Valentina bajó del auto sin mirarlo.
El asfalto estaba frío bajo sus pies, real, demasiado real. Cerró la puerta con cuidado, como si ese gesto pudiera amortiguar el ruido que llevaba dentro. El conductor arrancó sin hacer preguntas, dejándolos solos en una acera que de pronto pareció demasiado expuesta.
Mateo no dijo nada, simplemente esperó. Ese silencio fue lo que terminó de quebrarla.
—No tenías derecho —dijo ella al fin, sin alzar la voz—. No así.
Mateo dio un paso atrás, concediéndole espacio, pero no distancia.
—Lo sé —respondió—. Por eso no te toqué, por eso no te detuve. Sin embargo, tampoco podía dejarte ir de esa manera, no después de lo que vivimos anoche.
Valentina lo miró por primera vez. Tenía los ojos brillantes, pero no lloraba. Nunca lo hacía cuando más lo necesitaba.
—Entonces déjame ir —pidió—. Ya lo intenté, ya fallé… Por favor, no lo hagas peor.
Mateo respiró hondo. Se pasó una mano por el cabello, un gesto contenido, como si estuviera midiendo cada palabra.
—No voy a retenerte —dijo—. Pero tampoco voy a fingir que no vi el peligro.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué peligro?
—Ese —respondió, señalando la calle—. Saliste sola, sin escoltas. Sin mirar quién podía estar esperando. Como si no te importara qué te pasara con tal de irte.
Valentina sintió el golpe en el pecho.
—No es eso…
—Sí lo es —la interrumpió, con suavidad—. Es exactamente eso. No te importa lo suficiente tu propia seguridad cuando decides huir.
El reproche no era acusación, era preocupación. Y eso dolía más. Valentina giró el rostro, tragándose la respuesta que ardía por salir.
—No entiendes —susurró—. Hay cosas que cargo desde antes de conocerte. Cosas que no se arreglan quedándose.
Mateo dio un paso más, sin invadirla, pero lo bastante cerca como para que ella sintiera su presencia.
—Entonces dime una sola cosa —pidió—. Solo una.
—¿Cuál?
—¿Te vas porque no quieres quedarte… o porque tienes miedo de hacerlo?
Valentina cerró los ojos. El silencio volvió a tensarse entre ellos.
—Tengo miedo —admitió al fin—. De quedarme, de confiar. Que vuelva a pasar… Estoy cansada de luchar por todo en la vida.
Mateo no preguntó qué; eso también fue un acto de respeto.
—Está bien —dijo—. El miedo no te hace débil.
Levantó la mano, despacio, como preguntando permiso. Valentina no se apartó. Sus dedos rozaron apenas su muñeca, un contacto mínimo, pero suficiente para anclarla.
—Pero esto sí te pone en peligro —añadió—. Y no voy a permitir que te expongas así. No hoy.
—¿Eso significa que no me dejarás ir? —preguntó ella, con un hilo de voz.
Mateo la sostuvo con la mirada, serio, firme.
—Significa que no te irás sola —respondió—. Tampoco rota, ni asustada.
—Mateo…
—Y significa —continuó— que si decides irte, lo harás de frente. No huyendo. No poniéndote en riesgo.
Valentina sintió cómo algo cedía dentro de ella. No del todo. Lo justo para respirar.
—Necesito un lugar donde pensar —dijo.
Mateo asintió de inmediato.
—Lo tienes.
Hizo una señal discreta y, como si hubieran estado esperando en la sombra, los escoltas reaparecieron al final de la calle. Valentina los vio y comprendió lo que había ignorado minutos antes.
Mateo se giró hacia ella una última vez.
—Ven —dijo—. Solo para estar a salvo. Nada más.
Valentina dudó un segundo. Luego asintió, no porque hubiera cambiado de idea. Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien no la estaba obligando a elegir entre huir o quedarse.
La estaba obligando a vivir el momento sin desaparecer. Y eso, descubrió, también daba miedo.