El marido de mi hermana.

Capítulo 21: La dosis

Amely no soltó el teléfono hasta que la voz de Helena se apagó.

No colgó ella. Fue Helena quien dijo, muy bajo, perdóname, y la línea quedó en un silencio de estática. Amely se quedó con el aparato pegado a la oreja, mirando la ampolla ámbar que sostenía en la otra mano. El líquido dorado se movía despacio dentro del cristal, como una gota de miel que no sabía si era medicina o veneno.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Adriano.

Amely se lo contó en tres frases secas. A cada una, él se iba poniendo más pálido.

—No la uses.

—No pensaba hacerlo.

—Ni ahora ni nunca, hasta que sepamos.

—Hasta que sepamos —repitió ella, y por primera vez en horas se le escapó una risa corta, sin alegría—. Es lo único que hemos hecho esta semana. Esperar a saber.

La magistrada Ibáñez, que había escuchado de pie junto a la ventana, se acercó con la mano extendida.

—Deme la ampolla, señorita Amersfoort.

—¿Para qué?

—Para guardarla en una nevera clínica, bajo custodia judicial, con registro de cadena y un agente a la puerta. Si es lo que dice su madre, no puede estar en su bolsillo. Si es lo que dijo el laboratorio, no puede estar a temperatura ambiente. —La miró con una dureza que escondía algo parecido a la ternura—. En los dos casos, mejor en otro sitio.

Amely tardó un segundo en abrir la mano. Le costó más de lo que hubiera imaginado. Tenía el cristal tan pegado a la piel que, al soltarlo, le quedó una marca roja en la palma.

—Setenta y dos horas.

—Setenta, ya. —Ibáñez guardó la ampolla en un estuche de espuma que Julián sostenía abierto—. El reloj corre, pero no vamos a decidir con prisa.

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Dejaron pasar la hora y la UCI abrió sus puertas.

Era una sala larga, de luz tenue, con boxes separados por cortinas de plástico y un zumbido constante de máquinas. Olía a antiséptico y a algo más, un olor dulce y hondo que Amely no supo nombrar. Una enfermera joven, con los ojos cansados y una sonrisa profesional, la guio hasta el último box.

—Cinco minutos —le recordó—. Puede tocarla, pero con cuidado. Y háblele si quiere. A veces oyen.

Amely asintió. Cruzó la cortina.

Amanda estaba tendida bajo una sábana blanca, con una mascarilla de oxígeno cubriéndole media cara y un tubo que subía y bajaba al compás de un respirador. Tenía el pelo rubio recogido en una trenza que alguien le había hecho con cuidado. Las manos, sobre la sábana, eran pequeñas y quietas, de uñas sin pintar. Parecía más joven que nunca. Más joven, y más lejana.

Amely acercó una silla y se sentó junto a la cama. No supo qué hacer con las manos. Al final le tomó una, la izquierda, la que no tenía el catéter, y la sostuvo entre las suyas.

—Hola —dijo.

El respirador siguió con su fuelle regular.

—Soy yo. —Tragó saliva—. Me han dado cinco minutos y no sé qué decirte. Se me han olvidado todas las cosas que preparé en el coche.

Una máquina pitó. Amely miró la pantalla. Una línea verde, estable, subía y bajaba.

—He conocido a tu sobrina —murmuró—. Y a tu amiga Lucía. Y a Clara, a Rubén, a Remedios. A todos los que fuiste juntando a mis espaldas, sin decirme nada, como quien arma un tren de juguete para que alguien lo encuentre montado. —Sonrió con tristeza—. Eres imposible. Podías habérmelo contado.

Nada. La respiración mecánica, el pitido, el roce lejano de unos zapatos en el pasillo.

—No te perdono todavía. Quiero que lo sepas. Hay cosas que tienes que explicarme a la cara, con los ojos abiertos, y las dos sentadas en una cocina con un café. Así que no te vayas.

Se inclinó hacia delante y apoyó la frente sobre el dorso de la mano de su hermana.

—Las hermanas no sobran —susurró—. Eso lo dijiste tú. Pues ahora lo cumples.

Contó los segundos. Cuarenta, cincuenta, sesenta. A los ochenta, sin que nadie se lo pidiera, la mano de Amanda se movió bajo la suya.

Fue un temblor apenas visible, un tirón de dedos. Amely levantó la cabeza de golpe.

—¿Amanda?

Los párpados no se abrieron. Pero los dedos, uno a uno, se curvaron sobre los suyos y apretaron con una fuerza diminuta, obstinada, que ella conocía. La del puño de una recién nacida. La de una niña de cuatro años a la que le habían dado un dedo para agarrar.

Amely contuvo el aliento. La enfermera, que había asomado la cabeza por la cortina, se acercó a mirar el monitor.

—Es un reflejo —dijo con suavidad—. Es normal.

—Lo sé.

—Pero es buena señal.

—Lo sé también.

Amely no soltó la mano hasta que le dijeron que se había acabado el tiempo.

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Clara Montenegro llegó a las cuatro de la tarde con una carpeta de cuero y los ojos enrojecidos.

Rubén venía detrás, con la gabardina colgada del brazo y una expresión de hombre que lleva demasiado rato sin dormir. Se sentaron en las sillas de plástico de la sala de espera, junto a Adriano y Amely, y Clara abrió la carpeta sobre las rodillas con dedos manchados de tinta violeta.

—La ampolla —dijo—. ¿Dónde está?

—En custodia. Con la magistrada.

—Bien. —Asintió—. Escuchad, porque esto es importante. Lo que os dijo Helena tiene un fondo de verdad, pero no el que ella cree.

—Explícate.

—Quiroga sintetizó dos compuestos. —Sacó de la carpeta una hoja con fórmulas manuscritas—. El inhibidor de consolidación, que es lo que os dieron, y el antagonista, que lo revierte. Los dos derivan de la misma molécula base. La diferencia está en un solo grupo químico, un estabilizante. Sin él, el compuesto bloquea la memoria. Con él, la libera.

—Una molécula con dos caras.

—Y por eso un análisis rápido no distingue una cosa de otra. —Clara señaló una línea con la uña—. El laboratorio de la capital confirmó que el contenido de la ampolla pertenece a la familia del antagonista. Pero una dosis concentrada del inhibidor, fabricada a partir de la misma base, daría una lectura casi idéntica en las primeras horas.

Amely sintió que se le encogía el estómago.




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