El marido de mi hermana.

Capítulo 28: La tinta violeta

Clara Montenegro tardó un minuto entero en contestar.

La llamaron desde el vestíbulo de la calle de los Olmos, con el teléfono de Julián sobre una caja de embalaje y la magistrada Ibáñez escuchando desde el altavoz. Al otro lado, entre el pitido de una máquina y el crujido de unas sábanas, se oyó una respiración lenta y cansada.

—Dolores —dijo Clara al fin.

—¿Quién es? —preguntó Amely.

—Dolores Quirós. Mi secretaria. —Soltó una risa seca—. Llevaba veintidós años a mi lado y nunca se me ocurrió sospechar de ella. Escribe a máquina con una Olivetti de 1974 que se negó a cambiar. La a siempre le salta una línea.

—¿Cómo es?

—Pequeña. Gris. Sesenta y tantos años. Llega siempre cinco minutos antes que todos y se va cinco minutos después. Prepara el café con canela. —Hizo una pausa—. Nadie la mira. Es lo que mejor sabe hacer.

—Amanda decía eso mismo de mí —murmuró Amely.

—Por eso Dolores sabe cómo se esconde alguien a quien nadie ve.

Adriano, que escuchaba apoyado en la pared, se inclinó hacia el aparato.

—¿Por qué lo haría? Aurora cayó. Usted está detenida. ¿Qué gana ella?

El silencio de Clara fue tan largo que la magistrada tuvo que preguntar si seguía en línea.

—Sigo aquí. Es que acabo de entender una cosa que debí ver hace veinte años. —Su voz bajó—. Dolores tuvo un hijo. Nunca me lo contó, pero lo encontré en un expediente de los primeros años, el número dos. Madre soltera de diecisiete años, familia muy religiosa, un padre que no la quiso en casa. Entregó al niño en Aurora por voluntad propia.

—Y la fundación le dio trabajo —dijo Amely.

—La fundación le dio un sueldo, un escritorio y la certeza de que hizo lo correcto. —Clara respiró hondo—. Lleva toda la vida diciéndose que lo que hacemos, bueno o malo, salvó a esos niños de algo peor. Si Aurora fue un crimen, entonces su hijo también fue una víctima. Y ella la cómplice que lo entregó.

—Por eso quiere frenar el juicio.

—No. Quiere evitar que se sepa la verdad completa. Que se levanten cuarenta y tres familias de sus casas y se les diga que sus hijos son de otros. Ella cree de verdad que eso hará más daño que el silencio.

Julián cerró los ojos.

—Una fanática de la discreción.

—Una madre que no soporta que el pasado la mire a la cara. —Clara tosió—. Id con cuidado. Es la persona más tranquila que conozco, y por eso la más peligrosa.

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El Hospital General olía a café, a lejía y a cansancio.

Amely subió a la cuarta planta con un vaso de cartón en cada mano. Adriano la acompañó hasta la puerta del box y se quedó fuera, con la espalda contra la pared y los brazos cruzados, como quien monta guardia sin que se lo hayan pedido. Dentro, sentada en la cama con la espalda apoyada en tres almohadas, estaba Amanda.

Tenía mejor color. Alguien le había cortado el pelo a la altura de los hombros, y llevaba un camisón de algodón azul que no era del hospital. Sobre la mesilla, junto a un vaso de agua, descansaba el conejo de peluche con el lazo azul. Alba se lo había traído por la mañana, con la solemnidad de quien devuelve un préstamo.

—Dijiste un café —dijo Amely, tendiéndole uno.

—Dije un café.

—Con leche. Y con azúcar. Como te gustaba de pequeña.

—Eso era chocolate.

—Pues se me ha olvidado.

Amanda rió, una risa corta que se convirtió en una mueca de dolor. Aceptó el vaso con las dos manos.

—Gracias.

Se quedaron un momento calladas, bebiendo. Por la ventana entraba una luz limpia de media tarde. Fuera, en un patio de naranjos, un jardinero regaba los parterres.

—Has visto el vídeo —dijo Amanda.

—Sí.

—Y la carta.

—Y el taller. Y los cuadernos. Y el libro de poemas. —Amely dejó el café sobre la mesilla—. Lo he visto todo, Amanda.

—Entonces ya sabes lo que te pido.

—Sé lo que quieres. Es distinto.

Amanda bajó la mirada. Con un dedo recorrió el borde del vaso, despacio.

—Es lo único justo.

—¿Para quién?

—Para todos.

—Para ti no.

—Para mí menos que para nadie. —Alzó la vista, y sus ojos estaban secos—. Amely, he pasado cinco años siendo la cómplice de una mentira. Y antes de eso, veintidós siendo la hija perfecta de una familia que robaba niños. Si no me condenan, ¿qué queda de todo lo que hice?

—Queda Mateo.

Amanda cerró los ojos.

—Queda Alba. Queda el taller. Quedan cuarenta y tres carpetas que tú has dicho que vas a visitar. Queda lo que hiciste a escondidas, con Irene, con Clara, con una enfermera que te debía un favor. —Amely tomó aire—. No eres solo la persona que cogió esa piedra. Eres también la que construyó todo esto.

—Una cosa no borra la otra.

—No. Pero las dos existen.

Amanda guardó silencio. El monitor de al lado emitía un pitido suave, regular.

—No quiero que me salves —susurró.

—No voy a salvarte.

—Entonces...

—Voy a declarar. —Amely la miró de frente—. Y voy a decir la verdad entera. Lo que hiciste mal y lo que hiciste bien. Y el juez decidirá qué pesa más.

—Eso es salvarme.

—Eso es que no pienso mentir a un tribunal para que cargues con una culpa que no es solo tuya.

Amanda abrió la boca. La cerró. Después, muy despacio, sonrió con una mezcla de rabia y alivio.

—Eres imposible.

—Tú me lo enseñaste.

—Yo no enseño nada.

—Me enseñaste a no mentir. —Amely le tomó la mano—. Aunque fuera sin querer.

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Hubo un silencio largo, de esos que no pesan.

—Ahora me toca a mí —dijo Amanda—. Lo del café.

—Cuéntame.

—Hace dos días te dije que sospechaba quién había entrado en la UCI. Que si te lo decía, irías sola.

—Lo recuerdo.

—Pensaba que era Irene. Pero sé que la visita de Irene fue de verdad, porque ella me lo contó después por teléfono. Así que había otra cosa que no encajaba. —Hizo una pausa—. Hace cuatro años, cuando Clara me dio el acceso al archivo, había una persona presente en la sala. Una mujer que servía el té. Ni siquiera la miré.




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