El marido de mi hermana.

Capítulo 25: Faltaba uno

El faro de Vallmar se veía desde la ventana del dormitorio de Odette, blanco y sereno bajo un cielo sin nubes.

Amely llevaba una hora despierta, sentada en el borde de la cama de hierro, mirándolo. Había dormido poco y mal, con la cabeza llena de caras: Amanda en una terraza de hierro húmedo, un niño en una sillita de coche, una mano diminuta aferrada a una oreja descosida. Tenía el cuerpo flojo, como después de una fiebre larga, pero la mente estaba clara.

La llave de latón con el cordel rojo descansaba en su palma. Era tan pequeña que cabía entera bajo el pulgar.

—Ya sé qué dijo Alba —dijo, sin volverse.

Adriano, que preparaba café en la cocina contigua, asomó la cabeza por la puerta.

—¿La palabra?

—Faro.

—¿Faro?

—Es lo que Amanda le enseñó. Cuatro letras. —Sonrió con tristeza—. Me lo dijo al oído, muy serio, como si fuera un hechizo. Y ya no es secreto, porque la señora de los ojos de Nicolás le dijo que podía contárselo a todo el mundo.

—Entonces quien nos cita en el faro quiere decirnos algo con la cita misma.

—Quiere que sepamos que Amanda lo organizó todo.

Adriano dejó la taza sobre la cómoda y se sentó a su lado. Durante un rato no dijeron nada. Abajo, en la cocina, se oían los pasos de Casilda y el murmullo de la radio.

—No quiero que vayas —dijo él al fin.

—Lo sé.

—Pero sé que vas a ir.

—Sí.

—Entonces dime cómo puedo ayudarte.

Amely apoyó la cabeza en su hombro.

—Quédate a mi lado. Y si algo sale mal, saca a Alba de allí antes que a mí.

—No me pidas eso.

—Te lo pido.

Adriano cerró los ojos. Tardó en contestar.

—Lo haré. Pero luego volveré por ti.

—Eso ya lo sabía.

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Los preparativos duraron toda la mañana.

La magistrada Ibáñez llegó a las nueve con tres agentes de paisano, una libreta y el rostro de quien ha discutido por teléfono con media Fiscalía. Aceptó la cita con una condición: dos agentes dentro del perímetro del faro, vestidos de turistas, y un tercero en la galería superior, con prismáticos. Nadie con arma visible. Nadie que pudiera asustar a un niño.

—No me gusta —repitió por tercera vez, abrochándose la toga—. Pero tampoco me gusta dejar a un menor desaparecido en manos de una desconocida. Si hay una posibilidad de recuperarlo sin violencia, la tomaré.

—Gracias —dijo Amely.

—No me dé las gracias. Dígame que ha pensado en la niña.

—He pensado en ella desde que nació.

—Me refiero a Alba.

Amely guardó silencio un segundo.

—La mujer pidió que viniera. Lucrecia y Teodoro la acompañarán. Se quedará con ellos, lejos, hasta que yo decida. No se acercará a nadie sin mi permiso.

—¿Y si no obedece?

—Es una niña de cuatro años. No va a obedecer. —Sonrió—. Pero tiene un instinto mejor que el nuestro.

La magistrada la observó un momento. Después asintió, con un suspiro, y salió a dar instrucciones.

Sofía se presentó en la puerta del dormitorio a las diez, con el pelo recogido, el abrigo abotonado y el rosario de Odette colgado del cuello. Detrás de ella, de pie en el pasillo, con los hombros hundidos y las manos vacías, estaba Helena. Ya no llevaba esposas. Un agente la custodiaba a unos pasos.

—Quiere decirte algo —dijo Sofía.

Helena dio un paso al frente. Tardó en hablar.

—Si no quieres que vaya, no iré.

—¿Por qué lo dices?

—Porque es tu nieta, y tu sobrino, y tu familia. Y yo no tengo derecho a estar en medio.

Amely la miró largo rato. Había en aquella mujer, tan recta, tan marchita, un miedo desnudo que le resultaba nuevo.

—Vendrás —dijo al fin—. Pero te quedarás en la entrada, y solo hablarás si alguien te pregunta.

—Lo prometo.

—No lo prometas. Hazlo.

Helena asintió, con los ojos brillantes.

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Salieron hacia el cabo a las once y media, en dos coches.

Alba iba en el primero, sentada entre Lucrecia y Teodoro, con el gorro de lana torcido y las manos cruzadas sobre el regazo. Había dejado de hablar a mitad de camino. Miraba por la ventanilla con el ceño fruncido, como una inspectora que se acerca al escenario de un crimen. Amely, en el coche de atrás, junto a Adriano, no le quitaba los ojos de encima.

—Está nerviosa —murmuró.

—Todos lo estamos.

—Ella no sabe por qué.

—Quizá lo sabe mejor que nosotros.

El camino de tierra subía serpenteando hasta el acantilado. Al fondo, recortada contra el azul, se alzaba la torre blanca con su galería circular y su puerta pintada de azul. Aquel mediodía el faro no giraba. Era un edificio quieto, muy antiguo, con las ventanas cerradas y una bandada de gaviotas posada en la barandilla.

Había un coche gris aparcado frente a la puerta.

—Es el de Aurora —dijo Adriano, entre dientes.

—Lo sé.

—Si hay otro dentro...

—Hay uno. —Amely respiró hondo—. Pero no de los que crees.

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La puerta estaba entreabierta.

Amely entró primero, despacio, con la mano de Adriano rozándole el codo. Dentro olía a sal, a hierro y a humedad, igual que la vez anterior. La escalera de caracol subía hacia una claridad dorada. En el primer descansillo, apoyada contra la barandilla con los brazos cruzados sobre el pecho, esperaba una mujer.

Tendría unos treinta y ocho años. Era alta, delgada, de cabello castaño muy corto y facciones fuertes. Llevaba un abrigo oscuro, botas gastadas y una bolsa de lona colgada del hombro. No parecía armada, ni amenazante, ni siquiera nerviosa. Tenía la quietud tensa de quien lleva mucho tiempo ensayando una frase y ya no recuerda cómo empezaba.

Pero lo que le cortó la respiración a Amely fueron sus ojos.

Eran castaños, hundidos, de mirada franca y cansada. Los mismos que había visto brillar en la proa de una lancha, en una noche de tormenta, cuando un hombre flaco le había pedido que lo escuchara.

—Usted es la hermana de Nicolás —dijo.

—Soy Irene Ibarra. —La mujer inclinó la cabeza—. Y usted es Amely. He pensado mucho en este momento.




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