El mejor enemigo

DESPUÉS DEL VENDAVAL

 

Elea optó por preparar una sopa instantánea de verduras con pasta para acompañar con el clima gélido, además de emparedados del pavo ahumado que Michelle llevó como sobras de la cena de Acción de Gracias con su familia. Puso a hervir agua para acompañar los alimentos con un delicioso café, ya que Elea prefería el café norteamericano al té inglés. Harrison se había ofrecido en ayudarle, pero ella le echó de la cocina porque no quería tenerlo cerca por el momento, todavía no se acoplaba al cambio que había surgido entre los dos y le resultaba difícil, le causaba mucha ansiedad.

Pero no podía mantenerlo lejos todo el tiempo, su piso no era una mansión para estarlo evitando y el hombre había sido muy claro en lo mucho que disfrutaba estar con ella. Y Eleanor también, aunque no quería hacerse falsas ilusiones y que se repitiera el mismo acontecimiento de meses atrás.

Dejó escapar un largo suspiro, aferrándose del borde del fregadero, escuchando con atención el rugido del viento que soplaba afuera y que pese a las horas transcurridas no parecía amainar. Las lámparas de la habitación empezaron a parpadear y segundos después, las sombras se apoderaron del lugar. Estaba tan concentrada en los ruidos de afuera que no se dio cuenta del momento en que Harrison irrumpió en la estancia y camino directo a ella.

—Nos volvimos a quedar sin luz —musitó el hombre a sus espaldas, envolviéndola por la cintura y pegando su cuerpo al suyo— y la tormenta no cesa.

Elea cerró los ojos, permitiéndose disfrutar de su cercanía, del calor que desprendía, la dureza que se apretaba contra su espalda.

—¿Pudiste comunicarte con tu familia? —preguntó, apoyando la cabeza en su pecho.

—Sí, le dije a mi madre que me había quedado atrapado contigo. —Depositó un húmedo beso en su barbilla, apretando la mano contra su vientre—. Y espera que me alimentes bien y me protejas del frío.

La mujer soltó una carcajada, sintiendo que su estado de ánimo se aligeraba un poco más que hacía unos momentos. No conocía que Harrison pudiera ser tan bromista.

—Pobre bebé de mamá —ironizó, acariciando sus brazos.

—Soy hijo único. —Le alzó un poco la camiseta para poder tocar la suavidad de su piel—. Que no te sorprenda si mi madre se pone un poco intensa si descubre que hay otra mujer en mi vida aparte de ella y Presley.

—¿Las hubo después de tu exmujer? —Quiso saber llena de curiosidad volviendo a abrir los ojos y fijándolos en sus manos acariciando su brazo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no me interesaba volver a entablar una relación con nadie —admitió, encogiéndose de hombros— y no tenía tiempo de conocerlas porque estaba centrado en la crianza de mi hija. Prefería tener trato de unas horas, disfrutar del sexo y no sentirme atado emocionalmente a nadie tras el coito. Después de Jessa, no he tenido novias porque ella logró romperme e hizo que no me fiara en nadie más que no fueran las mujeres de mi propia familia. Creía que, si volvía a poner mi confianza en otra mujer, se repetiría la misma historia de Jessa y no podía permitir que nadie jugara conmigo de nuevo.

—Levantaste una muralla infranqueable —murmuró—. Escudaste tu corazón como cualquier otra persona en tu lugar lo hubiera hecho, para que nadie más lo rompiera. Es comprensible que te portaras como idiota.

—Me portaba como idiota solo contigo. —Suspiró contra sus cabellos, estrechándola más a él—. Mi ego se sentía amenazado por ti. Porque nada más cruzar un par de palabras contigo, supe que serías un dolor en las bolas y no me equivoqué. Desde nuestro primer encuentro me fue imposible mantener mis pensamientos alejados de ti.

—¿De verdad? —preguntó, emocionada.

—¿Por qué lo dudas? —Inspiró hondo el olor de sus cabellos—. Es difícil no pensarte.

Porque una tal Laura te envió hace unos momentos un texto plagado de corazones, quiso decirle mas tuvo que morderse la lengua para no portarse como novia celosa cuando no le correspondía hacerlo. Debía recordarse a sí misma que la sinceridad de Harrison con ella se debía al calor del momento y nada más, estaban solos en su apartamento, atrapados porque afuera una apocalíptica ventisca se había desatado sobre la ciudad. Aunque no estaba siendo cien por ciento sincero ya que en ningún momento había mencionada nada acerca de la mujer y ella no la nombraría.

—Creí que el señor Edevane tenía otros asuntos en los que mantener su mente ocupada —opinó, juguetona. Se mordió el labio inferior, zafándose de su agarre y girándose hacia él, quedando de frente—. Ya veo que no.

Harrison la cogió de la cintura y volvió a acercarla a él. Las manos de Elea se apoyaron en los anchos hombros, acariciándolos por encima de la tela de la camiseta y experimentando maravillada el delicioso calor que desprendía su duro cuerpo.

—¿Qué sigue, Eleanor? —preguntó con suavidad. Para ella fue imposible no hacer una mueca y Harrison arqueó las cejas, cuestionando en silencio su reacción—. ¿Elea?

—No entiendo, Harrison —murmuró, tratando de retroceder.

—Me refiero a esto que hay entre nosotros.

—Harrison, hemos follado —señaló con más dureza de la que quiso—. No hay nada más allá que sexo.




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