El marido de mi hermana.

Capítulo 20/2: El pulso de la mañana

—¡La perdemos! —gritó el sanitario.

La ambulancia dio un bandazo en una curva y Amely cayó contra la pared metálica. Se agarró a una barra con la mano libre, sin soltar la ampolla ámbar, y vio cómo dos manos enguantadas rasgaban el abrigo de su hermana, apoyaban una almohadilla sobre su pecho y empezaban a empujar con una cadencia brutal.

—Uno, dos, tres, cuatro...

—No se me muera —murmuró el otro sanitario, una mujer joven de coleta rubia, mientras buscaba una vena en el brazo de Amanda—. No se me muera ahora, ¿me oye? Hoy no.

Amely quiso decir algo y no pudo. Le habían cortado la voz. Veía los labios de Amanda, grises, entreabiertos; el cabello rubio pegado a la sien por el sudor; la mancha de sangre que ya no crecía, porque ya no había con qué. Pensó en una niña de ocho años y otra de cinco, escondidas bajo una manta con una linterna, y en una frase susurrada en medio de la tormenta.

Si algún día me pierdo, hermanita, me encontrarás si dices esto.

—Las hermanas no sobran —dijo en voz alta, sin saber que lo hacía—. Amanda, las hermanas no sobran. ¿Me oyes? Dijiste que me encontrarías. Pues no te vayas.

—Carga a doscientos —ordenó el sanitario—. Todos fuera.

El cuerpo de Amanda se arqueó sobre la camilla con un golpe seco. El monitor siguió trazando una línea recta, larga, indiferente. Amely sintió que el aire de la ambulancia se volvía sólido.

—Otra vez. Carga a doscientos cincuenta.

El segundo golpe fue peor que el primero. El monitor emitió un pitido agudo, titubeó, y después, con una timidez casi absurda, dibujó una colina diminuta en la pantalla.

—Tenemos ritmo —dijo la sanitaria, con la voz rota—. Tenemos ritmo, tenemos ritmo.

—Es débil.

—Es lo que hay. Al hospital. Más rápido.

El conductor pisó el acelerador y la sirena, que hasta entonces había callado, estalló en un aullido largo que se llevó el eco de los pinos. Amely se dejó caer sobre el banquillo. Descubrió que temblaba tanto que la ampolla castañeteaba contra su anillo, y apretó el puño hasta que el cristal se le clavó en la palma.

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El Hospital Comarcal de las Hoces era un edificio bajo, de ladrillo rojo, con un pequeño aparcamiento y una sola puerta de urgencias. Las puertas se abrieron antes de que la ambulancia terminara de frenar. Salió un médico alto, con la bata sin abrochar, acompañado de tres enfermeras que corrieron junto a la camilla, empujándola por un pasillo de luz blanca.

—Herida de bala, entrada a nivel de décima costilla, paro cardiorrespiratorio a los veintidós minutos de la lesión, recuperado en ruta con dos descargas —recitaba la sanitaria de la coleta, casi sin respirar—. Tensión sesenta y cuarenta, pulso filiforme.

—Quirófano uno —ordenó el médico—. Avisad a cirugía. Sangre cero negativo, seis unidades.

—No tenemos tantas.

—Pues las pedís a la capital. Ahora.

Amely corrió detrás de la camilla hasta que una enfermera le puso una mano en el pecho.

—Hasta aquí, señorita.

—Es mi hermana.

—Lo sé. Pero aquí no puede pasar. —La mujer, de rostro curtido y ojos serios, le sostuvo la mirada—. Hay una sala de espera a la derecha. Le prometo que en cuanto sepamos algo, vendrán a buscarla.

—Prométame que no la dejarán morir.

—No puedo prometerle eso. —La voz de la enfermera se suavizó—. Pero le prometo que van a intentarlo con todo.

Las puertas dobles del quirófano se cerraron con un golpe sordo. Una lámpara roja se encendió encima del dintel.

Amely se quedó quieta delante de ellas, con las manos vacías y la ampolla ámbar en el bolsillo del abrigo. Notó que alguien se colocaba a su lado, en silencio. Una mano grande y cálida se cerró sobre su codo.

—Ven —dijo Adriano, muy bajo—. Siéntate.

—No puedo.

—Entonces ven y quédate de pie conmigo.

Ella dejó que la llevara hasta una hilera de sillas de plástico atornilladas a la pared. No se sentó. Se apoyó contra el muro, de cara a las puertas del quirófano, y se quedó mirando la lámpara roja como quien mira un faro en una noche cerrada.

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La sala de espera olía a café de máquina y desinfectante.

La magistrada Ibáñez llegó a los veinte minutos, con la toga arrugada y una expresión que Amely no supo descifrar. Habló un momento con una enfermera, hizo una llamada breve, y luego se acercó despacio, con las manos en los bolsillos.

—Quiroga está bajo custodia. Ha dicho que quiere hacer una declaración completa.

—¿Ahora?

—Dice que es lo único que le queda. —Se encogió de hombros—. No me fío, pero Salazar le tomará declaración con abogado de oficio. Rubén y Clara están en comisaría, declarando también. Remedios ha sido operada de la herida del costado; no es grave. Saldrá en unas horas.

—¿Y mi madre?

—Helena. —Ibáñez bajó la vista—. Está en una celda de la capital, en aislamiento. Pidió que le avisaran en cuanto supiéramos algo de Amanda.

—¿Se lo ha dicho alguien?

—Todavía no. Quería consultarlo con usted.

Amely cerró los ojos. Sintió que le pesaban los párpados, que le pesaba todo. Pensó en una mujer de abrigo gris perla sentada en una celda, esperando noticias, con las manos cruzadas sobre un bolso que ya no tenía.

—Díselo —dijo—. Que está en quirófano. Que no sabemos nada. Que le avisaremos.

—¿Quiere que le diga algo más de su parte?

Amely tardó en contestar.

—Dile que el dibujo de Alba tenía tres figuras de palo. Dos grandes y una pequeña. —Tragó saliva—. Que a lo mejor no hay sitio para una cuarta. Pero que todavía se puede dibujar.

Ibáñez la miró sin comprender del todo. Después asintió.

—Se lo diré.

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Amely no supo cuántas horas pasaron.

Perdió la cuenta cuando la luz de la ventana pasó del rosa al blanco y después al dorado de media mañana. Alguien le puso en las manos un vaso de papel con un té tibio que no probó. Alguien le colocó una manta sobre los hombros. Adriano se había sentado por fin en una de las sillas, con los codos en las rodillas y los ojos clavados en las puertas del quirófano. No decía nada. De vez en cuando alargaba una mano y le rozaba la muñeca, con esa torpeza tímida de quien quiere comprobar que el otro sigue allí.




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