La habitación contigua a la UCI era pequeña y blanca, con una cama de barandillas, una butaca de escay y una ventana que daba al aparcamiento. Alguien había abierto la persiana, y la luz de las siete de la mañana caía en rectángulos pálidos sobre el suelo de linóleo.
Amely se sentó en el borde de la cama. El doctor Orozco colgó una bolsa de suero de un soporte metálico y fue conectando cables con la precisión de quien ha hecho muchas veces algo que preferiría no hacer.
—Electrodos en el pecho, uno en cada sien y un pulsioxímetro en el dedo. —Le pegó el último parche con dos yemas cuidadosas—. La enfermera Carmen estará a su lado todo el tiempo. Yo entraré cada diez minutos.
—¿Y si hay complicaciones?
—Entonces dejaremos de inyectar y la sedaremos. —La miró con sus ojos pequeños tras las gafas gruesas—. No va a estar sola ni un segundo.
Sobre la mesilla, el estuche de espuma contenía la ampolla ámbar. Orozco la abrió con guantes, la levantó a la luz y comprobó la etiqueta, el color y el tapón de goma. Después aspiró con una jeringuilla la mitad exacta del contenido, midiéndola con una atención que a Amely le pareció casi religiosa.
—Cuarenta y cinco minutos de goteo lento. Si siente calor, hormigueo, mareo o ganas de llorar sin motivo, es normal. Dígamelo. Si se asusta, dígamelo también.
—¿Y si no recuerdo nada?
—Entonces ha funcionado menos de lo que esperábamos, y mañana hablaremos de la segunda mitad.
—¿Y si lo recuerdo todo de golpe?
—Tomaré su mano. —Sonrió con una timidez inesperada—. Es lo único que sé hacer bien.
Amely rió, con la garganta seca, y se tendió sobre la almohada.
La aguja entró en la vena del brazo con un pinchazo mínimo. El líquido dorado empezó a bajar por el tubo transparente. Ella cerró los ojos y se obligó a respirar despacio.
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Los primeros diez minutos no pasó nada.
Oyó el goteo, el pitido regular del monitor, los pasos de la enfermera en el pasillo. Pensó que quizá la ampolla no valía nada, que el tiempo la había echado a perder, que todo aquello había sido una cruel broma de un médico muerto de miedo. Pensó en Adriano, sentado en una silla de plástico al otro lado de la pared.
A los doce minutos sintió calor.
Empezó en el pecho, como una taza de té bebida demasiado deprisa, y se extendió por los brazos hasta las yemas de los dedos. El pulso le golpeó las sienes. Una sensación extraña, de hormigueo detrás de los ojos, como si alguien estuviera abriendo con mucho cuidado una puerta atascada.
—Respire hondo —dijo la voz lejana de Orozco.
Respiró.
Y de pronto olió a sal.
No era el olor del hospital. Era un olor frío, vivo, cargado de algas y de madera mojada. Abrió los ojos y la habitación se había desvanecido. Estaba de pie en un malecón, de noche, con el viento revolviéndole el cabello y una falda verde pegada a las piernas. Debajo de sus pies, las tablas húmedas. Delante, el mar. Y a su lado, riendo con la cabeza echada hacia atrás, un hombre alto con un abrigo oscuro demasiado fino para el clima.
—Eres imposible —decía él—. Se supone que debía estar nervioso yo.
—¿Nervioso por qué?
—Por lo que te iba a preguntar.
Amely sintió el corazón subirle a la garganta. Lo conocía. Conocía esa risa, ese gesto de pasarse la mano por la nuca, esos ojos oscuros que escuchaban todo lo que ella no decía. Quiso hablar, pero no era ella quien hablaba. Era la otra Amely, la de veinte años, la del vestido verde.
—Y yo tengo algo que contarte —se oyó decir.
—¿Algo bueno?
—No lo sé todavía. Pero creo que sí.
—Pues cuéntamelo.
—Mañana. Cuando vuelva.
—Me estás haciendo sufrir a propósito.
—Un poquito.
Adriano la miraba con una ternura que a Amely se le clavó en el pecho como una astilla. Era una mirada sin defensa, sin armadura, la de un hombre que no sabe que le quedan cinco años de silencio.
Díselo, pensó ella, desde algún lugar dentro de aquel cuerpo que no gobernaba. Díselo ahora.
Pero la otra Amely solo sonrió y le apretó la mano.
—Mañana.
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—Señorita Amersfoort. Amely. ¿Me oye?
La voz de Orozco llegó desde muy lejos, y la habitación volvió a su sitio de golpe. El techo blanco, el suero, la jeringuilla vacía en la bandeja. Tenía la cara mojada. No sabía desde cuándo.
—Estoy aquí —murmuró.
—¿Qué ha visto?
—El malecón. —Se pasó la mano por los ojos—. La última noche. Iba a decirle algo y no se lo dije.
—¿Qué iba a decirle?
Amely cerró los ojos. Las palabras salieron despacio, como si las leyera en la parte de dentro de los párpados.
—Que estaba embarazada.
Orozco no dijo nada. Anotó algo en su libreta.
—Lo supe esa mañana. Me había hecho una prueba en la farmacia del pueblo, a escondidas, y la había guardado en el bolso. Quería dárselo como sorpresa. —Rió, un sonido quebrado—. Había comprado un librito de poemas y pensaba dejar la prueba entre las páginas. Un tonto sentido del drama.
—Y no llegó a hacerlo.
—Se me olvidó. En la despedida. Con la llamada de mi madre, con las prisas del tren. —Se mordió el labio—. Lo llevaba en el bolso cuando salí hacia la mansión. Amanda lo habrá encontrado esa noche.
—¿Cree que lo supo antes que usted?
—No. —Abrió los ojos—. Lo supo antes que nadie, pero porque lo vio en mi cara. Siempre me leyó la cara. Antes de que yo supiera lo que sentía, ella ya lo sabía.
Orozco tomó nota de su pulso y de la saturación. Los números eran buenos. Salió del cuarto con una inclinación de cabeza, y Amely quedó sola con la enfermera Carmen, una mujer rolliza de rostro dulce que le había puesto una mano en el hombro sin que ella lo notara.
—Descanse un momento —dijo—. Aún queda goteo.
Amely asintió. Miró el techo. Notó que le temblaban las manos.
Tenía una hija que no sabía que existía, pensó. Y la había sabido, un día entero, y se me había perdido.