El Match equivocado

Capítulo 32 — La distancia exacta

Valentina no supo en qué momento el desayuno dejó de ser solo desayuno.

Tal vez fue cuando Mateo le alcanzó el plato y sus dedos se rozaron apenas, lo suficiente para que la piel reaccionara antes que la razón. O cuando él se apoyó en la encimera, demasiado cerca, mientras hablaban de cosas pequeñas —el clima, el tráfico, una receta improvisada— como si el mundo no estuviera esperando que cometieran algún error.

—Te estás quedando callada otra vez —observó él, sin reproche.

—Estoy pensando —respondió ella—. Eso suele ser peligroso.

Mateo sonrió de lado.

—Empiezo a notar un patrón.

Valentina bajó la mirada al café. Había algo distinto en la mañana. No era solo la amenaza latente de Claudia ni el mensaje imposible. Era… la calma previa. Ese momento frágil que solo existe antes de que todo cambie.

—¿Siempre eres así? —preguntó de pronto—. ¿Tan… contenido?

Él arqueó una ceja.

—Depende de la situación.

—No —insistió ella—. Contenido conmigo.

Mateo no respondió enseguida. Dio un paso más cerca, apoyando ambas manos en la barra, encerrándola sin tocarla. La distancia entre ellos se volvió precisa, estudiada, peligrosamente corta.

—Porque contigo —dijo al fin—, si doy un paso mal calculado, no hay vuelta atrás.

El corazón de Valentina se aceleró. No por miedo. Por reconocimiento.

—¿Y eso te detiene? —susurró.

—Me obliga a elegir —corrigió él.

El silencio cayó otra vez, pero esta vez fue distinto. Cargado. Vivo.

Valentina fue consciente de cada detalle: la forma en que Mateo respiraba, la línea de su mandíbula, el leve cansancio en sus ojos. Pensó que nadie la había mirado así antes, como si no fuera un problema a resolver, sino una decisión que merecía cuidado.

—Si sigo mirándote —dijo él de pronto, con voz baja—, voy a romper una de mis propias reglas.

—¿Y si yo quiero que la rompas? —preguntó ella, sorprendida de sí misma.

Mateo cerró los ojos un segundo. Solo uno. Como quien se da permiso para caer. Cuando los abrió, ya no había vuelta atrás.

Se inclinó despacio, lo suficiente para que Valentina pudiera detenerlo si quisiera. No lo hizo. El beso no llegó a sus labios, sino a la comisura, suave, contenido, devastador. Un gesto mínimo… que lo cambió todo.

—Eso —murmuró él, apoyando la frente contra la suya— no era parte del plan.

—Nunca lo mejor es —respondió ella, sin aliento.

El teléfono vibró de nuevo. Esta vez ambos lo ignoraron durante un segundo más de lo prudente.

—Tenemos que movernos —dijo Mateo finalmente—. Antes de que Claudia vuelva a escribir el guion.

Valentina asintió, aunque una parte de ella quería quedarse allí, suspendida en ese instante.

—Entonces hagámoslo bien —dijo—. Sin esconderme. Sin retroceder.

Mateo tomó su abrigo; luego se detuvo frente a ella.

—Valentina… a partir de ahora, no voy a soltarte cuando las cosas se pongan feas.

Ella lo miró, directa.

—No te lo pedí.

—Lo sé —respondió—. Por eso te lo prometo.

Cuando salieron del departamento, la ciudad ya estaba despierta. Y por primera vez desde que todo comenzó, Valentina no sintió que caminaba hacia una trampa.

Si hacía algo inevitable. A varias calles de allí, Claudia sonrió frente a su pantalla.
No porque hubiera ganado… Sino porque el juego acababa de volverse interesante.




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