar. La puerta estaba abierta y vi llegar los coches.

—¿Quién es usted? —preguntó Adriano.

—Pilar Sanz. Vivo ahí enfrente, en el once. —Señaló con el bastón hacia la casa de la acera contraria—. Llevo setenta y dos años en esta calle. Conozco a todo el mundo, y a los Beltrán, mejor que a nadie.

Amely dio un paso hacia ella.

—¿Los conoce? ¿Sabe adónde se han ido?

—Eso no. —La anciana negó con la cabeza—. Pero sé por qué.

Se acercó despacio, sin soltar el bastón, y miró a Amely de arriba abajo con una atención que a ella le recordó a Casilda.

—Usted es la madre.

El suelo pareció moverse bajo los pies de Amely.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque tiene los ojos de la niña. —La anciana sonrió con tristeza—. Y porque Lucrecia me dijo que algún día vendría alguien con esos ojos.

—¿Lucrecia?

—Lucrecia Beltrán. La mujer que crió a Alba. —Pilar apoyó las dos manos sobre el bastón—. Hija mía, siéntese. Tengo mucho que contarle y no quiero que se me caiga al suelo.

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Se sentaron los cuatro en la cocina vacía, sobre cajas de cartón y un taburete que la anciana trajo de su casa. Amely se aferraba a las rodillas de Sofía. Adriano permanecía de pie, apoyado en la encimera, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.

Pilar comenzó a hablar con una voz serena y pausada, la de quien ha contado muchas historias junto a un brasero.

—Los Beltrán llegaron a Villanueva hace cuatro años, en pleno invierno. Él, Teodoro, había sido maestro de escuela en una ciudad del sur. Ella, Lucrecia, bordaba para una tienda de manteles. Gente tranquila, educada. No tenían familia por aquí. Alquilaron esta casa y a los quince días apareció con una criatura en brazos.

—¿Una recién nacida? —preguntó Sofía.

—De unos seis meses, quizá más. Pequeñita, con una carita preciosa. Decían que era su hija. Pero yo vi a Lucrecia el día que llegaron, y le aseguro que esa mujer no había parido en su vida. —Pilar sonrió con ternura—. Se le notaba en cómo la sostenía. Con tanto miedo y tanto amor que parecía que se la hubieran prestado.

—¿Nunca preguntó?

—En un pueblo no se pregunta, hija. Se espera. —Hizo una pausa—. Y un día, al cabo de unos meses, Lucrecia vino a mi casa a pedirme una taza de azúcar y se echó a llorar en mi cocina.

—¿Qué le dijo?

Pilar tardó en responder.

—Me contó que ella no podía tener hijos. Que llevaba doce años intentándolo y que su marido y ella estaban en una lista de adopción desde hacía siete. Que un día, una señora de una fundación los llamó y les dijo que había una niña "especial", que necesitaba un hogar discreto, y que si firmaban unos papeles y mantenían la boca cerrada, podían quedársela.

—¿Les dijeron de dónde venía?

—Que era huérfana. Hija de una joven que había muerto en el parto, sin familia que la reclamara. —Pilar levantó la mirada—. Lucrecia me dijo que al principio se lo creyó. Que pensó que Dios, por fin, se había acordado de ellos.




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