El marido de mi hermana.

Capítulo 16: La luz del faro

Adriano no pudo dormir.

La posada de Villanueva del Roble era una casa de piedra con vigas oscuras, seis habitaciones y una dueña que había preparado tres camas sin hacer preguntas. Amely dormitaba en la de al lado, vestida y con la libreta de Amanda bajo la almohada. Sofía descansaba en otra, con el rosario de su madre entre los dedos. Julián y la magistrada se habían marchado a la capital a mover papeles.

A las dos de la madrugada, Adriano salió al balcón de madera a respirar. El pueblo estaba negro y en silencio. Solo quedaba una luz amarilla en la ventana del doce, donde los agentes habían dejado una lámpara encendida junto a la cama sin colchón.

Entonces la vio.

Al fondo de la cuesta, bajo un farol apagado, había una figura pequeña con un gorro de lana y una borla torcida. Se agitaba despacio, saludando hacia aquella ventana. Algo oscuro y gastado le colgaba de la otra mano.

Adriano dejó de respirar.

Bajó las escaleras de dos en dos, abrió el portón sin hacer ruido y cruzó la calle descalzo, con los zapatos en la mano. La figura se había hecho más pequeña, más lejana. Alguien la había levantado en brazos y la llevaba hacia un coche gris con los faros apagados.

—¡Espere! —susurró, y corrió.

La portezuela trasera se cerró con un golpe sordo. Del lado del conductor salió un hombre alto y encorvado, con un abrigo oscuro y las manos en alto.

—Quieto, Adriano. Por favor. No voy a huir.

Adriano se detuvo a tres metros. Bajo la luz de la luna, aquel rostro cansado y envejecido, con los ojos hundidos y el cabello blanco despeinado, tardó un segundo en ser reconocible.

—Ricardo.

—Hola, muchacho.

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Se quedaron mirándose en mitad de la calle.

Adriano había imaginado muchas veces ese encuentro, con distintos finales. En ninguno era el hombre quien parecía a punto de romperse.

—Tiene a la niña ahí dentro —dijo.

—Está dormida. —Ricardo señaló el coche con un movimiento de cabeza—. Se despertó hace diez minutos y pidió ver la luz de la casa. Dice que le gusta cómo brilla. —Sonrió con una tristeza inmensa—. No pude negárselo.

—Es mi hija.

—Lo sé.

—Y la de Amely.

—Lo sé también. —Ricardo bajó las manos—. No vengo a quitársela a nadie, Adriano. Vengo a evitar que se la quiten otra vez.

—¿Fue usted quien mandó la foto?

—Fui yo. —Se pasó una mano por la cara—. Sé que no tengo derecho a pedir nada. Pero necesitaba que Amely supiera que Alba está a salvo.

—¿Cómo la encontró?

—Siempre supe dónde estaba. —Hizo una pausa—. Desde el primer día. Nunca se lo dije a Helena. Es lo único que hice bien en veinte años.

Adriano apretó los puños.

—Dejó que se la llevaran.

—Dejé que se la llevaran a una familia decente, que era lo mejor que podía pasar en aquel momento. —La voz de Ricardo se quebró—. Habría ido a la policía, a un juez, a un periódico. Pero Helena tenía a Amely dormida en una cama de hospital, y yo sabía que si hablaba, la dosis subiría. Era mi hija o mi hija. Elegí la que podía proteger sin hacer ruido.

—¿Y las transferencias?

—Las puso Amanda al principio, con dinero de su fideicomiso. Quería que la niña no pasara necesidades. Después, cuando Amanda se casó, Helena tomó el control. Yo seguí vigilando de lejos. —Sonrió con amargura—. Un padre cobarde también puede ser un espía.

Adriano lo miró largo rato.

—Amely tiene derecho a odiarlo.

—Lo tiene.

—¿Qué quiere de ella?

—Que me escuche una vez. Solo una. —Ricardo respiró hondo—. Esta mañana, cuando Helena fue a casa de los Beltrán, Lucrecia me llamó. Me dijo que una señora los había amenazado. Les dije que huyeran, que cogieran lo imprescindible. Están a salvo, en la casa de un viejo capataz de la familia, en la sierra. Helena no sabe que existe.

—¿Con Alba?

—Con Alba. Y con Lucrecia y Teodoro, que no se han separado de ella un segundo. —Hizo una pausa—. Esta noche me la traje un rato porque pidió ver a *la señora de la luz*. Así dice que se llama.

—¿La señora de la luz?

—Cuando pasa el faro de la carretera, Lucrecia le ha contado siempre que hay una señora que lo enciende para que nadie se pierda. —Ricardo sonrió con los ojos húmedos—. Es lo que ella cree que es el faro.

Adriano sintió que algo se le deshacía en la garganta.

—Quiero verla.

—Mírala. Pero no la despiertes.

Se acercó al coche con pasos lentos, como se avanza sobre un hielo fino. Al otro lado del cristal, tumbada en el asiento trasero bajo una manta de cuadros, dormía una niña de pelo oscuro y cejas fruncidas. Tenía una mano cerrada en un puño sobre el conejo de peluche y la otra bajo la mejilla. Respiraba con un silbido diminuto.

Adriano apoyó la frente contra el cristal y se quedó así, sin moverse, mientras las lágrimas le caían sin ruido por la nariz.

—Se parece a ella —susurró.

—Se parece a las dos. —Ricardo se colocó a su lado—. Pero ese ceño es de Sofía.

—¿Lo conoce?

—Fue lo primero que me enamoró de ella.

Adriano lo miró de reojo.

—No hable de eso.

—Tienes razón. —Ricardo bajó la cabeza—. Perdóname.

Se quedaron en silencio un rato, uno al lado del otro, mirando dormir a la niña.

—Quiero que Amely venga a verla mañana —dijo Ricardo al fin—. Sola. En el faro de Vallmar, cuando se encienda la luz. Es el lugar donde la niña quiere ir cada vez que le hablan de su madre.

—¿Por qué sola?

—Porque Alba tiene cuatro años y no entiende de abogados, magistrados ni policías. Si ve diez desconocidos, se esconderá. Y Amely merece tener ese primer momento sin testigos.

—Es una trampa.

—Puede serlo. Por eso quiero que estés tú a cien metros, con quien haga falta. —Ricardo le sostuvo la mirada—. Hay algo más, Adriano. Helena no se ha quedado quieta. Esta tarde su abogado presentó algo ante un juzgado de familia. No sé qué. Pero conozco esa cara. Es la que pone cuando ya ha movido la última pieza.




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