Claudia no estaba triste. Y eso la sorprendió. Se miró al espejo largo rato, esperando ver a la mujer devastada que debería estar allí… pero no encontró lágrimas. No encontró desesperación.
Encontró algo mucho más peligroso: Lucidez.
Mateo la había dejado. Eso era un hecho, pero lo que no estaba dispuesta a aceptar era que la hubiera reemplazado por alguien que, a sus ojos, no tenía nada extraordinario.
Valentina no tenía su elegancia, no tenía su presencia y no tenía su preparación. Entonces, ¿qué tenía?
—Algo que yo no estoy viendo… —murmuró.
Y eso era inaceptable.
Caminó descalza por el apartamento. Se sirvió un whisky sin hielo. No por ansiedad, sino por costumbre. Su mente ya estaba trabajando.
Valentina no era un problema emocional, era un problema que debía entender.
Si Mateo la miraba así… si la protegía así… si se la había llevado sin siquiera mirarla a ella… entonces Valentina tenía algo. Y Claudia necesitaba saber qué era.
Se sentó frente a la laptop como quien abre un expediente. No buscó a Mateo, tampoco a Valentina en el presente.
Buscó a Valentina antes de que Mateo existiera en su vida. Redes antiguas, fotografías viejas. Comentarios enterrados en el tiempo… Horas.
Hasta que apareció una foto. En ella se percibía a una Valentina más joven, radiante. Sonriendo con una facilidad que Claudia jamás le había visto en aquella oficina. Abrazada a un hombre.
Amplió la imagen; no lo reconocía. Leyó el nombre: Diego Calderón. Se quedó mirando la pantalla más tiempo del necesario.
No sabía por qué, pero ese nombre le provocó una sensación incómoda. No por él… sino por la expresión de Valentina.
Esa mujer no se parecía en nada a la que ella conocía. A la discreta. A la callada. A la que parecía no tener historia.
Guardó el apellido y siguió buscando. Perfil inexistente, redes cerradas. Poco rastro. Eso llamó su atención.
Cambió de estrategia y buscó en registros profesionales. Ahí tuvo más éxito. Doctor Diego Calderón, publicaciones médicas, congresos y clínicas privadas.
—Eres un hombre reconocido… —murmuró.
Siguió leyendo sin mucha expectativa. Hasta que vio la especialidad: Fertilidad masculina. Se quedó inmóvil.
Apoyó la espalda en la silla, y por primera vez desde que empezó a investigar, sintió algo que no era cálculo.
Fue intuición… Lenta, incómoda y persistente. Volvió a mirar la foto, volvió a mirar el nombre; entonces entendió que Mateo no había reaccionado al nombre de un ex. Había reaccionado al nombre de un pasado que Valentina jamás contó completo.
Cerró la laptop. Ya no estaba investigando para medir a su rival. Ahora estaba investigando porque había encontrado una grieta, y Claudia sabía muy bien cómo usar las grietas.
—Vamos a ver quién fuiste antes de él, Valentina… —susurró.
—Es hora de averiguar quién es ese tal Diego.
Claudia cerró la laptop con lentitud. El silencio del apartamento se volvió denso, casi incómodo. Caminó hasta la ventana con el vaso aún en la mano y miró la ciudad iluminada.
En algún lugar de esa misma ciudad, Mateo estaba con ella, protegiéndola, cuidándola… Como nunca la cuidó a ella.
Apretó los dedos alrededor del cristal; no iba a permitir que esa historia avanzara sin saber contra qué estaba luchando. Porque no se destruye algo que no se entiende. Y Claudia jamás entraba en una batalla sin conocer el terreno.
Mientras tanto, a pocas cuadras de allí, Valentina intentaba convencer a Mateo de que el encierro no era la solución.
Valentina respiraba más tranquila. El encierro empezaba a pesarle.
—Mateo… no podemos quedarnos aquí.
Él la miró de inmediato.
—Claudia ha demostrado ser peligrosa.
—Y tú no puedes protegerme del mundo —respondió con suavidad.
Se acercó y tomó su rostro entre sus manos.
—Anoche… cuando me hiciste el amor… entendí algo.
Mateo sostuvo su mirada.
—Entendí que nunca antes había sido amada de verdad. Que nadie me había tocado sin romperme después. Que nadie me había abrazado sin querer huir.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Fue perfecto… como tus manos me dibujaban, como tu boca me devolvía a la vida, como tu calor me reconfortaba…
Respiró con dificultad.
—Pero yo soy quien no se perdonaría lastimarte.
Mateo negó.
—Valentina…
—Hay cosas que no sabes de mí… cosas que podrían convertirte en un hombre infeliz en el futuro. Y yo no quiero marcarte con mis ruinas.
Bajó la mirada.
—Jamás debí crear ese perfil en esa aplicación. Jamás debí seguir ese juego de desafíos. Mira a dónde nos llevó…
Mateo la observaba como si estuviera viendo algo sagrado.
—Para mí no fue un error. Fue lo mejor que me ha pasado. Tú me devolviste la vida.
Y esas palabras la atravesaron. Porque tocaron la herida que nunca cerró, la de no ser suficiente, la de haber fallado… La de haberse tenido que reinventar para poder seguir respirando. Valentina tragó saliva.
—No sabes lo rota que estoy por dentro, Mateo… Tuve que reinventarme para no desaparecer.
Y mientras Mateo la abrazaba creyendo que estaba sosteniéndola… Valentina sabía que, tarde o temprano, tendría que mostrarle las cicatrices que aún no se atrevía a nombrar.