"En esta familia, todos escondían algo. Pero el peor secreto era el que se hizo por amor."
Seis años después
Amanda salió de la cárcel un martes de abril, a las nueve de la mañana, con una bolsa de lona en la mano y un abrigo que le quedaba algo grande.
No esperaba a nadie. Había pedido que no fueran, que el trámite era un papel firmado, una puerta que se abría y un autobús de línea. Pero al cruzar el portón de hierro se detuvo en seco. Al otro lado de la carretera, apoyados en un coche viejo, había dos personas con un cartel torcido que decía *BIENVENIDA, SEÑORITA BUENA*.
Una de ellas tenía diez años, las cejas fruncidas y un conejo de peluche gastadísimo bajo el brazo. La otra, once, un jersey azul y cara de haber sido arrastrado hasta allí con protestas.
—Llegas tarde —dijo Alba.
—Me han hecho firmar tres veces.
—Eso es una excusa.
—Es la burocracia.
—Es una excusa con otro nombre. —La niña cruzó la carretera con paso de juez y se plantó delante de ella—. Mamá dice que cuando uno llega tarde tiene que traer algo.
Amanda abrió la bolsa. Sacó un paquete de papel de estraza atado con cordel. Dentro había un libro pequeño de tapas de tela azul, cosido a mano, con las costuras algo torcidas.
—Lo hice yo —dijo—. En el taller. Se me ha tardado seis años.
Alba lo examinó por todos lados, con la lengua entre los dientes. Lo abrió por una página al azar. Estaba en blanco.
—No tiene nada escrito.
—Es para que lo escribas tú.
—¿Qué?
—Lo que quieras. Lo que no sepas a quién contarle.
La niña lo pensó. Después, con una gravedad que le recordó de golpe a otra niña de cuatro años en un descansillo de piedra, asintió.
—Vale. Pero me lo tienes que arreglar si se rompe.
—Lo prometo.
—Con el meñique.
Amanda entrelazó su dedo con el de ella. Mateo, detrás, soltó un suspiro de hombre abrumado y se acercó con las manos en los bolsillos.
—Hola, tía Mandi.
—Hola, Mateo.
—Yo no tengo cartel.
—No hace falta.
—Pero te he traído una cosa. —Sacó del bolsillo una piedra lisa, de río, del tamaño de un huevo—. Es para pisar papeles. Los de tu mesa se vuelan.
Amanda tomó la piedra con las dos manos. Le tembló la voz al contestar.
—Es la mejor cosa que me han regalado nunca.
—Es una piedra.
—Por eso.
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El taller de la calle de los Olmos olía igual que seis años antes, a cola de conejo, a papel viejo y a madera de nogal.
Pero ya no estaba vacío. Había doce personas trabajando en las mesas largas, con delantales verdes y lupas articuladas, cosiendo, encolando, planchando hojas con plegaderas de hueso. En las paredes, donde antes colgaba un solo delantal con las iniciales *A.A.*, ahora había cuarenta y tres fotografías enmarcadas. Cada una mostraba a una madre y a un hijo, juntos, mirando a cámara con distintas expresiones de torpeza y alegría.
Amanda se detuvo ante ellas con la bolsa aún en la mano.
—Es el muro —dijo Irene, que había salido a recibirla con las manos manchadas de tinta—. Lo empezamos el primer año. Cada vez que terminábamos una visita, la familia nos mandaba una foto.
—Hay cuarenta y tres.
—Cuarenta y uno de madres con hijos. Dos de hermanos que se encontraron sin sus padres. —Sonrió—. Faltan los huecos de los que no quisieron.
—Lo sé.
—Hubo tres que sí vuelven. Pasaron meses, pero volvieron.
Amanda se acercó a una fotografía en blanco y negro. Una mujer menuda, de abrigo azul desteñido, abrazaba a un hombre de ojos verdes que le llegaba al hombro. Los dos reían con la boca abierta.
—Andrés —dijo.
—Y su madre. Se mudaron a vivir juntos hace cuatro años.
—Me alegro tanto.
—Sé que sí. —Irene le puso una mano en el brazo—. Ven. Hay una cosa que tienes que ver.
La condujo hasta un rincón del taller, junto a la prensa de tornillo. Allí, sobre una mesa pequeña, con una lupa articulada y un banco bajo, alguien había colocado una silla de madera clara y un delantal verde con las iniciales bordadas en el bolsillo.
*A.A.*
Pero no eran las de Amely. Eran otras iniciales más pequeñas, de puntada más torpe, cosidas con un hilo rojo que alguien había tenido que descoser y volver a coser varias veces.
*A.A.M.*
—Amanda Amersfoort Marín —leyó, con la voz rota.
—Lo bordó Casilda. —Irene sonrió—. Dijo que a su edad no iba a perder el tiempo con malas costuras. Se tardó un mes.
Amanda se llevó una mano a la boca. No dijo nada. Se acercó a la mesa, pasó los dedos por el delantal y se sentó despacio en la silla. Desde allí, por una ventana pequeña a ras de calle, entraba un rayo de sol dorado.
Se quedó así mucho rato, con las manos sobre el regazo, mirando cómo la luz cambiaba de sitio sobre la madera.
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La boda se celebró el sábado siguiente, al atardecer, en lo alto del acantilado de Vallmar.
Había tardado seis años en llegar. Primero fue la anulación de Adriano, que se resolvió en tres semanas y dejó un rastro de papeles que Julián llevaba aún en un archivador rojo. Después llegaron las cuarenta y tres visitas, el taller, los juicios que se abrían y cerraban como cajones, un traslado de domicilio, un cumpleaños de Alba, una operación de Amanda. Siempre había algo. Y cada vez que alguien le preguntaba a Adriano cuándo pensaba casarse, él respondía con la misma sonrisa: «Cuando ella quiera».
Amely quiso un sábado de abril, sin prisas, con la luz del faro encendida antes de que se hiciera de noche.
El faro de Vallmar se alzaba blanco y esbelto sobre el cabo. Alguien había colgado guirnaldas de flores silvestres en la barandilla de la galería, y una alfombra de pétalos blancos cubría el sendero de tierra hasta la puerta azul. En el prado, entre pinos, había treinta mesas largas con manteles de lino y platos de más. Sobre cada una, un jarrón con rosas blancas.