La luz del faro siguió girando sobre el mar mientras en el vestíbulo se deshacía la tensión.
La magistrada Ibáñez fue la primera en recuperar el tono práctico. Se quitó la toga, la dobló sobre el brazo y miró a su alrededor con el gesto de quien ha ganado una batalla y sabe que la guerra continúa.
—Escúchenme todos, porque no voy a repetirlo. La suspensión cautelar vale hasta que la Audiencia resuelva, y eso puede tardar una semana. Hasta entonces, Alba permanece bajo protección judicial provisional. Los señores Beltrán conservan su cuidado, en un domicilio seguro y vigilado. —Se volvió hacia Amely—. Usted podrá verla a diario. Con supervisión, pero a diario.
—¿Supervisión?
—Una trabajadora social presente en cada visita. No es una desconfianza hacia usted, es un blindaje. Si mañana alguien alega que la niña estuvo expuesta a una persona incapaz, quiero que haya un informe profesional que lo desmienta.
Amely asintió despacio. Era una condición dura, pero la entendía. Por primera vez en su vida, alguien con poder le estaba diciendo la verdad sin adornos.
—¿Dónde se alojarán? —preguntó Adriano.
—En casa de Casilda Ferrer. —Ibáñez consultó una libreta—. Me ha dicho que tiene sitio de sobra y que en su cocina no entra nadie sin su permiso. Dos agentes montarán guardia en la puerta, y los pescadores, según parece, ya se han organizado por turnos.
Sofía soltó una risa temblorosa.
—Ni la Guardia Civil se atrevería a cruzar esa puerta.
—Esa es la idea.
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Ricardo Amersfoort se entregó antes de que nadie se lo pidiera.
Estaba sentado en el último peldaño de la escalera de caracol, con la grabadora entre las manos y el abrigo caído sobre los hombros, como un hombre que por fin ha dejado de sostener un peso muy grande. Cuando la magistrada se acercó, levantó la vista con una calma que desconcertó a todos.
—Señoría. Tengo declaraciones que hacer. Muchas.
—¿Sobre qué?
—Sobre todo. —Sonrió con tristeza—. El fondo Meridian. El tratamiento de mi hija. La clínica. La adopción de Alba. Mi mujer ha mentido durante veinte años, pero yo la ayudé. No quiero que se me juzgue como un testigo. Quiero que se me juzgue como lo que soy.
—¿Y qué es?
—Un cómplice.
La palabra quedó flotando entre las paredes de piedra. Amely lo miraba sin saber qué sentir. Hacía una semana habría deseado verlo hundirse. Ahora que lo tenía delante, derrotado y sincero, solo sentía un cansancio hondo, y debajo del cansancio, una pena que no lograba ordenar.
—Papá —dijo.
Era la primera vez que lo llamaba así. Ricardo levantó la cabeza como si le hubieran dado un golpe.
—Dime.
—Me voy a quedar con mi hija. Voy a buscar la manera de que nadie me la quite. Y voy a declarar contra mamá, contra Quiroga y contra todos los que me hicieron esto. —Respiró hondo—. Pero no te perdono.
—Lo sé.
—Todavía no.
Ricardo parpadeó. Una lágrima le cayó por la nariz, y no se la secó.
—Todavía.
—Es lo único que puedo darte esta noche.
—Es más de lo que merezco.
Amely se agachó y apoyó una mano sobre su rodilla. Fue un gesto rápido, casi torpe, el de alguien que no sabe cómo se toca a un padre. Después se incorporó y se alejó, y Sofía, que lo había observado todo desde el rincón, apartó los ojos de él con la misma rapidez con que una persona se aparta de un fuego.
Dos agentes lo acompañaron fuera, sin esposas, con una mano discreta bajo el codo. Al pasar junto a Alba, que se había quedado quieta con Don Orejas en brazos, Ricardo se detuvo.
—Adiós, pequeña —dijo con voz ronca.
—Adiós, señor Ricardo. —La niña ladeó la cabeza—. ¿Vuelves mañana?
—No lo sé.
—Si vuelves, tráeme un caramelo de menta.
Ricardo sonrió. Fue una sonrisa pequeña, rota, la única de aquella noche que parecía nacida de dentro.
—Te lo traeré.
Y se marchó, con la espalda encorvada y el paso lento de los que han cargado algo durante demasiado tiempo.
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La cabaña de Casilda parecía una fortaleza, con luces en todas las ventanas y vecinos en cada rincón.
Había tres mujeres en la cocina preparando algo que olía a caldo, ajo y laurel. Un grupo de pescadores jugaba a las cartas en el porche, con los ojos puestos en la cuesta. En la puerta, dos agentes de uniforme fingían no ver a una niña de siete años que les ofrecía pastelitos de una bandeja.
Alba se detuvo en el umbral con los ojos muy abiertos.
—¿Es una fiesta?
—Es una cena —dijo Casilda, saliendo a recibirla con las manos enharinadas y el chal rojo torcido—. ¿Tú eres la princesita?
—No soy princesa. Soy Alba.
—Pues entonces eres la reina de la casa. Pasa, que hay croquetas.
La niña miró a Lucrecia, que asintió con una sonrisa torpe, y entró cogida de su mano. Casilda las siguió con la mirada. Después se volvió hacia Amely, y por un momento sus ojos de mar de invierno se humedecieron.
—Se parece a Odette —susurró—. En la manera de entrar a un sitio. Como si fuera a inspeccionarlo.
—Eso mismo pensé yo.
—Cuídala bien, criatura.
—No sé cómo.
—Nadie sabe. Se hace sobre la marcha.
Cenaron todos juntos en la mesa grande, apretados en bancos y banquetas prestadas. Alba se sentó entre Lucrecia y Amely, con el conejo colocado sobre su regazo como un invitado de honor. Cada pocos minutos dirigía una mirada de reojo a Amely, que fingía no darse cuenta y le sonreía por el rabillo del ojo. Adriano, al otro lado de la mesa, intentaba comer con una seriedad ridícula, como si el cuchillo y el tenedor fueran armas de precisión.
—¿Por qué haces así? —preguntó Alba, señalándolo con la cuchara.
—¿Así cómo?
—Con la espalda tiesa.
—Estoy nervioso.
—¿De qué?
—De caerte bien.
Alba lo consideró un instante, muy seria.
—Todavía no lo sé —dijo.
Teodoro soltó una carcajada tan súbita que casi se atraganta. Sofía se tapó la boca con la servilleta. Hasta Marta, que había llegado a media cena con Nicolás y un termo de café, sonrió con los ojos brillantes.