Faltaban pocos minutos para que cerrara la tienda. Ya había ordenado todo, guardado los papeles y tomado la enorme llave para cerrar la puerta, cuando un hombre alto apareció en el umbral. El desconocido me recorrió con la mirada, cerró bien la puerta tras de sí y examinó el lugar, como si quisiera cerciorarse de que no hubiera nadie más aparte de nosotros. Solo entonces preguntó:
—¿Señora Bir?
Durante todo ese tiempo permanecí junto al mostrador, preguntándome quién habría salido con semejante clima. Todos los pedidos habían sido recogidos por la mañana, no tenía ninguna cita prevista y los clientes con «encargos especiales» solían acordar su visita con antelación. Aunque, a decir verdad, aquel hombre tampoco parecía un cliente común.
—Depende de quién la busque —respondí mientras estudiaba al desconocido.
El hombre que acababa de presentarse en mi tienda pertenecía, sin duda, a la nobleza. Y no solo eso: era uno de los dragones. Lo delataban tanto su ropa, confeccionada a medida con cuero encantado, como el color de sus ojos, impropio de los humanos: iris gris oscuro surcados de vetas blancas. Un rasgo característico de los dragones nacidos en las montañas orientales.
El desconocido se acercó al mostrador sin apartar los ojos de mí y dejó sus guantes de cuero mojados junto al libro que yo intentaba leer en mis ratos libres. Calcular su edad resultaba casi imposible. Las trenzas en las sienes indicaban que ya había cruzado el segundo umbral de madurez, pero no había forma de saber cuánto le faltaba para la siguiente transición.
Entre sus cejas oscuras y pobladas se distinguían varias zonas blancas. Una señal inequívoca de que había sufrido agotamiento mágico, algo sumamente raro entre los dragones.
—Lord Kyle Airn —se presentó.
En ese instante, la velada perdió todo su apacible encanto. El amargo olor de los problemas pareció impregnar el aire. En el reino, todos conocían ese nombre. Incluso quienes no se interesaban por la política, no leían los periódicos o habían nacido sordos, ciegos y mudos.
Kyle Airn era el jefe del servicio secreto de Su Majestad. Y no solo lo temía el pueblo llano, sino también los miembros de absolutamente todos los estamentos. Tan solo en el último año, por orden suya habían sido ejecutados dos duques, un tesorero y cuatro viceministros. Uno de ellos era tío segundo del rey.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Procuré sostenerle la mirada al dragón para no delatar mi inquietud.
—¿Qué lo trae a mi tienda? ¿Busca algo en particular? ¿O desea hacer un encargo?
—Sus mercancías no me interesan —respondió el visitante con calma.
Ojalá le interesaran. Yo estaría mucho menos nerviosa.
—Entonces, ¿para qué ha venido?
—Necesito una esposa —informó el lord sin cambiar de tono.
—¿Qué? —Mis cejas se alzaron de sorpresa.
Sí, la tienda de «la señorita Bir» podía conseguir cualquier cosa de los diez continentes, pero jamás me había dedicado al tráfico de seres vivos.
—Una esposa —repitió el dragón.
—Se ha equivocado de puerta. La casamentera está dos casas más allá, a la derecha. El burdel queda en la calle contigua.
—Ya tengo esposa.
Sus ojos destellaron y yo terminé de perderme por completo, pues estaba convencida de que el jefe del servicio secreto era soltero. Al menos, los periódicos de la mañana decían que su boda se celebraría dentro de una semana.
—Hasta donde sé, la boda del lord aún no se ha celebrado.
Intentaba parecer tranquila, pero por dentro estaba tensa como la cuerda de un arco.
—Y así llegamos al meollo del problema, señora Bir.
Sacó un formulario del bolsillo y lo dejó sobre el mostrador, junto a sus guantes.
—Mírelo.
Observé el documento: papel gris y grueso, el visto bueno de la Cancillería Real, la firma amplia del registrador y un sello escarlata que certificaba su autenticidad.
—¿Qué es esto?
—Léalo —ordenó el dragón.
Su tono no admitía objeciones, y yo no era tan imprudente como para discutir con un dragón.
Tomé la hoja con cuidado. El papel aún conservaba el olor rancio de los archivos. Al parecer, llevaba allí guardado más de un año. En la esquina superior derecha figuraba un número de registro escrito con tinta de hierro. Solo los matrimonios se numeraban de ese modo. Un mal presentimiento me recorrió el cuerpo. Mis ojos tardaron unos instantes en enfocar el texto.
Nombre del cónyuge: lord Kyle Arden III, de la casa Airn.
Estamento: alta nobleza.
Linaje: dragón de sangre pura del linaje Airn.
Miré al lord. Permanecía inmóvil, observándome con atención mientras yo estudiaba el documento. Los dedos comenzaron a temblarme. No era fácil soportar una mirada tan penetrante. Para ocultar mi nerviosismo, le di la espalda.
—Nombre de la cónyuge —leí en voz alta—: ¿Elira Sai Bir?
—Estamento mercantil. Maestra de pergaminos —citó el dragón.