La enfermera de guardia tardó cuarenta segundos en echarla del box.
No fue brusca. Le puso una mano en el hombro, le habló en voz baja y la fue empujando hacia la cortina con esa firmeza amable de quien lleva años sacando familiares de habitaciones de las que no quieren salir. Amely se dejó llevar. Tenía la palma izquierda todavía caliente, con el rastro de cinco letras escritas a ciegas.
No la abra sola.
En el pasillo, Adriano se incorporó de la silla de plástico donde había dormitado con la cabeza apoyada contra la pared. Bastó una mirada para que se pusiera de pie.
—¿Qué ha pasado?
—Ha despertado.
—¿Qué?
—Un minuto. Quizá menos. —Amely se pasó una mano por la cara—. Me ha reconocido. Y me ha escrito algo en la mano.
Se lo contó sin adornos, en voz muy baja, mientras tras la cortina las máquinas volvían a su ritmo sereno. Adriano escuchó con el ceño cada vez más hondo. Cuando ella pronunció la última palabra, mamá, él se quedó un momento callado.
—¿Estás segura de que era eso?
—Segura, no. —Amely miró la cortina—. Pero he leído sus labios toda la vida sin darme cuenta. Es el mismo gesto que hacía de niña cuando quería que nadie la oyera.
—¿Mamá es Helena?
—Es la única que tiene.
—O es Sofía. —Adriano dudó—. Quizá Amanda también lo sabe. Quizá en su cabeza...
—No. —Negó con firmeza—. Amanda nunca la llamaría así. Para ella, Sofía es la mujer que le quitaron a su hermana. Para ella, mamá es Helena, con todo lo que eso pesa.
Se miraron un instante. Afuera, tras los cristales del pasillo, el cielo empezaba a perder la negrura. Quedaban dos horas para el amanecer.
—Entonces la llave —dijo él.
—La llave.
Amely sacó del bolsillo la bolsa de plástico con la pieza de bronce, la que el cirujano le había entregado. La giró bajo la luz de un fluorescente. La hoja grabada en el extremo brilló un segundo.
—Solo para cuando la memoria vuelva—leyó, en voz baja.
—Eso es dentro de unas horas.
—Si todo sale bien.
—Va a salir bien.
—No lo sabes.
—No. —Adriano sonrió con una tristeza pequeña—. Pero llevo toda la semana diciéndolo en voz alta, y hasta ahora ha funcionado más veces de las que cabía esperar.
Amely soltó una risa breve. Se pasó la mano por los ojos.
—Llama a Julián.
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Julián contestó al primer tono, con la voz estropeada de quien no ha dormido.
—Dime.
—La segunda llave del 417. —Amely hablaba despacio, midiendo cada palabra—. ¿Puedes averiguar si la caja tiene otro compartimento?
—Ya lo he hecho. —Se oyó un carraspeo—. Anoche, antes de venir, llamé a Eduardo Salvatierra a su casa. No le gustó, pero me lo contó.
—¿Y?
—Dice que la caja 417 tiene un doble fondo. Una placa de acero, bajo el forro. Se abre con una llave distinta y con la presencia de un testigo, además del titular. —Hizo una pausa—. Amanda lo pidió así cuando la contrató. Lo anotó en la ficha con una palabra rara: testigo de buena fe.
—¿Quién?
—No lo especificó. Solo dijo que sería alguien a quien el titular reconociera como tal en el momento de abrirla.
Amely cerró los ojos.
—Es decir, no puede ser cualquiera.
—No. Y Eduardo no abrirá hasta que tú le digas quién lo es.
—Todavía no lo sé.
—Eso pensé. —La voz de Julián se suavizó—. Por eso le he pedido que espere. Le he dicho que hoy no, que mañana a lo mejor, que ya le avisaremos. Te cubre el tiempo que necesites.
—Gracias.
—No me des las gracias. —Un silencio breve—. Amely, una cosa más. Eduardo dice que hay algo escrito en el borde interior de la placa. Lo vio una vez, hace cuatro años, cuando Amanda la instaló. No lo ha vuelto a ver porque la caja nunca se abrió después.
—¿Qué dice?
—"Lo que no pude decirte con la boca."
Amely tuvo que apoyarse en la pared.
—Dios mío.
—¿Te dice algo?
—Me lo dice todo. —Se le quebró la voz—. Y no me dice nada. Es de Amanda. Es exactamente de Amanda.
Colgó. Adriano la miraba en silencio, con una mano en su codo, como quien sostiene una puerta para que no se cierre de golpe.
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A las cinco y media se abrió la puerta del fondo del pasillo.
Amely levantó la cabeza. Una enfermera de rostro grave sostenía la hoja de la puerta para dejar pasar a tres personas: dos agentes de uniforme y, entre ellos, con las manos libres pero los hombros muy rectos, una mujer de abrigo gris perla.
Helena Amersfoort avanzaba con el paso lento y firme de siempre. Pero algo había cambiado. Llevaba el cabello suelto, sin el moño perfecto, y las canas, que Amely nunca había visto, le corrían como hilos de plata por las sienes. No llevaba bolso. No llevaba joyas. Lo único que conservaba de la mujer que había sido era la postura.
La magistrada Ibáñez caminaba detrás, con la toga sobre el brazo y una expresión indescifrable.
—Cinco minutos —dijo, deteniéndose junto a Amely—. Bajo mi supervisión. Ha sido ella quien ha pedido venir, y yo he autorizado la visita por una única razón: porque su hija ha despertado y lo ha dicho en voz alta.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque la enfermera de guardia me llamó hace veinte minutos. —Ibáñez bajó la voz—. Dijo que Amanda había pronunciado una palabra antes de volver a dormirse. Y que era el nombre de su madre.
Amely miró a Helena. La mujer la devolvió la mirada sin pestañear, aunque sus labios se habían puesto muy blancos.
—No te pido que me dejes pasar —dijo—. Solo que no me lo impidas.
—No puedo impedirlo.
—Podrías.
—No quiero.
Helena cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había en ellos algo que Amely no le había visto jamás: una gratitud torpe, casi infantil, como la de quien recibe un regalo sin saber dónde ponerlo.
—Gracias.
—Pero entro contigo.
—Claro.
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Cruzaron la cortina juntas.
El box estaba en penumbra, con el respirador marcando su compás y la mascarilla empañándose y desempañándose sobre el rostro dormido de Amanda. Helena se detuvo a un paso de la cama. Durante un largo rato no se movió. Parecía una figura de piedra, de esas que se ven en los cementerios, con las manos pegadas a los costados y la cabeza ligeramente inclinada.