El Matrimonio Que Nunca ExistiÓ

Capítulo 5.

Aquella noche casi no dormí. De vez en cuando me sumía en un sueño ligero y despertaba sobresaltada, sin entender dónde estaba ni qué ocurría. Bajé a desayunar cansada y de mal humor.

—Buenos días —me saludó el dragón.

Kyle estaba sentado a la cabecera de la larga mesa, vestido con un uniforme negro y sin el menor rastro de cansancio en su rostro impecable.

—Buenos días.

El desayuno estaba servido para dos. Me senté a la derecha del dueño de la casa y, de inmediato, apareció un sirviente que, sin hacer preguntas, puso en mi plato huevos cocidos y una tostada.

—¿Por qué me sirve esto? —pregunté, procurando ocultar mi sorpresa.

—La señora Bir siempre desayuna huevos y tostadas —informó el sirviente con absoluta serenidad.

El dragón y yo intercambiamos una mirada. Al parecer, no era la única sorprendida por lo bien informados que estaban los sirvientes de aquella casa.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó el dragón.

—Usted mismo dio esas instrucciones, milord.

—¿Yo? —lord Airn se sorprendió aún más, aunque, en mi opinión, ya no quedaba nada de qué sorprenderse.

—Por supuesto —asintió el sirviente—. Todo está anotado en el libro.

—¿En qué libro? —Esta vez fui yo quien se sorprendió.

Aunque la sorpresa no me duró mucho. Resultó que el mayordomo llevaba un libro aparte donde anotaba todas las preferencias del dueño y de los huéspedes de la casa, con el fin de procurarles una estancia cómoda. Varias páginas habían sido arrancadas. El mayordomo no recordaba qué se había escrito en ellas ni sobre quién. Sin embargo, la primera anotación con mi nombre databa de cuatro años atrás. Allí se describía con detalle qué me gustaba comer y beber, qué olores me irritaban e incluso que prefería dormir en una habitación fresca.

—Entonces nos conocemos desde hace mucho —dije cuando el mayordomo se llevó el libro.

—Desde hace más tiempo de lo que suponía —asintió el dragón y miró el periódico que descansaba en un extremo de la mesa.

De pronto, aquella escena me resultó familiar. Como si ya me hubiera sentado antes a esa mesa, como si supiera de su costumbre de leer el periódico durante el desayuno y dejarlo a un lado cuando…

—¡Ha llegado lord Marius Estern! —La voz de uno de los sirvientes me devolvió al presente.

Kyle y yo volvimos a mirarnos. Al parecer, ninguno de los dos estaba preparado para aquella visita.

Lord Estern entró en el comedor sin esperar a que lo invitaran. Era tan alto como Kyle y quizá hasta de la misma edad. Pero ahí terminaban las semejanzas. A primera vista, resultaba difícil determinar a qué raza pertenecía aquel consejero. Tenía el rostro demasiado redondo y le sobraba peso para ser un dragón, pero tampoco era fácil tomarlo por humano: su piel era demasiado pálida y sus orejas, alargadas. Lo más probable era que el consejero del rey fuera mestizo. ¿Quizá mitad humano y mitad elfo? ¿O sencillamente la naturaleza lo había dotado de un aspecto tan inusual?

—He oído que tienes problemas con tu boda —El hombre me miró, torció los labios con ostentación y preguntó—: ¿Una sirvienta nueva?

—Es mi invitada —La voz de Airn adquirió un matiz de gruñido—. ¿Cómo sabes lo de los problemas con la boda?

—¿Acaso hay algo en este reino que yo no sepa? —se burló el consejero.

Suspiré. En aquel reino había muchísimas cosas que el consejero ignoraba. Pero tampoco convenía que se enterara de ellas.

—¿No vas a presentarme a tu invitada?

Por lo visto, lord Airn y el consejero Estern habían mantenido una relación amistosa hasta ese día. De lo contrario, el mestizo no se habría comportado con tanta insolencia.

—La señora Bir —dijo Kyle con sequedad.

—¿La famosa señora Bir?

—¿También sabes eso?

—Revisé los registros —admitió el consejero—. No pude resistirme.

No logré determinar si el consejero decía la verdad o mentía. Mi intuición guardaba un silencio traicionero. Mi mirada se detuvo en su muñeca. Me llamó la atención una marca apenas visible en la base de la palma. Parecía una quemadura. Una quemadura causada por un sello mágico.

—Señora Bir, es usted encantadora —dijo el consejero con una amplia sonrisa.

Criatura hipócrita. Un minuto antes me había tomado por una sirvienta y ahora me sonreía de oreja a oreja.

—Gracias —respondí con cortesía y sonreí.

Probablemente, en aquel momento habría debido actuar con tacto y dejar al lord a solas con su amigo. Pero el propio dragón no dio la menor señal de que quisiera que me retirara, y yo deseaba averiguar qué había venido a hacer allí.

—Dentro de tres días, la delegación traerá a tu prometida a la capital. La inscripción del matrimonio debe quedar anulada antes de entonces. Prepararé la orden.

—La ley exige que se investiguen casos como este —declaró Airn con calma.

—Sabes tan bien como yo que, a veces, no hay tiempo para atenerse a la ley. Y menos aún cuando se trata de meras formalidades.

Miré a Kyle. Era imposible adivinar qué pensaba el dragón en aquel momento.

—Esto no es una formalidad. La aparición de un documento semejante en el archivo real podría poner en peligro la seguridad del Estado. La inscripción del matrimonio no se anulará hasta que concluya la investigación.

—Al rey no le gustará —La voz del consejero encerraba una amenaza evidente.

—Al rey le gustará todavía menos que su propio consejero infrinja una ley firmada de su puño y letra.

Lord Estern no quedó satisfecho con aquella respuesta, pero no se atrevió a contradecir al dragón.

—No alargues esto, Kyle. Cuanto antes te libres de este problema, mejor para todos. Señora Bir —me miró con mucha atención—, ha sido un placer conocerla.

No respondí. Me limité a asentir y bajé modestamente la mirada hacia el plato. El sonido de sus pasos se alejó con rapidez. Solo después de que lord Estern se marchara sentí un alivio casi físico.

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