El marido de mi hermana.

Capítulo 24: Lo que Amanda le dijo en un café

La segunda marea no se pareció a la primera.

La primera había llegado a golpes, con imágenes sueltas y calor. Esta fue distinta, lenta y profunda, como el agua que sube por una escalera. Amely sintió que el dormitorio de Odette se disolvía poco a poco, sin sobresaltos. Las vigas oscuras del techo se volvieron madera de barco, el crepitar de la chimenea se convirtió en oleaje, y la mano de Adriano, que sostenía la suya, siguió allí, firme, como un cabo atado a una boya.

—Estoy aquí —oyó que decía, muy lejos—. No te suelto.

Quiso contestarle. No pudo. Ya estaba en otra parte.

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Hacía frío y olía a café.

Era la terraza del Café del Puerto, en Vallmar, un martes de finales de septiembre. Las mesas de hierro estaban húmedas de niebla, y las gaviotas se peleaban a gritos por los restos de unas tostadas. Amely, de veinte años, con el delantal de la librería todavía puesto, removía una taza con la cucharilla sin beber. Frente a ella, con un abrigo rojo cerrado hasta la barbilla y las manos escondidas bajo la mesa, estaba su hermana.

*Amanda.*

Amely la reconoció con un sobresalto que le atravesó el pecho. No era la mujer de la boda ni la de la comisaría. Era una Amanda de veintidós años, con ojeras, sin maquillaje, el pelo recogido a toda prisa y la mirada de quien lleva tres noches sin dormir.

—No tenías por qué venir —decía la otra Amely, la de entonces, con una timidez torpe—. Si querías verme, bastaba una llamada.

—No quería que me oyera nadie.

—¿Quién iba a oírte? Estoy sola en una librería.

—Tú sabes quién. —Amanda miró de reojo hacia la calle—. Mamá tiene gente en todas partes.

—Eso es una exageración.

—No lo es.

Un silencio. Una gaviota se posó en la barandilla y las miró con ojo crítico. Amely, la que recordaba, quiso decirle a su yo de veinte años que le tomara las manos, que no apartara los ojos, que escuchara. Pero la memoria no permite intervenir. Solo mirar.

—Quería pedirte una cosa —dijo Amanda.

—Lo que sea.

—No me prometas nada antes de saber qué es.

—Soy tu hermana.

Amanda sonrió, una sonrisa que le tembló en los labios.

—Eso mismo es lo que me da miedo.

Sacó las manos de debajo de la mesa. Las apoyó sobre el abrigo, abiertas, sobre el vientre. Era un gesto mínimo, casi imperceptible, el de quien protege algo sin atreverse a nombrarlo. Pero la Amely de veinte años lo vio. Y la que recordaba, desde algún lugar de la fiebre, sintió que el corazón se le detenía.

—Amanda...

—Estoy embarazada.

La taza tintineó contra el plato.

—Tres meses —continuó Amanda, muy deprisa, como quien tira de una venda—. Casi cuatro. Nadie lo sabe. Ni mamá ni papá ni mi médico. Me he hecho las pruebas en una farmacia de otra ciudad. Quería decírtelo a ti primero porque eres la única persona de mi vida a la que no tengo miedo de decepcionar.

—¿De quién es?

—De Nicolás.

—¿El hijo del jardinero?

—Sí.

—Amanda...

—Ya lo sé. No me lo digas. —Se tapó la cara con las dos manos—. Lo sé todo. Que es imposible, que mamá me matará, que él no tiene nada, que yo no tengo nada que ofrecerle, que mi vida está planeada hasta los cuarenta. Lo sé. Pero lo quiero, Amely. Quiero a este niño. Y no sé qué hacer.

La Amely de veinte años se quedó callada un largo rato. Después, despacio, alargó los brazos sobre la mesa de hierro y apartó las manos de su hermana de su cara.

—Mírame.

Amanda obedeció. Tenía los ojos enrojecidos, el labio inferior temblando.

—Lo primero —dijo la otra Amely—: no estás sola.

—Eso es lo que dicen todos.

—No. Lo que dicen todos es todo saldrá bien. Yo no digo eso. —Le apretó las manos—. Digo que, pase lo que pase, yo estoy contigo. Si mamá te echa, vienes a Vallmar. Si Nicolás se asusta, lo ataremos a una silla y le leeremos el Quijote hasta que entre en razón. Si hay que criarlo en una librería, se criará en una librería.

Amanda soltó una carcajada rota, mojada, que se le deshizo en un sollozo.

—No me hagas reír.

—Es lo único que sé hacer.

—Eres idiota.

—Lo sé.

—Te quiero.

—Yo también.

Se quedaron así, las dos, con las manos entrelazadas sobre una mesa de hierro húmeda, bajo la niebla y las gaviotas. Y la Amely de ahora, la que miraba desde el fondo del tiempo, sintió que le caían lágrimas por la cara de verdad, en una cama de hierro, en el dormitorio de su abuela.

—No se lo digas a nadie —pidió Amanda, secándose los ojos—. Todavía no. Quiero decidir yo cómo y cuándo.

—Lo prometo.

—Júramelo.

La otra Amely sonrió. Y con la solemnidad de dos niñas bajo una manta, con una linterna y la tormenta afuera, dijo:

—Las hermanas no sobran.

Amanda cerró los ojos.

—Y los secretos de las hermanas tampoco.

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—Amely.

La voz de Orozco llegó desde muy lejos, y la terraza se deshizo como una acuarela bajo la lluvia. El techo de vigas oscuras volvió a su sitio, y con él el goteo del suero, el resplandor naranja de la chimenea, el peso de la sábana. Tenía la cara empapada. No sabía desde cuándo.

—Tensión estable —murmuró alguien—. Pulso ochenta y cuatro. Temperatura treinta y ocho dos. Va mejor que la primera vez.

—¿Está consciente? —preguntó otra voz, la de la magistrada.

—A medias. Está recordando. Déjenla.

Amely quiso decir algo. Le salió un hilo, un sonido casi sin forma.

—Un niño.

—¿Qué dice?

—Un niño. —Cerró los ojos otra vez—. Amanda... Nicolás... tenían un niño.

Hubo un silencio en la habitación. Un silencio distinto, de los que se sienten en la piel.

Desde el rincón, apoyada contra la pared, Helena se había puesto en pie. Las esposas tintineaban contra la cadera. Tenía el rostro blanco como el de una muerta y los ojos clavados en la camilla, y un agente de uniforme dio un paso hacia ella, alarmado.

—Señora, vuelva a sentarse.




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