El marido de mi hermana.

Capítulo 29/2: La noche antes de la sentencia

El calabozo de la Audiencia olía a desinfectante y a café recalentado.

Eran las nueve y media de la noche cuando un funcionario de rostro cansado abrió la puerta de la sala de visitas y dejó pasar a Amely. La magistrada Ibáñez había firmado el permiso a las ocho y diez, con la condición de que fuera breve y de que un agente permaneciera al otro lado del cristal. No había protestado nadie. Después de lo que había pasado ese día en la sala número uno, nadie parecía tener fuerzas para protestar.

Ricardo Amersfoort estaba sentado a una mesa de formica, con las manos esposadas por delante y el jersey de lana arrugado. Parecía haber envejecido diez años en una semana. Cuando la vio entrar, intentó ponerse en pie y las esposas tintinearon contra el borde de la mesa.

—No te levantes —dijo ella.

—Perdona. Es la costumbre.

—Lo sé.

Se sentó frente a él. Entre los dos había un tablero de formica rayado por años de nombres, fechas y declaraciones de amor escritas con una uña. Amely dejó sobre él un sobre de papel manila.

—Ha llegado el resultado.

Ricardo no lo tocó. Miró el sobre como quien mira un animal dormido.

—Léemelo tú.

—*Probabilidad de paternidad: 99,9998 %.* —Amely lo dijo despacio, sin alzar la voz—. Eres mi padre, Ricardo. Biológicamente. No hay duda.

Él cerró los ojos. Respiró hondo, y en ese gesto Amely creyó ver algo que no esperaba: no era alivio, ni tampoco pena. Era el cansancio de quien por fin deja de fingir una ignorancia que nunca tuvo.

—Lo sabía —murmuró—. Desde que nací yo mismo, supongo. Desde que vi a Sofía en aquella cocina, con diecinueve años y una taza de té en las manos.

—No me hables de eso.

—Es lo único que puedo contarte.

—Pues cuéntamelo de otra manera.

Ricardo levantó la mirada. Tenía los ojos enrojecidos y las ojeras tan hondas que parecían heridas.

—¿Cómo?

—Dime qué sentiste cuando me tuviste en brazos.

El silencio fue tan largo que el agente, al otro lado del cristal, se volvió a mirar.

—No me dejaron tenerte —dijo Ricardo—. Helena lo organizó todo para que no hubiera contacto. Te llevaron a una incubadora y a mí a un pasillo con una taza de café. Pero una enfermera, al cabo de dos horas, se compadeció de mí y me dejó asomarme a una ventanilla.

—¿Y?

—Tenías los puños cerrados. Dormías con el ceño fruncido. —Sonrió, con una tristeza infinita—. Pensé: *esa niña va a pelear toda su vida.* Y me dio un miedo horrible, porque supe que yo no iba a estar a su lado cuando lo hiciera.

Amely tragó saliva.

—Tenías razón.

—Casi siempre la tengo en lo que no sirve.

Ella soltó una risa breve, involuntaria, y se tapó la boca con la mano. Ricardo la miró con una ternura que le dolió.

—Esa risa —murmuró—. La heredaste de tu madre.

—Me lo han dicho mucho.

—Es lo más bonito de ella.

—No me hables de mi madre como si fuera tuya.

—Tienes razón. —Bajó la cabeza—. Perdona.

Se quedaron un momento callados. Del pasillo llegaba el murmullo de una radio, una voz monótona que repetía un parte meteorológico. Amely respiró hondo y sacó del bolsillo de su abrigo una pequeña caja de cartón, del tamaño de una caja de cerillas. La puso sobre la mesa y la empujó con un dedo.

—Alba me pidió que te la diera.

—¿Qué es?

—Ábrela.

Ricardo tardó un momento. Con las esposas, le costó levantar la tapa. Dentro, sobre una hojita de papel de seda, había un caramelo de menta envuelto en celofán.

Se quedó mirándolo.

—Me lo pidió ella —dijo Amely—. El día del faro. Dijo que si volvías, te traería uno. Pero no volviste, y se acordaba.

—Es una niña con memoria.

—Es una niña que cumple lo que promete. —Hizo una pausa—. Es lo único de esta familia que me parece nuevo.

Ricardo cerró la mano sobre el caramelo con tanta fuerza que se oyó crujir el celofán. Una lágrima le cayó sobre el dorso de la mano, y otra, y otra, sin ruido, sin sollozos, mientras el agente fingía mirar un papel.

—Gracias —dijo, al fin—. No me lo merezco.

—Es lo que dicen todos en esta historia.

—Quizá porque es verdad.

—O porque queremos que alguien nos contradiga.

Amely se levantó. Le puso una mano en el hombro, un gesto breve, casi torpe, el de alguien que no sabe cómo se toca a un padre pero lo intenta. Ricardo se quedó inmóvil.

—Mañana, cuando lean la sentencia, voy a estar en la sala —dijo—. Mirándote.

—No tienes por qué.

—Quiero. —Lo soltó—. No te perdono todavía. Pero tampoco quiero que lo oigas solo.

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Helena la esperaba en otra sala, un piso más abajo.

Era una celda individual de paredes blancas, con una cama estrecha, una mesa plegable y una ventana alta, enrejada, por la que apenas entraba el resplandor de una farola. Estaba sentada en el borde del catre, con las manos sobre las rodillas y la espalda recta. Se había quitado el traje gris perla y llevaba el uniforme de lana azul de la prisión, una prenda áspera que le quedaba grande.

Cuando Amely cruzó el umbral, Helena alzó la vista y sonrió. Fue una sonrisa pequeña, de las que no piden nada.

—Qué sorpresa.

—Quería verte antes de mañana.

—No me debes nada.

—No es una deuda. —Se sentó en la única silla, frente a ella—. Es otra cosa.

Helena esperó. Tenía las manos tan quietas que parecían de cera.

—Esta tarde, en el estrado, dije que no voy a omitir lo bueno que hizo Amanda. Y dije que tampoco voy a omitir lo malo. —Amely respiró hondo—. Con ti, mamá, me pasa lo mismo.

Helena se quedó helada. Era la primera vez en toda la semana que oía esa palabra de labios de su hija sin que fuera un reproche.

—No tienes por qué...

—Déjame terminar. —Tomó aire—. Hiciste cosas terribles. Me borraste los recuerdos. Me quitaste a mi hija. Hiciste lo mismo con otras cuarenta y dos mujeres. No hay manera de decirlo que lo suavice.

—Lo sé.




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