El marido de mi hermana.

Capítulo 22/2: El balcón

Adriano se quedó en el umbral con la mano todavía sobre la hoja de la puerta.

La habitación de Clara era más pequeña que la de Amely, con una sola cama, una ventana enrejada y un olor a desinfectante que no lograba tapar otro más viejo, el del miedo sostenido. El agente que la custodiaba dormitaba en la silla con la barbilla sobre el pecho. En la mesilla, un vaso de plástico con agua sin tocar. Y en la cama, esposada por la muñeca izquierda a la barandilla, Clara Montenegro lo miraba con unos ojos que habían perdido toda cortesía.

—Entra —dijo—. Cierra la puerta. Y no hables fuerte.

Adriano obedeció. El pestillo sonó como un disparo diminuto, pero el agente ni se movió.

—¿Qué ha querido decir con lo del balcón?

—Que ella lo ha visto. —Clara cerró los ojos—. Lo noto. Hace diez minutos se me heló la sangre, y llevo veinte años sin que nada me la hiele. Es que ha llegado a esa parte.

—¿A qué parte?

—A la que no tiene sentido sin mí.

Adriano se acercó a los pies de la cama. Tenía el corazón desbocado, pero la voz le salió baja, controlada, casi fría. Había aprendido en una semana a hablar así.

—Estuvo en la mansión la noche del cumpleaños.

—Sí.

—Con mi padre.

—Con tu padre.

—¿Por qué?

Clara tardó en contestar. Movió los dedos de la mano libre sobre la sábana, como si buscara en ellos una pluma que no tenía.

—Ricardo había citado a Ernesto para cerrar lo de Meridian. Ernesto me pidió que fuera con los papeles, porque yo era la que conocía los números. Cenamos en una sala aparte, lejos de los demás invitados. Fue una cena corta, tensa. A medianoche salimos al balcón del primer piso a fumar.

—Y vieron el jardín.

—Vimos a dos muchachas discutir bajo la luna. Una de rojo, una de verde. —La voz se le quebró apenas—. No oímos qué decían. Vimos a la de verde darse la vuelta, vimos a la de rojo coger una piedra, y vimos cómo caía.

—Mi padre escribió que no hizo nada.

—No lo hizo. Se quedó clavado a la barandilla con el cigarrillo apagado, como una estatua. Lo recuerdo porque tenía el anillo de sello apoyado contra el hierro y no dejaba de golpearlo, tac, tac, tac, muy bajito. —Abrió los ojos—. Yo sí hice algo.

Adriano sintió un frío lento en la nuca.

—¿Qué?

—Bajé.

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—Bajé las escaleras corriendo, con los tacones en la mano. Cuando llegué al jardín, ya estaba allí Helena, arrodillada junto a su hija mayor, y Ricardo parado detrás con la cara blanca. Amely estaba en el suelo, con la cabeza sangrando. Respiraba. Eso lo recuerdo bien: respiraba.

—¿Y usted qué hizo?

—Helena me miró. Me dijo: Clara, ¿qué hago? Con una voz que no era la suya, como una niña. —Clara tragó saliva—. Y yo, que llevaba diez años aprendiendo a resolver problemas ajenos, le contesté sin pensar. Le dije: Hay un médico que tiene algo para esto.

—Quiroga.

—Llamé a Quiroga desde el teléfono del jardín. A las doce y cuarenta. Estuvo allí en veinte minutos, con una ambulancia sin rótulos y dos enfermeros que no hacían preguntas. Se llevaron a Amely, la sedaron y le pusieron la primera dosis antes de que llegara a la clínica.

Adriano apretó los puños. Notó que le temblaba el párpado izquierdo.

—Usted dijo que creyó que era un tratamiento.

—Eso les dije a todos. Incluida yo misma. —Clara sonrió con una tristeza espantosa—. Lo repetí tantas veces que me lo creí. Pero esa noche sabía exactamente lo que el compuesto hacía. Lo había visto funcionar con otras. Sabía que, si ella despertaba con memoria, hablaría. Y sabía que, si hablaba, caerían todos.

—Incluyéndola a usted.

—Incluyéndome a mí. Y a tu padre. Y a Meridian. —Giró la cabeza hacia la ventana—. Por eso lo hice. No por piedad. No por ayudar a Helena. Por miedo.

El silencio que siguió fue tan denso que se oyó el goteo de un grifo en el baño.

—Mi padre lloró esa noche en el coche —dijo Clara, muy bajo—. Lo vi. Condujo hasta su casa con las manos temblando sobre el volante. Pero no hizo nada. Y yo, que no lloré ni una lágrima, hice lo peor que se puede hacer cuando alguien cae.

—¿Qué es lo peor?

—Hacer algo.

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Adriano se quedó mirándola. Esperó sentir rabia, y la rabia llegó, pero no como la había imaginado. No era un fuego, sino una piedra fría que se le asentaba en el estómago, pesada y exacta.

—Podría matarla —dijo, con calma.

—Lo sé.

—Y no lo haré.

—Lo sé también.

—No por usted. —Se pasó una mano por la cara—. Por ella. Porque en cuanto salga de ahí dentro, va a necesitar gente cerca que no esté en una cárcel por homicidio.

Clara cerró los ojos. Dos lágrimas cayeron por las sienes y se perdieron en el pelo gris.

—Eres mejor hombre que tu padre.

—Es una bajeza decirlo.

—Es una verdad.

—Dígamelo cuando haya hecho algo para merecerlo. —Adriano se enderezó—. Ahora dígame por qué no quiere que Amely recuerde.

—Porque hay una parte que no he contado a nadie. —La voz de Clara se hizo un hilo—. Ni a Amanda. Ni a Rubén. Ni siquiera a Dios.

—Dígamela.

—No.

—Clara.

—No a ti. —Alzó la mirada, y por primera vez Adriano vio en ella una súplica verdadera—. A ella. Si lo recuerda, se lo diré a la cara. Es mi deuda. Pero no quiero que lo reciba de golpe, sola, con fiebre y sin nadie que le sostenga la mano.

—Ya está recordándolo.

—Entonces ve con ella. —Tiró de la esposa, haciendo sonar el metal contra la barandilla—. Ve, Adriano. Y cuando despierte, dile que estoy aquí. Que no pienso moverme.

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Adriano salió al pasillo con la sensación de haber dejado algo vivo detrás de aquella puerta.

Cruzó el corredor deprisa. Al llegar a la UCI, vio salir a una mujer de unos cuarenta años, de bata azul y gorro de quirófano, que se quitaba los guantes con un chasquido. Reconoció a la doctora Peña, la que había gritado un número minutos antes.

—Amanda —dijo, sin aliento—. ¿Está bien?




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