El Matrimonio Que Nunca ExistiÓ

Capítulo 11

El camino hasta el templo abandonado me pareció eterno. Los caballos tenían que aminorar la marcha a cada rato: unas veces, los tenderos bloqueaban la estrecha calle de la ciudad; otras, los hijos de algún comerciante se atravesaban corriendo delante de ellos.

Yo estaba nerviosa. Miraba por la ventanilla y, cada pocos minutos, comprobaba si el carruaje de Kyle avanzaba en la misma dirección. No había ni rastro de él. Salimos por las puertas de la ciudad. Por suerte, a los guardias no se les ocurrió inspeccionarnos. El escudo de la familia Airn, tallado en las portezuelas, les quitaba cualquier deseo de detener el carruaje.

El oficial iba sentado frente a mí. Procuraba mirar a cualquier parte menos a mi rostro. Al parecer, no quería incomodarme, pero su actitud solo conseguía irritarme.

—¿Está seguro de que informó al lord sobre el templo?

—No se preocupe. El lord estará en el templo cuando lleguemos. Puede que ya se encuentre allí.

Asentí. Aunque seguía sin comprender por qué había corrido hasta aquel lugar aterrador. Probablemente había sido una imprudencia. No me guiaba la razón, sino una sed incontenible de venganza y la furia. Quería destruir a lord Marius Estern. Quería aplastarlo por todo lo que aquel monstruo había hecho conmigo y con mi vida.

El carruaje tomó el camino del bosque y empezó a traquetear. Al menos, las sacudidas me distraían por un rato de los pensamientos sobre Kyle, nuestra familia y las consecuencias de mis decisiones. El decreto real ya estaba firmado. Desobedecerlo equivalía a declararse traidor al rey. Yo no podía permitir que Kyle se arriesgara por mí. Sin embargo, la idea de que estaría con otra mujer me causaba un dolor insoportable.

Por un instante, incluso pensé que no debí salvar a aquella mujer. Pero de inmediato me prohibí seguir por ese camino. Ella no tenía ninguna culpa de lo que me había ocurrido y no merecía sufrir por ello.

Las sacudidas se volvieron más intensas. Unos minutos después, entre la espesura del bosque aparecieron los muros del templo abandonado. En otros tiempos habían estado adornados con intrincados mosaicos; ahora solo quedaban algunos fragmentos de colores. El traqueteo cesó. Los cascos de los caballos repiquetearon sobre los restos del sendero de piedra y, un minuto después, el carruaje se detuvo.

El oficial quiso ayudarme a bajar, pero yo no podía esperar a que saliera y me abriera la portezuela. Cada segundo era precioso. Empujé la puerta de madera y salté al exterior por mi cuenta.

Necesité unos segundos para orientarme y encontrar la entrada.

La alta puerta de madera estaba entreabierta. Sin pensarlo, corrí hacia ella. El oficial asignado por Kyle se lanzó tras de mí, pero no consiguió alcanzarme. Me escabullí por la abertura y me adentré en las frescas entrañas del templo.

Todos los santuarios de los dragones seguían el mismo diseño. Primero había una pequeña estancia que siempre permanecía abierta. Desde tiempos antiguos estaba destinada a ofrecer refugio entre los muros del templo a los viajeros o a quienes se quedaran sin techo al caer la noche. Podían pasar la noche en aquella primera sala sin profanar el santuario de los dragones.

Más adelante se abría el primer salón, destinado a las festividades. Era un espacio enorme y vacío, con un techo abovedado y numerosos arcos que los dragones utilizaban para dividirlo en distintas zonas. Yo no sabía para qué servía cada una: su función variaba de un templo a otro según la región.

Necesitaba llegar a la tercera estancia, donde se celebraban los rituales.

Corrí hacia el arco del fondo, pero me detuve en seco a dos pasos de la entrada a la siguiente sala. ¿Qué estaba haciendo? ¡Aquello podía ser peligroso! Agucé el oído. A mi alrededor reinaba un silencio absoluto. El oficial que me acompañaba no aparecía por ninguna parte. ¿Por qué?

Me quedé allí un minuto más y pensé que debí quitarme los zapatos para no hacer ruido. Aunque ya era demasiado tarde para eso: había armado un escándalo considerable. Respiré hondo, dispuse los dedos para lanzar un hechizo defensivo en caso de un ataque inesperado y entré en el santuario.

Todo era igual que en mis recuerdos: los símbolos antiguos, la intensa luz del día y el agua que goteaba del techo. Lady Tamiran no estaba allí. Kyle se encontraba junto a la estatua del antepasado de todos los dragones.

—¿Lo recordaste? —preguntó el dragón, mirándome directamente a los ojos.

—¿Dónde...? ¿Dónde está lady Tamiran?

Recorrí la estancia con la mirada, buscando algún rastro de la mujer secuestrada. No había nada. Pensé que quizá ya se la habían llevado, pero aun así debían de haber quedado huellas. Aunque solo fueran marcas de zapatos sobre el suelo sucio. Nada. Solo estaban las pisadas de Kyle.

—¿Qué está pasando aquí?

Debería haber sentido miedo, pero no fue así. El dragón se apartó despacio de la estatua. Parecía tranquilo. No era la actitud que cabría esperar del jefe de la Cancillería Secreta después del secuestro de su prometida.

—Te extrañé —confesó Kyle, acercándose hasta quedar a un paso de mí.

Quise retroceder, pero no pude. Era como si mis pies hubieran echado raíces en el suelo.

—En este templo, mis antepasados contraían matrimonios verdaderos e indestructibles. Tal vez fueron los propios dioses de los dragones quienes nos trajeron hasta aquí.

—¿Nadie ha secuestrado a tu prometida? —comprendí de pronto.

El dragón sonrió con ironía y arqueó una ceja gris.

—Borraste muy bien tus huellas. Pero no sabías de esto. —Sacó una gruesa libreta del bolsillo interior de su levita y me la tendió—. La encontré hace seis meses.

Tomé la libreta con manos temblorosas y la abrí por la primera página. Era el diario personal de Kyle, el libro donde anotaba los momentos más importantes de su vida.

«No puedo creer que vaya a ocurrir hoy», leí en la primera línea antes de mirar a mi esposo. Él asintió, dándome permiso para continuar.




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