Adriano no dijo nada durante casi un minuto.
Estaba de pie en la sala de máquinas del faro, con la espalda contra una pared de piedra fría y la mirada fija en un punto del suelo, entre dos cuerdas enrolladas. Irene Ibarra había dejado de hablar. Nicolás se había quedado a su lado sin saber si debía tocarla. Arriba, la linterna del faro seguía girando sola, con un chirrido lento de metal viejo.
—Mi madre —dijo al fin, con una voz que no parecía suya.
—Sí.
—Beatriz Ferrer.
—Sí.
—Lleva cuatro años pagando la manutención de un niño que yo ni sabía que existía.
—Lleva cuatro años y tres meses. —Irene le sostuvo la mirada—. Desde el primer mes. Nunca falló un ingreso.
—¿Y por qué no me lo dijo?
—No lo sé. Pero sé que ella sabía que yo iba a llamarle hoy.
Adriano levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Anoche le escribí. Le dije que Amely recordaba, que iríamos al faro y que si quería explicarse, tenía que ser hoy. —Irene señaló la puerta con un gesto lento—. Creo que ya ha llegado.
Amely, que sostenía la mano de Alba, sintió que Adriano se ponía rígido a su lado. Fuera, en el camino de tierra, se oyó el motor de un coche que se apagaba, el golpe seco de una portezuela y unos pasos pequeños, regulares, sobre la grava.
Eran los pasos de alguien que no tiene prisa por llegar ni valor para volver atrás.
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Beatriz Ferrer subió los primeros peldaños del faro sin apoyarse en la barandilla.
Tenía sesenta y seis años y los llevaba como un abrigo bien cortado, con la espalda recta, el cabello gris recogido en un moño bajo y un traje de lana azul marino que le daba un aire de viuda de otra época. Llevaba un bolso pequeño colgado del brazo, sin joyas, sin maquillaje. Cuando llegó al descansillo de la sala de máquinas y vio a su hijo, se detuvo en seco.
—Adriano.
—Madre.
No se abrazaron. Se miraron desde tres metros de distancia, con la luz del mediodía cayéndoles de lado por la ventana, y Amely vio con claridad lo que no había visto en cinco años de fotografías de periódico: los ojos de Beatriz eran idénticos a los de su hijo. Los mismos ojos oscuros, cansados, de mirar paciente.
—Lo sabes —dijo Beatriz.
—Lo sé desde hace cuatro minutos.
—Entonces te debo una explicación.
—Me debes más que eso.
Beatriz asintió despacio. Miró a su alrededor, a Amely, a Nicolás, a Irene, a Alba, que la observaba con la cabeza ladeada desde detrás del abrigo de su madre. Se quedó un instante mirando a la niña. Algo le cruzó el rostro, tan rápido que podía haber sido un reflejo.
—Es igual que tú de pequeño —murmuró.
—¿Alba?
—Frunce las cejas como tú cuando algo no le gusta.
Alba, con la solemnidad de sus cuatro años, preguntó:
—¿Quién es la señora?
—Es mi madre —respondió Adriano, y le tembló un poco la voz—. Tu abuela. O algo parecido.
—¿Tengo otra?
—Tienes unas cuantas.
—Qué suerte —dijo Alba, y volvió a esconderse tras el abrigo.
Beatriz cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, había en ellos una humedad que no se atrevía a convertirse en llanto.
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Se sentaron en la galería, al sol, en las sillas plegables de la profesora jubilada. Mateo y Alba habían bajado con Lucrecia y Teodoro a mirar los cangrejos de las rocas, bajo la vigilancia de dos agentes de paisano que fingían estar muy interesados en las gaviotas. Helena se había quedado en el umbral de la escalera, a una distancia respetuosa, con las manos juntas, sin hablar.
Beatriz habló mirando el mar.
—Ernesto me lo contó todo tres semanas antes de morir. En el hospital, con una mascarilla de oxígeno, entre dos pastillas. Quería irse limpio. —Sonrió con una amargura tranquila—. Qué egoísmo. Se descargó él y me dejó a mí la carga.
—¿Qué te contó? —preguntó Adriano.
—Lo de Sofía. El verano en la costa, la pensión, la taza de té. Lo de Ricardo Amersfoort y el negocio de Meridian. Lo de la noche del jardín, cuando se quedó clavado en un balcón sin mover un dedo. —Hizo una pausa—. Lo de la clínica y la fundación. Lo de los niños.
—¿Todos?
—Los que él sabía. Cuarenta y dos. —Se frotó las manos—. Dijo que había uno más, el que su secretaria Clara le había pedido que no mencionara. El de la hija mayor de Ricardo.
Amely sintió un hormigueo en la nuca.
—Mateo.
—Mateo. Pero entonces no tenía nombre. Solo un número y una fecha de nacimiento. —Beatriz alzó la vista hacia ella—. Cuando Ernesto murió, empecé a investigar. Contraté a una detective, una mujer discreta de unos sesenta años. Me costó seis meses encontrar la casa de acogida. Y cuando la encontré, el niño ya no estaba.
—Porque Irene se lo había llevado.
—Porque alguien se lo había llevado, y no sabía quién. —Beatriz sonrió con tristeza a Irene—. Pero me quedó la dirección de un valle del norte. Fui una vez, sin avisar. Me quedé en el coche, frente a una casa de piedra con un huerto. Vi salir a un niño de dos años con un conejo de peluche en la mano.
—Y no hiciste nada.
—Hice lo único que sabía hacer. —Se le quebró la voz—. Abrí una cuenta y empecé a pagar.
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Adriano se levantó. Caminó hasta la barandilla de la galería y se quedó de espaldas, con las manos aferradas al hierro y el viento revolviéndole el pelo.
—Tenías mi teléfono.
—Sí.
—Tenías mi dirección. Mi despacho. Mi correo.
—Sí.
—Cinco años, madre. Cinco años buscando a una mujer en todos los hospitales de la costa, y tú sabías que Ernesto había visto lo que pasó. Sabías que mi padre, tu marido, había presenciado el golpe y se había quedado quieto.
—Lo supe tres años después.
—¿Y por qué no me lo dijiste entonces?
—Porque estabas casado con Amanda.
El silencio fue tan completo que Amely oyó el oleaje.
—Estaba casado, sí —dijo Adriano, despacio—. Con una mujer a la que no quería. Y tú lo sabías.
—Lo sabía.