El pestillo cedió con un chasquido seco. Amely se quedó un momento de espaldas, con la mano en el cerrojo, escuchando los pasos que no sonaban al otro lado de la puerta.
—Siéntate —dijo Amanda.
—Prefiero seguir de pie.
—Como quieras.
El monitor marcaba un ritmo sereno. La bolsa de suero goteaba con la paciencia de un reloj de arena. Amanda, recostada contra la almohada, parecía más pequeña que nunca bajo las sábanas blancas, con el cabello rubio revuelto y las ojeras marcadas. Pero tenía los ojos despiertos y la voz limpia, de alguien que ha ensayado cada palabra durante muchas noches.
—Empiezo por lo que te debo —dijo—. No estoy enferma. Ni he intentado quitarme la vida. Tomé una dosis medida de un antihistamínico y un sedante, lo bastante para que los monitores se alteraran y los médicos me trajeran aquí.
—¿Por qué?
—Porque en la celda me vigilaban. En un hospital, con una enfermera amiga de guardia, solo me vigila una persona. —Sonrió con tristeza—. Y esa persona es la que te recibió abajo.
Amely recordó a la mujer del mostrador, la mirada esquiva, la frase a medias: No debería haberlo enviado.
—Fue ella quien mandó el telegrama.
—Se llama Remedios Cuadrado. Tuvo un hijo hace once años en Santa Aurelia. Le dijeron que había nacido muerto. —Amanda hizo una pausa—. Encontré su historial en el archivo de la clínica hace dos años. El niño vive. Tiene diez años y está en una familia de Valencia. Se lo hice saber hace un mes.
—Y a cambio...
—A cambio me ayuda. No se lo pedí. Quiso hacerlo ella.
Amely se apoyó en la barandilla de los pies de la cama. Le temblaban las rodillas, pero no de miedo, sino de una mezcla de rabia y vértigo.
—Dime por qué me has traído aquí.
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Amanda tardó en contestar. Cuando lo hizo, habló mirando el techo, como quien repasa una lección.
—Todo lo que te conté en la comisaría era verdad. Lo del baúl, lo del jardín, lo de mamá y Quiroga. Pero no era todo.
—Ya me lo imaginaba.
—Te dejé en la caja una parte de la historia. Hay otra que no podía poner por escrito.
—¿Cuál?
—La de Clara Montenegro.
El nombre cayó entre las dos. Amely lo había oído ya, de labios de Adriano, en el porche de Casilda: la directora desaparecida de la Fundación Aurora, la que tenía acceso a todos los expedientes.
—Está viva —dijo Amanda—. No desapareció hace tres años. Se escondió. Y desde entonces ha vivido de lo que sabe.
—¿De qué?
—De cuarenta y tres niños.
Amely sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Cuarenta y tres?
—Tu hija es el número treinta y nueve. —La voz de Amanda se quebró un instante y volvió a recomponerse—. Aurora no fue solo una fundación de adopciones. Fue una red. Funcionó durante veintidós años. Tomaba recién nacidos de madres a las que decían que habían perdido al bebé, y los entregaba a familias que pagaban por la discreción. Quiroga firmaba los certificados. Clara los tramitaba. Y cada familia, cada madre, cada papel, quedó archivado.
—Por si algún día hacía falta.
—Para chantajear. —Amanda cerró los ojos—. Mamá era una clienta de lujo. No porque buscara un niño, sino porque necesitaba que desapareciera uno. Clara la tuvo en el puño desde el primer día.
—Mi madre pagaba.
—Pagó durante veinte años. Primero por Sofía y por ti. Después por Alba. Después por el tratamiento, por la clínica, por el silencio de Quiroga. —Abrió los ojos—. Todo lo que mamá hizo contra ti lo hizo con una soga al cuello que ella misma se había puesto.
Amely tardó en responder. Pensó en Helena en el pasillo de la comisaría, con el bolso de cuero y su sonrisa serena. *Tienes cincuenta minutos para decidir qué hacer conmigo.* No era una amenaza. Era un grito, disfrazado de cálculo.
—Eso no la disculpa.
—No. Ni intento que lo haga.
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—¿Y el hombre de la gabardina?
Amanda sonrió, por primera vez de verdad.
—Sabía que lo preguntarías. Mamá cree que lo contrató ella. Que es un detective privado que le encontró un viejo contacto de papá. Nunca ha sospechado que trabaja para otra persona.
—¿Para Clara?
—Se llama Rubén Montenegro. Es su hermano menor. Lleva cinco años vigilándote, siguiendo a mamá, informando a Clara de cada paso. Cuando mamá lo mandó a seguirte, en realidad lo estaba enviando a su propia carcelera. —Hizo una pausa—. Pero hay algo peor.
—Dime.
—Él es quien me avisó de que nos seguían.
Amely frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Remedios me dijo que, hace una hora, un hombre de gabardina estuvo en el vestíbulo. Preguntó por mí. Cuando le dijeron que estaba bajo custodia, dejó una nota y se marchó. —Amanda sacó una mano de debajo de la sábana y le tendió un papel arrugado—. Léela.
Amely lo desdobló. Era una hoja de libreta con una letra apretada y apresurada. Solo había tres líneas:
"Sé que lo sabes. Mañana a las ocho, el archivo arde. Si quieres salvarlos, ven tú."
"C."
Amely sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Va a quemar el archivo.
—Cuarenta y tres expedientes. Cuarenta y tres familias, cuarenta y tres madres que nunca sabrán qué pasó. —Amanda tragó saliva—. Si arde, no habrá pruebas. Ni para ti, ni para Lucía, ni para nadie.
—Pero la policía ya tiene la dirección. Julián la localizó hace horas.
—Tiene la dirección de la oficina. No la del archivo de verdad.
—¿Cuál es?
Amanda se llevó una mano al pecho y sacó, de debajo del camisón, una pequeña placa de latón colgada de una cadena. Tenía grabados dos números y una letra.
Sótano 2. Nicho 43.
—Es la llave del archivo —dijo—. El de Aurora está en el sótano del edificio de la Calle Alcalá, en una sala que no figura en ningún plano. Clara me dio acceso hace cinco años. Cuando se lo pedí, me dijo que si algún día quería usarlo, tendría que ir sola.
—¿Por qué te dio la llave?
—Porque creyó que me iba a ayudar a controlar a mamá. —Una sonrisa amarga—. No sabía que yo estaba haciendo lo contrario.