Durante unos segundos nadie dijo nada.
La casa torcida seguía dibujada en la pared de hormigón del nicho 43, con su sol de cara redonda, sus tres figuras de palo y aquel conejo enorme. Amely tenía la mano pegada al trazo de lápiz de cera azul. Reconocía cada línea. Era el mismo dibujo que había visto en la habitación amarilla de Villanueva del Roble, solo que más pulido, como copiado con cuidado por alguien que lo hubiera mirado muchas veces.
—Ya me habré ido a buscarla yo primero—leyó en voz alta.
—Alba —dijo Adriano. Se le había ido todo el color de la cara—. Habla de Alba.
—No.
—Amely, el dibujo...
—El dibujo es de Alba, pero la frase no. —Se obligó a respirar—. Amanda no pudo salir de una clínica custodiada, esquivar a seis hombres y llegar a Vallmar en dos horas.
—Pudo tener ayuda.
—Pudo. Por eso no podemos dar nada por hecho.
Adriano ya había sacado el teléfono. Marcó con dedos torpes, erró un número y volvió a empezar. Cuando contestaron, Amely oyó desde dos pasos de distancia la voz de Casilda, ronca de sueño y de enfado.
—¿Qué ocurre? ¿Quién es a estas horas?
—Casilda, soy Adriano. ¿Está Alba?
—¿Cómo que si está Alba? Está en la cama, durmiendo como un lirio, con la mano en el conejo. Lucrecia se ha quedado en la silla, Teodoro roncando en el suelo y yo vigilando la puerta con el rodillo de amasar. ¿Qué pasa?
Adriano cerró los ojos. Se apoyó en un estante, y las cajas grises se estremecieron.
—Nada. Solo quería oírlo.
—Pues ya lo has oído. Y ahora déjame, que tengo una hogaza en el horno.
Colgó. Adriano se pasó las manos por la cara y soltó una risa breve y quebrada.
—Está dormida.
—Entonces la es otra cosa —dijo Amely.
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Fue Clara quien encontró el sobre.
Se había quedado mirando el dibujo con el bastón entre las manos y una arruga honda entre las cejas. De pronto se agachó con un gruñido, metió dos dedos en el borde inferior de la portezuela y tiró de una lámina de chapa que parecía soldada a la pared. Cedió sin ruido. Detrás había un hueco de apenas un palmo, forrado de tela negra, y dentro, perfectamente colocado, un sobre blanco con una sola palabra.
Amely.
—Lo hizo ella —murmuró Clara—. Me pidió que no tocara este nicho, y yo no lo toqué. No sabía que tenía doble fondo.
—Dámelo.
Amely lo tomó con las dos manos. La letra era la de Amanda, la misma que había visto en las notas de la nevera y en el diario negro, pero apretada, con los trazos inclinados hacia delante, la letra de alguien que escribe con prisa y con miedo. Lo abrió despacio y desplegó tres hojas. Leyó en voz baja, y los demás se acercaron a escuchar.
"Amely:
Si lees esto, es que Clara cumplió su parte y tú has llegado hasta aquí. Eso quiere decir que mamá ha caído. No te lo digo para que te alegres, sino porque sé que vas a sentirte mal y quiero que sepas que no es culpa tuya.
Hay una cosa que no te conté. Una sola, pero es la que más importa.
El protocolo de reversión que Clara te ha enseñado es verdadero, pero no sirve de nada sin el antagonista. Es una ampolla de un compuesto que Quiroga sintetizó hace siete años y que nadie más sabe fabricar. Hay tres dosis. Una la usó con una paciente que murió. Otra se rompió. La última la guarda él, en una caja térmica, en una casa en la sierra a la que llama La Umbría.
Sé dónde está porque la visité hace cuatro meses, haciéndome pasar por su sobrina. Le dije que quería comprarla. Él me enseñó la caja para convencerme de lo valiosa que era. Me dijo que, mientras la tuviera, nadie se atrevería a tocarlo.
Tienes cinco meses para recuperar la memoria. Si Quiroga destruye la ampolla, no recordarás nunca. Y si cae preso, tardarán semanas en registrar una casa que ni siquiera figura a su nombre.
Por eso me he ido yo primero."
Amely tuvo que detenerse. Notó que la voz se le rompía. Siguió leyendo sin levantar los ojos.
"No es una expiación. No voy a pretender que lo sea. Es lo único que puedo hacer con mis manos, que hasta hoy solo han sabido hacerte daño.
Remedios viene conmigo. Es la única enfermera que conoce La Umbría porque cuidó allí a la madre de Quiroga. Ha prometido llevarme por la puerta de servicio. Entraremos al amanecer, cuando él duerma después de pasar la noche vigilando el teléfono. Voy a cambiar la caja por otra igual y a salir sin que se entere.
Si todo va bien, estaré de vuelta antes de que acabes de leer esta carta.
Si no, quiero que sepas tres cosas.
La primera: no me perdones por lo del jardín. No lo mereces, y yo no lo merezco.
La segunda: Alba tiene tus manos. Cuando la veas dormir, mírale los puños. Verás que lo único bueno que hizo nuestra familia es seguir naciendo en cada una de vosotras.
La tercera: una hermana no sobra.
Amanda."
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El silencio que siguió fue tan hondo que se oyó el zumbido del fluorescente.
Amely dobló las tres hojas con mucho cuidado y las apretó contra el pecho, junto a la caja treinta y nueve. Tenía los ojos secos. Sentía solamente un frío raro que le subía por las piernas, una calma como la de quien ha dejado de sentir miedo porque ya no puede permitírselo.
—Se ha ido a robarle una ampolla a un hombre que tiene un arma —dijo Adriano, con una voz muy baja.
—Sí.
—Sola.
—Con una enfermera de cuarenta y cinco años.
—Y está débil.
—Lo está.
Adriano miró a la magistrada Ibáñez, que había escuchado todo con las manos cruzadas sobre la toga y el rostro inescrutable.
—Señoría.
—Ya estoy llamando a Salazar. —Se llevó el teléfono a la oreja—. Que movilice a las unidades de montaña. Una casa en la sierra sin dirección oficial no se localiza en una hora.
—Yo sé dónde es —dijo Rubén.
Todos se volvieron hacia él. Estaba en la puerta con la gabardina doblada sobre el brazo, serio, mirando el suelo.
—Seguí a Quiroga el año pasado, por encargo de mi hermana. Hay una finca a cuarenta kilómetros por la carretera de las Hoces, con un muro de piedra y un cartel descolorido que pone La Umbría. Es la casa de su madre.