Valentina se sentó en el borde de la cama sin quitarse los zapatos.
La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por la luz tibia de una lámpara junto a la ventana. Desde allí podía verse la ciudad respirando, indiferente, lejana, como si nada hubiera ocurrido en esa acera donde minutos antes había querido desaparecer.
Apretó las manos sobre las rodillas. Le temblaban. No era frío, era cansancio. Ese cansancio que no se cura durmiendo.
Mateo había dicho que estaría afuera, que no iba a invadir su silencio. Y por primera vez, alguien cumplía esa promesa.
Sobre la mesa de noche había una botella de agua y una pastilla para la ansiedad. Las dejó allí sin explicaciones, sin dramatismo, como si cuidar sin hacer ruido fuera lo más natural del mundo.
Valentina tomó la botella. El plástico crujió bajo sus dedos, ese sonido… Y sin aviso, el recuerdo la atravesó.
El hospital, la luz blanca. El olor a desinfectante, el pasillo demasiado largo. Diego de pie junto a ella, rígido, pálido. Su pecho ardió. Aquella mirada aún la atormentaba… Tanta distancia, tanta falta de empatía por parte de aquel hombre que ella creyó que la amaba… Tonta por haberlo creado.
—Lo sentimos mucho por la pérdida —había dicho el médico—. Pero hay algo más que debemos revisar con usted, señor Calderón.
Valentina levantó la mirada, confundida, aún aturdida por el procedimiento y la anestesia.
—¿Revisar… qué?
Diego la tomó del brazo con demasiada fuerza, levantándola de la silla del consultorio; tomó las instrucciones del médico y las metió en la cartera de Valentina de mala gana.
—No preguntes nada, Vale —susurró—. Solo vámonos.
Nunca volvieron a ese hospital. A la salida, sin mirarla, le pagó un taxi.
—¿No piensas venir conmigo?… Aún me siento débil. —Le había dicho ella, pero Diego estaba desesperado por acabar con aquella situación.
—No quiero saber más nada de ti —dijo, con la voz hueca—. Esto se acabó… Lo que nos unía ya no existe… —Sigue tu camino y olvídate de mí. —Valentina no supo qué le dolió más… Había perdido a su bebé y ahora Diego la abandonaba como si se tratara de un traste inservible.
A Valentina ya no le quedaban lágrimas para llorar; sus ojos ardían. No tenía fuerzas para discutir ni pedir explicaciones a tanta crueldad. Subió al taxi con el cuerpo aún dolorido por la operación, con el vientre vacío y el alma hecha trizas. A las pocas cuadras, las lágrimas le nublaron la vista; había sacado más.
—Pare aquí… por favor.
Se bajó tambaleándose. Lloró en la acera, sola, abandonada, incapaz de comprender cómo el amor podía romperse así. Y entonces lo oyó, un maullido débil. Casi un suspiro.
Buscó hasta encontrar una bolsa de basura mal cerrada. Dentro, un gatito diminuto, aún sin abrir los ojos, temblando de frío, al borde del abismo, aferrándose a la vida… así se sentía ella.
Lo tomó entre sus manos.
—Hola, pequeño… ¿También te abandonaron? No te preocupes, a mí también… Tú perdiste a tu mamá y yo perdí a mi bebé.
Lo apretó contra su pecho. Ese fue Chewbacrazy entrando a su vida. El único que no la dejó sola cuando su mundo se apagó, el que durmió sobre su herida invisible. El que la salvó cuando ella creía que ya no merecía quedarse.
Años después, el diagnóstico:
Incapacidad permanente para engendrar.
Y la frase que se tatuó en el alma: Fallé. No sirvo para quedarme.
Valentina cerró los ojos. Pero ahora… esa escena tenía otro color. ¿Por qué Diego no quiso que preguntara? ¿Por qué la dejó así? ¿Por qué algo en su historia nunca terminó de encajar?
Un golpe suave en la puerta.
—¿Puedo sentarme? —preguntó Mateo.
—Sí.
Entró con dos cafés y una manta. Se sentó frente a ella, sin invadirla.
—¿Estás a salvo aquí?
—Sí.
Silencio. Valentina habló sin mirarlo:
—Mateo… extraño nuestros retos.
Él sonrió apenas.
—Yo también.
—Propón uno.
Mateo pensó un segundo.
—Reto uno: no huir esta noche. No mañana, no para siempre… Solo hoy.
Valentina lo miró por fin.
—¿Y si tengo miedo?
—Entonces lo hacemos con miedo.
Valentina respiró hondo.
—Mateo… ¿Alguna vez alguien te pidió que no hicieras preguntas?
El silencio cayó entre ellos, y en ese silencio, algo cambió. No huía, no se escondía, no se culpaba… No, esta vez.