El marido de mi hermana.

Capítulo 23/2: Un plato de más

Amely leyó la nota tres veces.

Eran once palabras mecanografiadas en una tira de papel cuadriculado, con la tinta de un violeta desvaído que ya empezaba a conocer. La a saltaba un poco por encima de la línea, como si la tecla estuviera torcida.

"Cuando todos estén juntos, recordad que faltaba uno."

—Es una amenaza —dijo Adriano, que había leído por encima de su hombro.

—Es un mensaje.

—Es una amenaza con buena ortografía.

—Las mejores lo son. —Amely dobló el papel despacio—. Pero no me suena a amenaza. Me suena a reproche.

Casilda, plantada en mitad del pasillo con el auricular todavía colgando de la mano, se había santiguado dos veces sin darse cuenta.

—Esa frase —murmuró—. Yo la he oído.

—¿Dónde?

—Aquí. En esta casa. —Señaló el techo con la barbilla—. Odette la decía cada vez que ponía la mesa.

Amely la miró sin entender. Fue Sofía quien contestó, desde lo alto de la escalera de la trampilla. Bajaba despacio, con el marco de la fotografía apretado contra el pecho y los ojos hinchados.

—Siempre pon un plato de más, por si falta uno.

—Y si no falta —dijo otra voz, más ronca, detrás de ella—, se lo das al primero que llegue.

Helena bajó el último peldaño con las esposas tintineando. Tenía el rostro desencajado y el cabello revuelto, pero sus ojos grises, mojados, tenían una lucidez extraña. Nadie le preguntó cómo conocía la frase. La había oído cada día de su infancia, al lado de la hermana que ahora la sostenía por el codo.

—Mamá la repetía hasta cuando estaba enferma —añadió Sofía—. El último invierno, ya sin fuerzas, me hacía poner seis platos en una mesa de tres.

—Lo hacía para que Casilda no comiera sola.

—Pues no comí sola jamás —gruñó la anciana, con los ojos húmedos—. Pero esa frase no la conoce nadie que no se haya sentado a esa mesa.

—Aquí comió medio pueblo —dijo Adriano.

—Y alguna gente que no era del pueblo. —Casilda bajó la voz—. Gente que llegaba con prisa, con hambre o con miedo. A todos les ponía plato.

Amely guardó la nota en el bolsillo del abrigo. Notó cómo se le encogía el estómago.

—Entonces quien la escribió estuvo aquí, en algún momento.

—O se lo contó alguien que estuvo. —Helena se pasó la mano libre por la cara—. Una persona de la familia.

—¿Cuál?

Helena guardó silencio. Miró la fotografía que Sofía sostenía, las dos niñas, el jardín de rosas, la anciana en el balcón. Después, muy bajo, dijo una cosa que nadie esperaba oír.

—No lo sé. Y por primera vez en mi vida me da miedo no saberlo.

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El teléfono de Adriano vibró a los diez minutos, cuando ya habían bajado todos a la cocina y Casilda servía un caldo que nadie probó. Era la doctora Peña.

Amely le arrebató el aparato antes de que él terminara de pulsar el altavoz.

—Dígame.

—Está todo controlado —se apresuró a decir la médica, con la voz de quien lleva media hora repitiéndolo—. Su hermana está bien. La hemos trasladado a una habitación individual con dos agentes en la puerta y un monitor central. Pero tengo que contarle cómo ha pasado.

—Cuénteme.

—Esta mañana, a las nueve y veinte, entró en la UCI una mujer con bata azul y mascarilla. Llevaba una tarjeta de visitante a nombre de Remedios Cuadrado.

—Remedios está operada.

—Lo sé. Hemos comprobado que sigue en su habitación, con un guardia. Nunca ha salido. Pero su tarjeta fue usada en el torno de la UCI a las nueve y diecinueve.

Adriano se inclinó hacia el altavoz.

—¿La tarjeta estaba con ella?

—Estaba en una bolsa de plástico con sus pertenencias, en el armario de enfermería. La robaron de allí. —Se oyó un suspiro—. La mujer pasó por el control con paso seguro, saludó a Carmen y dijo que era prima de la paciente. Carmen la dejó pasar un minuto, pensando que había ido con permiso de la magistrada.

—¿Y las cámaras?

—Tenemos unas imágenes. Pero la mujer se cubre la cara todo el tiempo. Lleva gorro, mascarilla, gafas. —Peña vaciló—. Hay un detalle raro. Cuando sale de la habitación con el peluche en la mano, se detiene delante de la cámara del pasillo. La mira. Durante unos tres segundos.

—¿Y?

—Y levanta el conejo. Con la oreja izquierda hacia el objetivo. —Un silencio—. Como si quisiera que la viéramos.

Amely sintió un frío raro en las manos.

—La oreja descosida.

—Esa misma.

—¿Quién es?

—No lo sabemos. Pero hay algo más. —La doctora bajó la voz—. Su hermana está despierta. Se despertó cuando se llevaron el conejo, antes de que Carmen volviera de su descanso. Ha visto todo. Y pide hablar con usted.

—Pásemela.

Hubo un crujido, un roce de sábanas, y al cabo de unos segundos, la respiración trabajosa de Amanda.

—No te asustes —dijo, con la voz arenosa.

—Demasiado tarde.

—Lo esperaba.

—¿Que se llevaran el conejo?

—Que alguien lo intentara. —Una tos seca, un jadeo—. Estaba preparado. No pasa nada.

—Amanda, ¿sabes quién ha sido?

El silencio fue tan largo que Amely creyó que se había cortado la línea.

—Lo sospecho —admitió su hermana—. Pero si te lo digo ahora, irás sola a buscarla. Ya te conozco.

—No es verdad.

—Sí lo es. Y te harán daño. —Respiró hondo—. Déjame que lo compruebe. Dame un día. Cuando vuelvas, te lo cuento todo. Con un café.

—Eso lo has dicho siempre.

—Esta vez lo cumplo.

Amely cerró los ojos. Pensó en una celda blanca, en una carta con tres promesas, en una niña de ocho años que susurraba bajo una manta.

—Un día —dijo.

—Gracias.

—Y Amanda.

—¿Qué?

—No te mueras mientras tanto.

Una risa muy débil, rota, al otro lado de la línea.

—Lo intentaré.

---

La llamada de Julián llegó a mediodía.

Adriano la atendió en el portón, con las manos en los bolsillos y los ojos clavados en el sendero de hortensias secas. Amely, que había salido a buscar aire, le oyó murmurar durante casi un minuto, con las cejas cada vez más juntas. Cuando colgó, se quedó inmóvil.




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