Nadie se movió.
El vestíbulo del faro era un círculo estrecho de piedra, con una escalera de caracol que subía hacia la penumbra y una puerta abierta por donde entraba un rectángulo de luz roja. En ese rectángulo, como en un escenario, estaba Helena, con las manos juntas sobre el bolso y la serenidad de quien ya ha ganado.
Amely sentía el puño de Alba apretándole el dedo. Era un apretón pequeño, caliente, obstinado. Lo único real en medio de aquel papel con sellos.
—Léame otra vez el nombre de la tutelada —dijo con voz baja.
La mujer de la carpeta parpadeó.
—Doña Amely Amersfoort Marín.
—Marín. —Amely levantó la vista hacia Helena—. Es el apellido de mi madre. El de Sofía. Tu propio documento dice que soy hija de tu hermana.
—Es un error de transcripción.
—Es una confesión firmada por un juez.
Helena sonrió con un cansancio casi tierno.
—Querida, te agotas buscando agujeros donde no los hay. El apellido lo corregiremos en su momento. Lo importante es la resolución.
—Lo importante es que no soy incapaz.
—Eso lo dicen todos los incapaces.
El comisario carraspeó, incómodo. Era un hombre grueso, de bigote ralo y ojos que evitaban cualquier mirada, y sostenía la gorra con las dos manos como un escudo.
—Señorita, entiéndame. Yo solo ejecuto la orden. Si hay un recurso, que se tramite por la vía correcta.
—La vía correcta tarda una semana —dijo Amely— y usted pretende llevarse hoy a una niña de cuatro años de los brazos de la única madre que ha conocido.
—Yo no pretendo nada.
—Entonces no la toque.
—Comisario. —La voz de Helena fue suave, sin elevarse—. La resolución es clara. Cualquier demora puede considerarse desobediencia.
El hombre tragó saliva. Miró a Lucrecia, que se había hincado de rodillas y rodeaba a Alba con los dos brazos, y apartó la vista enseguida.
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Lucrecia levantó la cabeza. Tenía el rostro mojado y la voz rota, pero hablaba despacio, como quien reza.
—Señora, por lo que más quiera.
Helena la miró con una cortesía distante.
—Usted es la señora Beltrán.
—Sí.
—Una mujer admirable. Ha cuidado de la niña durante cuatro años. La familia se lo agradece. —Hizo una pausa—. Se le compensará.
—No quiero compensación. Quiero a mi hija.
—No es su hija.
La frase cayó como un golpe seco. Lucrecia se encogió, y Alba, que hasta entonces había permanecido escondida contra su abrigo, asomó la carita con los ojos muy abiertos.
—Mamá, ¿qué dice la señora?
—Nada, cariño. Nada.
—Dice que no eres mi mamá.
—Es una señora enfadada. Las señoras enfadadas dicen tonterías.
—¿Y por qué quiere llevarme?
Nadie contestó. En el silencio se oyó el rumor del mar, abajo, contra las rocas, y el crujido de las botas de uno de los agentes.
Fue Teodoro quien dio un paso adelante. Era un hombre flaco, de gafas redondas y manos de maestro, y hasta ese momento no había dicho una palabra. Se plantó entre Helena y su mujer, con el abrigo desgastado colgándole de los hombros y los puños cerrados a los costados.
—Yo he enseñado a leer a doscientos niños —dijo, con una voz que temblaba pero no se quebraba—. Sé distinguir cuándo a un niño lo quieren y cuándo lo reclaman. A esta lo quieren. Y a usted solo la reclaman.
Helena lo observó con curiosidad.
—Qué discurso tan hermoso. Lástima que carezca de validez jurídica.
—La validez jurídica la darán los jueces —replicó él—. La otra la da el tiempo, y esa ya la tenemos nosotros.
Por un instante, algo se movió en el rostro de Helena. No fue ira. Fue algo más extraño, más viejo. Un parpadeo de reconocimiento, como si aquel hombre menudo le hubiera recordado a alguien.
Después se compuso.
—Comisario —dijo.
—Señora...
—Cumpla con su deber.
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El comisario dio un paso hacia Alba. Dos agentes lo siguieron, con las manos todavía lejos de las armas, pero listos. La mujer de la carpeta retrocedió hasta la puerta, como quien se aparta de una escena que preferiría no ver.
Amely se interpuso.
No pensó. Fue un movimiento del cuerpo, como el de un animal que cubre a su cría. Soltó el dedo de la niña y se puso delante de ella con los brazos abiertos, de espaldas a Lucrecia y a Alba, frente a los uniformes.
—No.
—Señorita...
—No van a llevársela.
—No quiero hacerle daño.
—Entonces no se acerque.
El comisario titubeó. Era un hombre sin maldad, y eso lo hacía más peligroso: había aprendido a no mirar lo que no le convenía ver. Miró a Helena, que sostenía la sonrisa con una paciencia de piedra.
—Si se resiste —dijo ella con suavidad—, será necesario inmovilizarla. Es la rutina con las personas en su estado.
—Mi estado —repitió Amely, y soltó una risa seca—. Tengo veinticinco años, un trabajo, una casa y una memoria que tú me robaste. No tengo ningún estado.
—Tienes un dictamen.
—Tengo un dictamen falso que firmó un hombre al que pagaste.
—Tienes un sello oficial.
—Tengo una hija.
La palabra salió sin que la hubiera decidido. *Una hija.* La había dicho en voz alta por primera vez, en un vestíbulo de piedra, frente a una docena de testigos y a la mujer que había intentado borrarla.
Detrás de ella, Alba dejó de respirar.
—¿Soy yo? —susurró la niña.
Amely sintió que se le doblaban las rodillas, pero no se movió. No se atrevió a volverse.
—Sí —dijo, con la voz temblando—. Eres tú.
—¿Tú eres mi mamá?
—Soy... una de tus mamás.
—¿Y mamá Lucrecia?
—Es la otra.
Alba guardó silencio. Era un silencio pesado, de criatura que procesa algo demasiado grande. Después, con la lógica implacable de los cuatro años, preguntó:
—¿Puedo tener dos?
Lucrecia ahogó un sollozo contra el pelo de la niña. Teodoro se quitó las gafas y se pasó la manga por los ojos. Hasta el comisario desvió la mirada hacia el suelo.