Valentina estaba dormida cuando volvió. No como un recuerdo ordenado, sino como siempre lo hacía: en fragmentos.
La luz blanca, el olor a desinfectante. Una pregunta repetida demasiadas veces.
—¿Está segura de la fecha?
—¿Consumió algo esa noche?
—¿Medicamentos, alcohol, suplementos?
La cama se sentía fría, incluso en el sueño. Sus piernas pesaban. El cuerpo no respondía como debía.
—Yo… —intentaba decir—. Yo estaba bien.
Pero su voz no salía.
El monitor emitía un pitido constante, impersonal, cruelmente tranquilo. Alguien más hablaba. Un médico. Dos. Tres. Todos con el ceño fruncido, como si su dolor fuera un rompecabezas mal armado.
—No es habitual —decía uno.
—No encaja —respondía otro.
Y ella quería gritarles que no era un caso, que era una mujer que había amado, que había esperado, que había imaginado una cuna junto a la ventana.
Entonces aparecía él… Diego, el nombre de su pasado tatuado en sangre en su alma.
De pie, al fondo de la habitación, con las manos en los bolsillos, evitando mirarla a los ojos. No lloraba. No preguntaba nada. No discutía con nadie.
—¿Puedes firmar aquí? —le decía una enfermera.
Él firmaba, y se iba dejándola sola.
El dolor llegaba después. Siempre posteriormente. Como si el cuerpo hubiera decidido protegerla primero… y castigarla más tarde.
Valentina se revolvió en la cama, jadeando.
—No… —murmuró—. No, por favor…
Despertó con un sobresalto, empapada en sudor, el corazón golpeándole las costillas como si quisiera escapar. Tardó un segundo en reconocer el cuarto. Otro en recordar dónde estaba.
Y entonces lo sintió. Un peso cálido a su lado. Una mano, firme pero cuidadosa, apoyada en su espalda baja. No la sujetaba. No la despertaba del todo.
Mateo.
—Estás aquí —susurró ella, con la voz rota.
—Sí —respondió él, sin abrir los ojos del todo—. Estoy aquí.
Valentina se encogió, como si el cuerpo buscara refugio antes que permiso. Mateo reaccionó de inmediato, envolviéndola despacio, sin preguntas, sin invadir.
Ella respiró contra su pecho. El latido de él era constante. Real. Vivo.
—Lo siento —dijo de pronto, sin saber por qué—. Lo siento mucho.
Mateo no respondió con palabras. Solo apoyó el mentón sobre su cabeza, anclándola al presente.
Las imágenes seguían ahí, difusas: La sangre, el silencio posterior y el médico bajando la voz.
—Hubo complicaciones —le habían dicho—. El daño fue severo.
Y luego, la frase que nunca logró repetir sin romperse por dentro.
No podrá volver a concebir.
El cuerpo incapacitado. No solo físicamente. También por dentro. Como si algo esencial se hubiera apagado.
Valentina tragó saliva.
—Mateo… —dijo, apenas audible.
—No tienes que decir nada ahora —murmuró él, como si supiera—. Tu respiración ya me está diciendo bastante.
Ella cerró los ojos con fuerza. Porque si hablaba, el nombre saldría. Y Diego era una palabra que aún le sangraba en la boca.
No sabía todavía la verdad. No sabía del vaso alterado. De la sustancia. De la traición premeditada. Eso vendría después, como todas las revelaciones que destruyen retrospectivamente el pasado.
Lo único que sabía ahora era esto: Que se sentía rota, que se sentía sucia, y que Mateo… era demasiado bueno para cargar con eso.
Pensó en su cultura. En lo que había escuchado decirle alguna vez, casi al pasar. En ese sueño tan simple y tan grande: ser padre.
El pensamiento la atravesó como un cuchillo lento. Se apartó un poco.
—Perdón —dijo—. Te desperté.
Mateo la miró por fin. Sus ojos estaban atentos, no alarmados.
—No me despertaste —corrigió—. Te encontré.
Ella sostuvo su mirada solo un segundo antes de bajar la vista.
—Hay cosas… —empezó, y se detuvo—. Hay partes de mí que no son fáciles.
Mateo llevó una mano a su mejilla, deteniéndola antes de que siguiera, obligándola a mirarlo sin forzarla.
—Valentina —dijo con suavidad—. No estoy aquí por las partes fáciles.
Ella sintió que algo se le aflojaba en el pecho. No se rompió. Aún no. Pero cedió.
Apoyó la frente en su clavícula, dejando que el silencio hiciera el resto. Afuera, la noche seguía intacta, y adentro, algo había cambiado. No porque la herida se hubiera cerrado. Sino porque, por primera vez, no estaba sola en ella.
Valentina lo contempló en silencio: el ángulo perfecto de su rostro, la calma con la que respiraba, la forma en que incluso dormido parecía pertenecer a un mundo más limpio que el suyo, y lo odió.
Odiaba haber descargado esa app, odiaba ese gesto impulsivo, esa noche cualquiera que la llevó hasta él. Porque, de no haberlo hecho, Mateo estaría a salvo. A salvo de la oscuridad que envolvía su vida, de las decisiones rotas, de un pasado que aún sangraba cuando menos lo esperaba.
Un nudo espeso se le formó en la garganta.
—Es hora de alejarme —pensó. —No puedo hacerle esto. Debo irme lejos y empezar de cero.
La idea la golpeó con una certeza brutal.
—No puedo condenarlo a no tener hijos.
El pecho le ardió. Se giró apenas, cuidando no despertarlo, y en ese movimiento pensó en Laura. En su amiga. En la única persona a la que podía acudir sin explicaciones largas, sin miradas de lástima.
Valentina tomó aire. Esperaría un momento de descuido, uno solo. Para escribirle… sin que Mateo lo notara.
Y entonces, desaparecer.