El marido de mi hermana.

Capítulo 29: La sala número uno

Amanda sobrevivió a la noche.

Lo supo Amely a las cuatro de la madrugada, de pie en un pasillo del Hospital General, con la ropa manchada de sangre ajena y una niña dormida contra el hombro. Alba había bajado la escalera de Santa Aurelia a las once de la mañana con un conejo bajo el brazo, convencida de que era hora de la merienda. Nadie había conseguido explicarle por qué su madre lloraba arrodillada en el suelo de un edificio abandonado. Se había sentado junto a ella, le había limpiado una lágrima con el pulgar y había dicho, muy seria: «Es la señorita buena, ¿verdad? Pues no puede irse. Se lo dije».

La doctora Peña salió del quirófano a las cuatro y diez, con el gorro empapado de sudor.

—Se le soltó el punto interno. Hemos reparado la lesión y transfundido cuatro unidades. Está estable, aunque muy débil. —Se quitó la mascarilla—. Si fuera por mí, no la movería en diez días.

—El juicio empieza a las nueve —dijo Adriano, que acababa de llegar con dos cafés.

—Pues el juicio tendrá que empezar sin ella.

—No lo hará —murmuró Amely.

Peña la miró con el ceño fruncido.

—Es una paciente en estado grave.

—Lo sé. Pero conozco a mi hermana. —Acarició el pelo de Alba—. Si se despierta y no está en esa sala, jamás se lo perdonará. Y yo tampoco.

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La Audiencia Provincial era un palacio de piedra gris, con escalinata de granito, columnas cuadradas y un vestíbulo de techo alto donde cada paso levantaba un eco. A las ocho y media, la plaza estaba tomada por cámaras de televisión, furgonetas con antenas y un mar de paraguas negros, porque había amanecido lloviendo. Detrás de las vallas, centenares de personas esperaban en silencio. Algunas sostenían carteles caseros. Queremos saber. Devuélvannos a nuestros hijos. Nombres, no números.

Amely se detuvo en la escalinata, con el abrigo cerrado hasta el cuello y la caja de latón bajo el brazo.

—Mira cuánta gente —murmuró.

—Han llegado desde anoche —dijo Julián, a su lado, ajustándose la toga—. Madres, padres, hijos adoptivos. Algunos de las cuarenta y tres familias, otros que sospechan que también lo fueron. Después de lo de La Gaceta, empezaron a llamar a la Fiscalía de toda España.

—¿Cuántos?

—Doscientas once llamadas. —Sonrió con tristeza—. Y subiendo.

Una mujer de pelo gris, con una pancarta enrollada bajo el brazo, se separó de la valla y se acercó a Amely con pasos cautelosos. Tendría unos sesenta años. Llevaba un abrigo azul desteñido y una fotografía en blanco y negro apretada contra el pecho.

—¿Usted es Amely?

—Sí.

—Mi hijo nació el catorce de marzo de hace veintiocho años. En Santa Aurelia. Me dijeron que murió a las dos horas. —Le tembló la voz—. Nunca me enseñaron el cuerpo.

Amely sintió que se le cerraba la garganta.

—Lo siento muchísimo.

—No lo sienta. Solo dígame que va a decir la verdad.

—Toda.

La mujer asintió, con los ojos húmedos. Después, con un gesto torpe, alargó la fotografía. Era el retrato de una joven de veinte años, de rostro risueño y pelo recogido, sentada en una playa.

—Esa soy yo. Cuando él se estaba gestando. Quiero que alguien me recuerde así.

Amely tomó la foto con las dos manos, con una reverencia que no supo explicar.

—Se la devolveré cuando todo termine.

—No hace falta.

—Sí hace falta. —Sonrió—. Quiero que me la dé usted misma, en persona, con él al lado.

La mujer se quedó muy quieta. Se tapó la boca con la mano y rompió a llorar, sin ruido, de pie bajo la lluvia.

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La sala número uno tenía capacidad para trescientas personas y esa mañana había más de quinientas. Los pasillos laterales estaban abarrotados, y los guardias de seguridad habían renunciado a hacer cumplir el aforo. Sobre el estrado, bajo un crucifijo de madera oscura y un escudo de la ciudad, se alzaban tres sillones de cuero para los magistrados. A la derecha, la mesa de la Fiscalía, con carpetas azules apiladas. A la izquierda, los bancos de los acusados.

Allí estaban todos.

Helena, con un traje gris perla y el pelo recogido, sentada con la espalda muy recta, sin mirar a nadie. Ricardo, a su lado, con un jersey de lana y las manos entrelazadas sobre las rodillas. Clara Montenegro, en silla de ruedas, con la muñeca esposada a un brazo de la silla. Dolores Quirós, pequeña y gris, con el maletín de cuero sobre las piernas. El doctor Eusebio Quiroga, con la cabeza gacha, flanqueado por un abogado de oficio. Y al fondo, en un banco aparte, con un suero colgando de un soporte y una manta sobre las piernas, la silla de ruedas vacía que habían reservado para Amanda.

Estaba vacía porque la doctora Peña se había mantenido firme hasta las nueve menos cinco.

Amely ocupó su asiento en la primera fila de la acusación particular, junto a Julián y la fiscal, una mujer enjuta de unos cincuenta años llamada Almudena Reyes. Sofía se sentó detrás, con el rosario de Odette entre los dedos. Adriano, a su derecha, mantenía los codos sobre las rodillas y la mirada baja. A su otro lado, en pie junto a una columna, Beatriz Ferrer vigilaba la sala con una expresión de granito.

—Todos en pie —dijo el alguacil.

Entró el tribunal. Tres jueces: dos hombres de mediana edad y, presidiendo, una mujer de cabello cano y gafas ovaladas a la que Amely reconoció de inmediato.

Era la magistrada Ibáñez.

—Ha pedido presidir —le susurró Julián—. Después de todo lo que pasó, nadie se atrevió a negárselo.

—Se abre la sesión —dijo Ibáñez, golpeando con el mazo—. Que se proceda a la lectura de cargos.

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Los cargos duraron cuarenta minutos.

La fiscal Reyes los leyó con una voz seca y metódica, sin adornos, de pie ante el estrado. Falsedad documental. Detención ilegal. Coacciones. Lesiones graves. Intento de incendio. Sustitución de menores. Experimentación sin consentimiento. Y la acusación más pesada, que levantó un murmullo en las gradas: asociación ilícita durante veintidós años, con cuarenta y tres víctimas identificadas y cientos por investigar.




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