Nadie se movió.
En la habitación de Clara, el goteo del grifo del baño marcaba los segundos como un reloj averiado. Adriano seguía de pie detrás de la silla de ruedas, con las manos aferradas a las empuñaduras. Amely miraba a Clara sin parpadear. Tenía el rostro quieto, casi sereno, y solo un tic leve bajo el ojo izquierdo delataba lo que le pasaba por dentro.
—Repítelo —dijo Adriano. Su voz sonó muy baja, muy extraña—. Dilo otra vez.
—Es hija de tu padre.
—No.
—Adriano...
—No. —Soltó la silla y retrocedió un paso, como quien se aparta de un borde—. Eso no es posible. Hay un certificado de nacimiento. Hay una declaración de Sofía. Hay una confesión de Ricardo.
—Hay una carta de tu padre —dijo Clara, con una voz seca de cansancio—. Que no está en el baúl.
—¿Qué carta?
—La que le escribió a Sofía hace veintiséis años. La guardo yo. La encontré revisando los papeles de Ernesto, después de su muerte. —Cerró los ojos—. Dice cosas que no se dicen entre amigos.
Amely, en la silla, había ido bajando la mirada hasta posarla en sus manos, que descansaban sobre la manta. Las miró despacio, una por una, como quien comprueba que le pertenecen.
—Clara —dijo—. ¿Tú lo has visto con tus ojos?
—He leído la carta.
—Eso no es lo que pregunto. ¿Lo sabes, o lo crees?
El silencio se alargó. Clara abrió la boca, la cerró, y por primera vez desde que Amely la conocía, no tuvo respuesta.
—Lo creo —admitió al fin—. Lo creo desde hace tres años.
—Entonces estás hablando de una creencia. No de un hecho.
—Es una creencia con fundamento.
—Todas lo son. —Amely alzó la vista—. Las creencias con fundamento son las que más daño hacen.
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Adriano se pasó las manos por el pelo. Respiraba deprisa, y por un momento Amely pensó que iba a salir de la habitación. Pero se quedó, con la espalda contra la pared y los ojos fijos en el suelo.
—Si fuera verdad —dijo, muy despacio—, yo te habría...
—Para.
—Te habría...
—Adriano, para. —Amely extendió una mano hacia él, sin tocarlo—. Mírame.
Él obedeció.
—No es verdad.
—No lo sabes.
—Lo sé con una certeza que no tiene que ver con la lógica. —Sonrió con los labios secos—. Es lo mismo que sentí en el malecón cuando recordé tu risa. No necesito un papel para saber que lo que te quiero no es lo que se le quiere a un hermano.
El rostro de Adriano se descompuso. Cerró los ojos, y por una vez dejó que las lágrimas le corrieran sin esconderlas.
—Perdona. Es que cuando ha dicho eso...
—Lo sé.
—He pensado que lo había perdido todo otra vez.
—No has perdido nada. —Amely buscó su mano y la apretó—. Pero necesito que te quedes aquí, de pie, a mi lado, mientras averiguamos qué es verdad y qué no. ¿Puedes hacerlo?
—Puedo.
—Entonces siéntate. Estás blanco.
Adriano se dejó caer en la silla del agente, que seguía dormitando con la barbilla en el pecho. Amely volvió a mirar a Clara.
—Tú misma lo has dicho. Quien se acercó a mí en el jardín me pidió perdón. Pero me dijo hija. No me dijo mi hija.
—No veo la diferencia.
—La diferencia es que un padre no pide perdón por haber golpeado a su hija. Pide perdón por no haberla protegido. —Hizo una pausa—. Es lo que dice cualquier hombre que ha visto lo que tu jefe vio desde el balcón y no ha hecho nada.
Clara se quedó mirándola con los ojos muy abiertos.
—Estás diciendo que Ernesto...
—Estoy diciendo que se arrodilló junto a una joven herida, a la que quizá conocía de oídas, a la hija de una mujer a la que él ayudó una vez, y se sintió el peor de los cobardes. —Sus ojos se humedecieron—. Y lo dijo en voz alta, porque ya no podía callarlo.
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La puerta se abrió sin llamar.
Sofía entró con la bolsa de tela de Casilda colgada del hombro y el rosario de Odette envuelto en el puño. Tenía el rostro gris y los ojos hinchados, pero caminaba con un paso firme que Amely no le había visto antes. Detrás de ella, en el umbral, la magistrada Ibáñez se llevó un dedo a los labios para pedir silencio al agente, que despertó de un sobresalto y se puso en pie, confuso.
—Perdone —murmuró Sofía—. Venía a ver a mi hija y las enfermeras me han dicho que estaba aquí. —Su mirada pasó de Amely a Adriano, de Adriano a la cama—. ¿Qué ha pasado?
Nadie contestó. Fue Clara quien rompió el silencio, con una voz débil y sin defensas.
—Les he dicho que Amely es hija de Ernesto Ferrer.
El rosario se le cayó de la mano a Sofía.
Cayó sobre el linóleo con un tintineo de cuentas, y durante un segundo ella no se agachó a recogerlo. Miraba a Clara con una expresión que Amely no pudo descifrar. No era sorpresa. No era miedo. Era algo más parecido al cansancio infinito de quien lleva mucho tiempo esperando una acusación y por fin la recibe.
—Ernesto —dijo.
—Sí.
—Ernesto Ferrer.
—Lo siento.
—No lo sientas. —Sofía se agachó, recogió el rosario con dedos lentos y se incorporó—. Es mentira. Pero entiendo de dónde viene.
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Se sentó en el borde de la cama de Clara, a una distancia prudente, con las manos sobre las rodillas. La magistrada cerró la puerta y se apoyó contra ella con los brazos cruzados. En el pasillo, el ruido de las ruedas y las voces se había desvanecido.
—Conocí a Ernesto Ferrer en una pensión de la costa —empezó Sofía, mirando el suelo—. Fue el verano que Helena me echó de casa. Yo tenía diecinueve años, estaba embarazada de cuatro meses y no tenía dónde ir. Ernesto era un hombre de treinta y cinco que trabajaba de marinero mientras decidía qué hacer con su vida. Se alojaba en la habitación contigua a la mía.
Adriano levantó la cabeza.
—Era el verano más feliz de su vida, decía mi madre.
—Para él, quizá. Para mí fue el peor. —Sofía sonrió con tristeza—. Pero lo recuerdo con cariño, porque fue amable. Me oyó llorar una noche a través de la pared y llamó a la puerta con una taza de té. No me preguntó nada. Se sentó en el suelo y esperó a que yo quisiera hablar.