El marido de mi hermana.

Capítulo 27: El sótano de la calle de los Olmos

La calle de los Olmos era una calle corta y sin pretensiones, con aceras estrechas, farolas de hierro y casas bajas de ladrillo rojo que alguien había pintado de colores apagados. El número siete era un edificio de tres plantas con las contraventanas cerradas y un cartel de Se vende que el sol había desteñido hasta dejarlo casi blanco.

Amely se quedó mirándolo desde la acera, con la llave de hierro en la mano.

—No lo conocía —dijo.

—Nadie lo conocía —respondió Julián, que había llegado en un taxi con el maletín bajo el brazo y una carpeta de escrituras—. Amanda lo compró hace tres años a través de una sociedad con nombre de flor. Pagó al contado con su fideicomiso. Nunca lo alquiló ni lo puso a la venta. El cartel es de los antiguos dueños.

—¿Y por qué lo compró?

—Eso ya no consta en ningún papel.

Adriano, a su lado, observaba la fachada con el ceño fruncido. La magistrada Ibáñez no había querido dejarlos ir solos. Había dispuesto un agente en cada esquina y se quedó en el taxi con el teléfono pegado a la oreja. Sofía, con el abrigo abotonado hasta el cuello y el rosario de Odette entre los dedos, no había dicho una palabra desde el banco.

—Si prefieres que no entremos —dijo Adriano, bajando la voz—, lo dejamos para otro día.

—No. —Amely subió los tres escalones del portal—. Si es lo que creo que es, lleva demasiado tiempo esperándome.

La llave giró sin resistencia.

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Dentro olía a cera, a polvo y a madera recién barnizada. El vestíbulo era amplio, con suelo de baldosas hidráulicas y una escalera de caracol que subía a las plantas superiores. Nada de muebles, nada de cuadros. Solo paredes recién pintadas de un blanco cálido, como si alguien las hubiera preparado para recibir algo.

—La llave tiene que abrir otra puerta —murmuró Julián.

Amely la encontró bajo la escalera, casi oculta: una portezuela de roble macizo con una cerradura de hierro negro, de las antiguas, con la boca en forma de ojo de cerradura. Introdujo la llave. Encajó con un clic seco, de pieza hecha a medida.

Tras la puerta, una escalera de piedra descendía hacia una luz tenue.

—Hay electricidad —dijo Adriano, señalando una bombilla desnuda que colgaba de un cable al pie de los peldaños—. Y alguien ha estado cuidándola.

Bajaron en fila. El aire se volvía más fresco a cada escalón, y con él llegaba un olor que a Amely le encogió el pecho antes de saber por qué. Un olor a cola de conejo y a papel viejo, a pergamino y cuero curtido, a tinta seca y a madera de nogal.

Era el olor de la librería de Anselmo.

Era el olor de su vida.

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El sótano era un taller.

No uno cualquiera. Ocupaba toda la planta, con techos abovedados de ladrillo y una hilera de ventanucos a ras de calle por donde entraba una luz oblicua y dorada. Bajo ellos se alineaban tres mesas largas de roble, con prensas de hierro, tijeras de distintos tamaños, cuchillas, plegaderas de hueso, lupas articuladas y frascos de pigmentos. En las paredes, estantes con rollos de papel japonés, pieles de cabra, telas de encuadernar y hilos de lino de todos los colores.

Todo estaba limpio. Ordenado. Esperando.

Amely avanzó despacio, con las manos a los costados, sin atreverse a tocar nada. Pasó junto a una prensa de tornillo con el brillo de las herramientas que se usan poco, y una cizalla de papel con la hoja protegida por una funda de cuero. En una pared, sobre un clavo, colgaba un delantal de lona verde con las iniciales A.A. bordadas en el bolsillo.

—Es mío —susurró.

—¿Lo reconoces? —preguntó Sofía.

—No. Pero lo bordó alguien que lo hacía sin pensar. Mira el punto. —Pasó los dedos por el hilo—. Es de Casilda. Lo mandó a Amanda hace años, con una carta, y Amanda lo guardó.

Adriano se había detenido frente a un estante largo de nogal. Sobre las tablas, ordenados por tamaño, había decenas de lomos de libros sin título. Los acercó a la luz.

—Mira esto.

Eran libretas. Cuadernos de tapa dura, recubiertos de tela en tonos cálidos, con una cinta de seda como marcapáginas y un número grabado en el lomo. Amely tomó el primero. Pesaba poco. Era uno de esos cuadernos de página en blanco pensados para escribir a mano, con el papel grueso, marfil, y un olor suave a almidón y lino.

1.

Lo dejó en su sitio. Tomó otro. 2. l Y otro. 17. 29. 39.

—Cuarenta y tres —dijo Julián, que los había contado con el dedo—. Hay cuarenta y tres.

—Uno por cada niño.

—Y falta algo en cada uno.

Amely abrió el número treinta y nueve. La primera página no estaba en blanco. Tenía una sola línea escrita a mano, con la letra de Amanda, en tinta azul.

"Alba. Nacida el 22 de junio. Para que nunca se pierda lo que fue suya."

Pasó la página. Estaba vacía. También la siguiente. Pero en la última, pegada con una cinta de papel, había una pequeña fotografía de una niña de pelo oscuro con las cejas fruncidas, tomada a través del cristal de un coche, en una calle de pueblo. Debajo, otra frase.

"Cuando sepa leer, que alguien le cuente."

Amely cerró el libro contra el pecho. Le temblaban las manos.

—Los hizo ella —dijo con un hilo de voz—. Para cada uno.

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Fue Sofía quien encontró la carta.

Estaba sobre la mesa central, bajo una lupa articulada, sujeta con una piedra de río, de esas lisas que se usan para pisar papeles. Un sobre blanco, grueso, con un nombre escrito en el anverso con una caligrafía muy cuidada.

Para quien baje.

—Yo no —dijo Sofía, retrocediendo—. Es tuya.

—No tiene nombre.

—Es de las dos. —Sonrió con lágrimas en los ojos—. Pero tú sabes leer mejor la letra de tu hermana.

Amely tomó la carta. La abrió con el cuchillo de papel que reposaba junto a ella. Dentro había tres hojas. Leyó en voz alta, mirando a Adriano de reojo para que no se perdiera una sola palabra.

"Si has bajado hasta aquí, ya tienes todo lo necesario para entender lo que quise hacer.




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