Valentina no se movió de inmediato. Permaneció quieta, observando el ascenso y descenso del pecho de Mateo, como si memorizar ese ritmo pudiera servirle más tarde. Había aprendido que el cuerpo guarda lo que la mente se niega a aceptar, y el suyo ya había empezado a despedirse.
La decisión estaba tomada. Lo que no sabía era cómo sobrevivir al acto de irse.
Observó la noche y se deslizó con cuidado fuera de la cama, procurando no rozarlo. Cada movimiento era una pequeña traición. El suelo estaba frío, demasiado real para la hora. Caminó hasta la ventana y apoyó la frente contra el vidrio.
—Empezar de cero—, se repitió.
La frase sonaba limpia. Casi prometedora, pero su cuerpo no reaccionó como alguien que va a salvarse, sino como alguien que va a amputarse.
Pensó en una maleta. No la física —esa podía improvisarse—, sino la otra: la que se llena de recuerdos que uno decide dejar atrás sin saber si sobrevivirán al viaje.
Respiró hondo y sacó el teléfono. La pantalla iluminó el cuarto con una luz indiscreta. Dudó un segundo antes de escribir. Luego, como quien se lanza al agua sin comprobar la profundidad, tecleó:
Laura… ¿Puedo llamarte más tarde? Necesito verte. No preguntes.
El mensaje quedó ahí, no lo envió… Todavía no. Guardó el teléfono cuando sintió movimiento detrás de ella.
Mateo se había incorporado apenas, apoyado en un codo, observándola sin decir nada. No parecía sorprendido. Tampoco dormido del todo.
—¿Te vas? —preguntó con voz baja, sin reproche.
Valentina se quedó inmóvil. No se giró enseguida. Si lo hacía, sabía que la decisión se le desmoronaría en la boca.
—No —respondió—. Solo… necesitaba aire.
Mateo asintió despacio, como si esa respuesta confirmara algo que llevaba tiempo sospechando.
—Tu respiración cambia cuando piensas en irte —dijo—. Se vuelve más corta. Más contenida.
Ella cerró los ojos.
—No deberías saber eso.
—No debería —concedió—. Pero lo sé.
Mateo se levantó de la cama y se acercó sin prisa. No intentó tocarla. Se colocó a su lado, mirando la ciudad que empezaba a encenderse.
—Hay personas que hacen maletas con las manos —continuó—. Y otras que las hacen por dentro mucho antes.
Valentina tragó saliva.
—No todo el mundo se queda —murmuró.
Mateo la miró entonces. De verdad.
—No todo el mundo huye por las razones correctas —respondió—. Pero tú no estás huyendo por cobardía.
Ella apretó los dedos contra el vidrio.
—No sabes eso.
—Lo sé —dijo— porque te estás rompiendo mientras piensas en hacerlo.
El silencio se tensó entre ellos; no era cómodo. Era honesto.
—Valentina —añadió él—. Si hay algo que no puedes decirme todavía, lo respeto. Pero no te vayas creyendo que me estás protegiendo.
Ella negó con la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada.
—Hay cosas que no se reparan con respeto —susurró—. Hay pérdidas que no se negocian.
Mateo no insistió. Y ese fue el golpe más duro.
—Está bien —dijo al cabo—. No te voy a retener.
La palabra retener le dolió más de lo que esperaba.
—Pero sí voy a decirte algo —añadió—. Si te vas, que no sea porque crees que no mereces quedarte.
El aire empezó a faltarle. Se apartó un poco, buscando espacio para respirar, para pensar. El teléfono vibró en su mano, como si supiera que era ahora o nunca.
Un mensaje nuevo.
Estoy despierta. Lo que necesites —era Laura.
Valentina cerró los ojos; Laura era su ancla. La única persona que conocía su versión rota y aun así la llamaba entera.
Escribió rápido, sin pensarlo demasiado.
Necesito irme. Creo que estoy a punto de arruinar algo bueno.
No envió nada más. No hacía falta.
Guardó el teléfono y se giró hacia Mateo. Lo miró con una mezcla de ternura y culpa que le quemó el pecho. Pensó en lo absurdo de todo: en una aplicación descargada sin fe, en una coincidencia que había terminado por importarle demasiado. Un nudo áspero se le formó en la garganta.
—Es hora de alejarme —pensó. —No puedo hacerle esto… no puedo condenarlo a un futuro incompleto.
Bajó la mirada, escondiendo lo que se le acumulaba en los ojos. Pensó otra vez en Laura. En la huida. En el silencio que tendría que aprender a soportar.
El miedo de girarse y enfrentarlo de nuevo era atroz. Sabía que su entereza y su valentía flaquearían. Tantas noches soñándolo, tantas noches imaginándose a salvo en sus brazos… y ahora que lo tenía tan cerca, la pared que ella misma había levantado por no sentirse merecedora la quemaba por dentro.
El roce de los dedos de Mateo sobre su brazo la sacó del trance. La claridad que se colaba por la rendija de la ventana chocó con sus ojos oscuros cuando él la tomó suavemente por la barbilla.
—Por favor, mírame.
Valentina dejó escapar un suspiro leve y abrió lentamente los ojos, perdiéndose en la intimidad de aquella mirada.
—Tengo miedo, Mateo —confesó—. Miedo de estirar la mano hacia alguien que quizá mañana ya no pueda ver.
Mateo tomó su mano y la colocó sobre su pecho.
—Siente mi corazón —dijo—. Esto es real. No dejes que tu mente te convierta en su peor enemiga. Toma mi mano, Valentina… y descubramos juntos dónde despertamos mañana.
Besó su frente con una ternura que desarmó cualquier defensa.
—Los mejores planes —añadió en un murmullo— a veces son solo una aventura que se atreve a existir. Y yo ya estoy condenado. Cupido reclama su flecha… y no pienso devolvérsela.
Las palabras la desarmaron. Por un instante, los pensamientos se disiparon, hundiéndose en ese momento perfecto.
Mateo la tomó por la cintura y comenzó a moverse con ella, lento, casi como un baile improvisado bajo el candelabro de la habitación.
—No hay razón para esconder lo que sentimos —susurró contra su oído.
Valentina se estremeció.
Mateo cerró la puerta sin decir palabra, sellando el mundo afuera. Luego volvió a acercarse, dejando apenas el espacio necesario para mirarla a los ojos.