El marido de mi hermana.

Capítulo 28 /2: El té con canela

Amely se quedó clavada en el umbral con la caja de latón en una mano y el conejo en la otra.

Veía a su hermana con una claridad irreal. Veía el abrigo demasiado grande, la palidez de la piel, la forma en que Amanda apoyaba el peso del cuerpo sobre la pared para no llevarse una mano al costado. Veía también la capucha, caída hacia atrás, y unos ojos muy abiertos que le decían, sin una palabra, que no hiciera ninguna pregunta.

—Amanda —dijo, con un hilo de voz—. Estás en un hospital.

—Ya no.

—Te han operado hace cuatro días.

—Lo sé. Me duele cada vez que respiro. —Una sonrisa torcida—. Pero Dolores me ofreció venir, y no pude resistirme.

—Le ofrecí una oportunidad —precisó la mujer pequeña desde la cabecera de la mesa, removiendo su té con la cucharilla—. A las dos nos convenía. Su hermana quería pagar por lo que hizo. Yo quería asegurarme de que lo pagara en el sitio adecuado.

—¿En una sala de juntas abandonada?

—En un lugar donde se hablaba con franqueza. Siéntese, querida. Se le va a enfriar el té.

Amely no se movió. Notó que el pulso le subía por el cuello. Pensó en Adriano, a trescientos metros, mirando por unos prismáticos, y en el reloj que ya corría. Cincuenta y ocho minutos.

—No pienso beber nada.

—Qué prudente. —Dolores sonrió con una amabilidad inalterable—. Helena le habrá contado lo del té de hace quince años. Era un sedante muy suave, apenas un poco de valeriana. Lo hice por su bien. Estaba al borde del colapso.

—La hizo firmar un papel dormida.

—La ayudé a decidir. Es distinto.

—No lo es.

—Para usted, no. Para mí, sí. —Se quitó las gafas de pasta, las limpió con un pañuelo bordado y volvió a ponérselas—. Siéntese, por favor. He preparado una historia y no me gusta contarla de pie.

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Amely se sentó en la silla más cercana a la puerta, dejó la caja de latón sobre la mesa y colocó el conejo en su regazo. Amanda, sin que nadie se lo pidiera, se separó de la pared con un gesto de dolor y fue a apoyarse en el respaldo de otra silla, junto a ella.

—Primero lo primero —dijo Dolores, abriendo el maletín con dos clics de cierre—. Voy a ser breve. Quiero que el juicio no se celebre.

—Eso ya lo sé.

—Quiero que el doctor Quiroga se retracte de lo que declaró y asuma toda la culpa de los experimentos. Quiero que Helena y Clara se declaren cómplices menores. Y quiero que su hermana, que se ha ofrecido con tanta generosidad, cargue con el golpe del jardín y con la responsabilidad de la clínica. —Sacó una carpeta fina, la abrió y la empujó sobre la madera—. Tengo aquí los acuerdos redactados. Una pena de ocho años para ella, con posibilidad de reducción por buena conducta.

—Ocho años —repitió Amely.

—Es un trato generoso.

—Lo que propone es enterrar cuarenta y tres historias.

—Lo que propongo es evitar que cuarenta y tres familias vean sus vidas destruidas. —Dolores juntó las yemas de los dedos—. Piense en ello, querida. En un hombre de veintidós años que descubre que sus padres no son sus padres. En una mujer de cuarenta que ha rehecho su vida y de pronto recibe una carta con una fotografía. En los hijos de esas personas, en sus cónyuges, en sus jefes. Esto no es una película. Las cosas no se arreglan con un abrazo en un faro.

—Se arreglan cuando se dicen.

—Se rompen cuando se dicen.

—Se rompieron cuando se ocultaron.

Dolores soltó una risita suave, casi de ternura.

—Qué joven es usted. Qué bien se lo ha explicado todo la vida.

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Desde su rincón de sombra, el doctor Quiroga emitió un gemido ronco y levantó la cabeza. Tenía la mejilla amoratada, la bata manchada y los ojos hundidos en un rostro cetrino. Abrió la boca. Le tembló un labio.

—Dolores —murmuró—. Por Dios. Suéltame.

—Tranquilo, Eusebio. Duerme.

—No puedo dormir. Me has dado algo.

—Lo mismo que le diste tú a tantas. Es justo. —La mujer le sonrió con una mansedumbre aterradora—. Ya lo sabes: el miedo es un gran conservante.

Amely sintió que se le erizaba la nuca.

—¿Qué le ha dado?

—Un poco de su propia medicina. —Dolores se encogió de hombros—. Una dosis muy baja de inhibidor. Le ayudará a recordar con más claridad lo que le conviene.

—Eso es una barbaridad.

—Es un tratamiento. —La sonrisa de Dolores se endureció—. ¿O es que solo es legítimo cuando lo aplican los doctores?

Amanda, a su lado, había cerrado los ojos. Se mordía el labio inferior con tanta fuerza que Amely vio aparecer una gota de sangre.

—Dolores —dijo, sin abrirlos—. Cuéntale lo de tu hijo.

El silencio que siguió fue tan súbito que hasta el zumbido de una mosca contra el cristal tapiado pareció un grito.

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Dolores dejó la cucharilla sobre el plato.

—No tiene derecho —dijo, muy bajo.

—Lo tengo. Me lo dijiste tú misma en el locutorio. Me lo contaste llorando.

—Fue un momento de debilidad.

—Fue el único momento de tu vida en que fuiste de verdad. —Amanda abrió los ojos, y había en ellos una compasión que Amely no esperaba—. Cuéntaselo. O se lo cuento yo.

La mujer pequeña se quedó mirando sus manos. Eran manos secas, de uñas cortas y manchas de tinta violeta en las yemas. Las apretó una contra otra, despacio, como quien aplasta algo.

—Clara cree que el expediente número dos era mío —empezó, con una voz sin matices—. Se equivocó. Lo leyó mal, o lo quiso leer así. Yo nunca tuve un hijo a los diecisiete años. Tuve una hija a los veintidós, y a los cuarenta y tres me quedé abuela.

Amely contuvo el aliento.

—Se llamaba Lucía.

—¿Lucía?

—No esa. Otra. —Dolores sonrió con amargura—. Mi hija, Lucía Quirós. Diecisiete años, buena estudiante, con una vocación de maestra que le salía por los ojos. Un compañero de clase, una noche, un descuido. Cuando me lo dijo, yo trabajaba en una asociación de caridad, y tenía una jefa que se llamaba Clara.

—Clara le propuso una solución.




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