El coche avanzaba por la ciudad dormida con las luces de la calle resbalando sobre los cristales.
Amely iba sentada en el asiento trasero, con las manos sobre las rodillas y el pulso todavía desbocado. A su lado, Clara Montenegro miraba por la ventanilla con el bastón entre las piernas. Rubén conducía en silencio, con los ojos fijos en el retrovisor, y de vez en cuando dirigía a su hermana una mirada breve que Amely no supo interpretar.
Nadie habló hasta que dejaron atrás el último semáforo del centro.
—Puedes relajar los hombros —dijo Clara—. Nadie va a hacerte daño.
—Eso mismo dijo usted en el hospital.
—Y he cumplido. Tus amigos están vivos y en libertad.
—Con un arma apuntándoles.
—Con una pistola descargada. —Clara volvió la cabeza hacia ella con una sonrisa cansada—. Rubén no ha llevado munición encima desde hace tres años. Lo prometió cuando murió mi hijo.
Amely miró al conductor. Él no se volvió, pero sus nudillos se aflojaron un poco sobre el volante.
—No entiendo nada.
—Es lo que quería. —Clara abrió el bolso, sacó la pulsera de plástico y la sostuvo bajo la luz de una farola que pasaba—. Mira la esquina.
Amely se inclinó. En el borde inferior, apenas visible, había una huella de tinta violeta, pequeña y precisa.
—Es de Amanda —dijo.
—Es mía. La he puesto yo hace cinco minutos, con la yema del pulgar. —Clara le dio vuelta con calma—. Amanda me enseñó el truco hace años, el día que decidimos trabajar juntas.
El silencio se espesó.
—¿Trabajar juntas?
—Llevamos dos años preparando esto, hija mía. —Clara guardó la pulsera—. Desde la noche en que tu hermana vino a mi casa, con los ojos hinchados, y me dijo que ya no podía más.
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Amely tardó en poder hablar.
—Usted la chantajeaba.
—Chantajeaba a tu madre. A tu hermana la vi llegar a mi puerta como una niña a la que le han quitado los zapatos. —Clara se pasó una mano por la trenza—. Me dijo que quería destruir Aurora. Que si yo la ayudaba, me entregaría todo lo que tenía sobre Helena y Quiroga. Que lo único que pedía a cambio era que cuarenta y tres familias supieran la verdad.
—¿Y usted aceptó?
—Tardé tres meses. —Sonrió con amargura—. Hace veinte años necesité dinero para pagar una enfermedad que no se pagaba con nada. Hace dos, descubrí que ya no necesitaba nada. Y que la única cosa que me quedaba por hacer era algo bueno.
—Pero hoy ha amenazado a mis amigos.
—Esto era para las dos personas que no sabían. —Señaló con el bastón hacia el cristal que los separaba de la parte delantera—. Entre los seis hombres de traje del aparcamiento había dos que trabajan para tu madre. Rubén lo sabía. Yo lo sabía. Amanda lo sabía. Si querían que Helena creyese que yo te había capturado, que la placa estaba en peligro y que el archivo seguía en su sitio, tenía que parecer real.
—Por eso hizo la comedia del teléfono. Y la de la pulsera.
—Por eso. —Clara inclinó la cabeza—. Y por eso la huella. Los dos hombres de Helena la vieron. Ya le habrán informado de que la pulsera era buena, de que Amely cayó en la trampa y de que mañana a las ocho el archivo arde según lo previsto.
—Pero no arde.
—No, hija. Esta noche arde en la cabeza de Helena. —Sonrió—. Lo que de verdad va a arder es otra cosa.
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El coche se detuvo en la calle Alcalá, frente a un edificio de ladrillo oscuro, de seis plantas, con balcones de hierro y una puerta de cristal esmerilado. Era uno de esos portales anónimos que nadie mira, con un cartel de Se alquila oficina medio despegado y un buzón oxidado.
Rubén apagó el motor y se volvió por primera vez. Su rostro cuadrado, sin la sombra de la gabardina, parecía el de un hombre que acaba de quitarse una máscara.
—Perdóneme por lo del tren —dijo.
—¿Qué?
—Por seguirla. Por asustarla. Por lo de la puerta del departamento. —Se pasó una mano por la barba—. Me lo pidieron para protegerla. Pero no era agradable.
—¿Para protegerme?
—Su madre había contratado a otro equipo. Gente peor. Yo me interpuse. Fui yo quien los dispersó en Vallmar la noche de la playa, los mismos que querían entrar por la fuerza en la casa de la abuela. —Sonrió con tristeza—. Solo que nadie se enteró.
Amely lo miró largo rato. Después, despacio, asintió.
—Gracias.
—No tiene por qué.
—Tengo. —Se volvió hacia Clara—. Pero sigo sin entender por qué me han traído aquí.
Clara abrió la portezuela y se apoyó en el bastón para bajar.
—Porque hay una cosa que tu hermana no te ha podido contar. Y que solo puedo enseñarte yo.
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Entraron por una puerta lateral, después de bajar tres escalones húmedos que olían a moho. Rubén abrió un candado con una llave pequeña y empujó una puerta de acero pintada de gris. Del otro lado, una escalera de hormigón descendía en espiral hacia la oscuridad.
—Dos pisos —dijo Clara—. El archivo oficial está en el primero y es lo que Helena cree que va a quemar. El de verdad está en el segundo.
Bajaron. Cada peldaño levantaba un eco hueco. El aire se volvía frío y seco, con olor a papel viejo y a tinta violeta, el mismo que Marta había reconocido en el telegrama.
En el rellano del segundo sótano, otra puerta de acero con una cerradura de combinación. Clara marcó cuatro números sin mirar el teclado.
—Su cumpleaños —dijo, antes de abrir.
—¿El mío?
—El de Amanda. El día que me dijo que quería destruir lo que habíamos construido. Era la única contraseña que no iba a olvidar nunca.
Empujó. Se encendió una luz fluorescente, parpadeó, se estabilizó.
Amely se quedó clavada en el umbral.
La sala era grande, de techo bajo, con estanterías metálicas que cubrían las paredes de suelo a techo. En cada estante había cajas de cartón gris, ordenadas en filas perfectas, con etiquetas escritas a mano. Una cifra por caja. Cuarenta y tres. Y bajo cada cifra, una fotografía pegada con cinta: un bebé envuelto en una manta, con una pulsera de plástico en la muñeca.