El Match equivocado

Capítulo 35 — Intentarlo

Valentina salió del edificio sin mirar atrás. No esperó a que los escoltas de Mateo retomaran su puesto ni a que el ascensor volviera a marcar piso. Aprovechó el breve vacío, el instante en que la vigilancia se relajaba, y cruzó el umbral como quien sabe que cada segundo cuenta. Ignoró el pinchazo de alerta que le recorrió la espalda. Ignoró el peligro.

El aire de la mañana la golpeó con una crudeza que agradeció. Necesitaba ese frío, esa realidad inmediata que le recordara que estaba haciendo lo correcto. Caminó rápido, bajando la cabeza, mezclándose con la gente, consciente de que esas calles no perdonaban a quien caminaba distraído… y aun así siguió.

—No mires atrás… No ahora —se repitió una y otra vez, tratando de calmar sus nervios.

El teléfono vibró en su mano, pero no lo sacó. Sabía de quién era, pero sobre todo sabía lo que diría Laura.

Respira. Estoy contigo.

Si se detenía, si aflojaba un segundo, todo se vendría abajo. Pidió un auto en la esquina.
Destino: cualquiera que no fuera él.

—Soy una cobarde… lo sé, pero esto es demasiado para mí —hablaba consigo mismo, sintiendo cómo se quebraba. Cerró los ojos conteniendo el dolor en su interior, pensando en todas las áreas de su vida, y le dolió más descubrir que cada escenario de su existencia no había sido sencillo; cada uno había requerido batallas, y estaba agotada… Muy agotada de seguir enfrentando pruebas que le dejaban cicatrices por doquier. Una lágrima quiso derramarse; con mucho esfuerzo, Valentina la controló.

Mientras esperaba, apoyó la espalda contra una pared y cerró los ojos. La imagen de la noche anterior regresó sin pedir permiso: las manos de Mateo, la forma en que la había mirado como si quedarse fuera una posibilidad real. Sintió un nudo en el pecho y lo empujó hacia abajo con rabia. Por primera vez, alguien quiso contenerla de verdad. Alguien la abrazó y la eligió como deseo, como había anhelado desde niña: que su propio padre la hubiera escogido a ella, que no hubiera abandonado a su madre… ni a ella con ella.

Esto no es valentía… Es supervivencia.

Una sombra cruzó la acera y Valentina abrió los ojos de golpe. Por un instante creyó ver una silueta detenida al otro lado de la calle, observándola con demasiada atención. Claudia, pensó, sin saber por qué. La idea fue absurda… y, aun así, le erizó la piel.

El auto se detuvo frente a ella. Valentina abrió la puerta trasera y se sentó, dando una dirección al azar. Cuando el vehículo arrancó, algo dentro de ella se tensó, como si el cuerpo supiera antes que la mente que aquello no iba a ser tan sencillo.

Avanzaron apenas unas cuadras cuando el tráfico se volvió lento, espeso, insoportable. Valentina miró el reloj. El pulso se le aceleró.

—¿Pasa algo? —preguntó al conductor.

—Accidente más adelante —respondió—. No nos moveremos en un rato.

El pecho se le cerró. Respiró hondo.

—Está bien —se dijo. —Es solo un retraso.

Entonces el teléfono vibró otra vez. Esta vez no pudo ignorarlo.

—¿Ya vienes en camino? ¿Qué sucede, Valentina? —Estoy preocupada —era Laura.

Valentina escribió con rapidez.

—Estoy intentando irme, pero algo no me deja… Ahorita no hagas preguntas; ya te explicaré todo cuando estemos de frente… Dejaré mi GPS encendido para que sepas mi ubicación.

No alcanzó a enviar el mensaje.

El auto frenó por completo. Valentina levantó la vista, inquieta, y fue entonces cuando lo sintió. No lo vio primero, lo sintió, esa certeza inexplicable de ser observada.

Giró la cabeza hacia la acera… y el mundo volvió a detenerse… Mateo estaba allí.

No corría, no gritaba y no parecía desesperado. Solo la miraba, con esa calma peligrosa de quien ya ha tomado una decisión. El aire se le escapó de los pulmones.

No… No ahora —pensó.

Mateo se acercó al auto y tocó suavemente el vidrio. Valentina no se movió, no podía. El conductor bajó la ventana, confuso.

—¿La conoce? —preguntó.

—Sí —respondió Mateo, sin apartar la mirada de ella—. Mucho.

Valentina negó apenas con la cabeza, en un gesto mínimo, casi suplicante. Mateo lo vio. Y no retrocedió.

—Bájate, Valentina —dijo—. Solo un minuto.

—No —susurró ella, pero el sonido se perdió en su garganta.

Mateo no alzó la voz. No la presionó. Eso fue lo que más la desarmó.

—No voy a obligarte a quedarte —añadió—. Pero no te vas a ir así.

El corazón le golpeaba con violencia. Pensó en esas calles. En la silueta que creyó ver. En lo fácil que sería desaparecer… o ser encontrada por quien no debía.

—Mateo, por favor… —logró decir—. No hagas esto más difícil.

—No lo estoy haciendo más difícil —respondió—. Lo estás haciendo sola.

El silencio entre ellos era denso, insoportable. Valentina apretó los dedos contra el asiento. Sabía que si bajaba, todo cambiaría. Y sabía, con la misma claridad dolorosa, que si no lo hacía, algo dentro de ella se rompería para siempre.

Cerró los ojos. La huida había fallado, y no porque no quisiera irse. Sino porque, por primera vez, alguien había decidido no mirar hacia otro lado… en un lugar donde mirar hacia otro lado podía costarle la vida.




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