El mejor regalo de Navidad

Capítulo 6

Dejo allí a la niña pequeña mientras mis pies se movían para caminar de nuevo fuera de la habitación y recorrer los pasillos. Cuando paso por una habitación observo algo que me deja desconcertado.

Mi madre con una mujer riendo, bueno la mujer que se encuentra en la cama lo hace, mientras mi madre con globos intenta animarla. La mujer aplaude con felicidad al ver lo que ella hacía.

Pensé que el trabajo de mi madre era venir a dar los medicamentos, controlar que todo estuviera bien. Pero nunca me imaginé que ella hiciera más amena la estadía de las muchas personas que están tal vez en sus últimos días.

Mi madre no es una simple enfermera, mi madre es un ángel para todos ellos.

Suspiro profundo siguiendo por el largo pasillo. Algo me impulsa a volver al lugar donde todo comenzó.

Finalmente llego a la puerta del señor que aún no sé ni cómo se llama, ni quién es. No sé qué es lo que quiere. Paso saliva abriendo la puerta de su habitación lentamente y él como si fuera que esperaba mi llegada me recibe con una sonrisa.

—Espero con ansias que sea mi turno, para que tú madre venga a visitarme —dice con una sonrisa.

—¿Cómo sabe quién es mi madre?

—Paz, así como su nombre lo dice, y tú de alguna forma tienes mucho de ella. Ambos transmiten paz.

Aprieto mis labios entre sí.

—¿Qué es lo que quiere de mí?

Sigue sin borrar su sonrisa.

—Solo me quedan días, horas tal vez, no lo sé, en poco tiempo me reuniré con mi amada esposa que me espera ansiosa. Pero quisiera ver a mis dos hijos antes de partir.

—¿Y por qué yo?

—Porque de lo contrario no estarías aquí.

Niego mordiéndome los labios, ¿Qué podría hacer un chico de 16 años? Me reclamo.

—El mejor regalo de mi última navidad sería ver a mis hijos y a mis nietos y así ya podría irme en paz.

—Está equivado conmigo señor, yo no puedo hacer nada, con permiso —cierro la puerta saliendo de allí con prisa, sintiendo mi corazón latir con fuerza, con un dolor que no sé de donde proviene ni a que se debe, pero lo siento muy profundo. Como si pudiera sentir el dolor de cada persona aquí dentro del hospital. Eso sería ridiculo. No, no es posible.

Me paso deambulando por los pasillos, mi madre recorre cada habitación y en cada habitación deja un poco de alegría a cada paciente con cáncer. Me di una última vuelta por la habitación de la niña y la vi durmiendo con mucha paz en su rostro.

—De seguro estás cansado amor.

Me habla mi madre sonriéndome con amor.

—No, de hecho conocí a algunos pacientes.

Ella sonríe asintiendo. —Una hora más y mi turno terminará, puedes descansar en la sala de descanso y cuando termine nos iremos a casa.

—Está bien mamá.

Camino hasta la sala de descanso donde solo me siento en uno de los sofás y mirar en un punto fijo. Pensando en nada y en todo al mismo tiempo. Aun no entiendo nada de lo que sucede, solo puedo decir que siento muchas cosas, que jamás lo había sentido.

Las enfermeras y los doctores comienzan a llegar para hacer el reemplazo de turnos. Pero no hay rastros de mi madre. Espero y espero hasta que no puedo más y vuelvo a salir de la sala de estar y camino hacia los pasillos. Observo frente a la puerta del señor que aún no sé su nombre a la misma mujer que ayer lloraba desconsolada por él.

Me acerco de forma lenta, no quisiera asustarla.

—Hola —saludo y la mujer levanta la mirada regalándome una vaga sonrisa.

—Hola —contesta.

—¿Es su padre?

Ella asiente varias veces. No sé cómo adentrarme en el tema sin que lo tome a mal. Soy un extraño para ella. Sería raro que le pregunte cosas.

—¿Es su única hija? Es decir solo la veo a usted. Supongo que es su hija.

Ella solo suspira, y mueve la cabeza varias veces. Al menos no ha tomado mal mi pregunta.

—Tiene dos hijos más. Pero hace muchos años que no lo visitan.

—¿Saben que está enfermo?

Ella vuelve a mover la cabeza afirmando.

—Lo saben, pero no les importa al parecer. Solo les importa la herencia de su padre. Cuando él se enteró de su enfermedad. Decidió repartir su herencia en tres partes iguales. Sus dos hijos se molestaron porque me dejó a mí también.

—¿Por qué habrían de molestarse?, usted también es su hija.

—Lo soy de corazón, pero no de sangre. No es mi verdadero padre. Pero me criaron como su hija desde muy pequeña.

—¿Sus dos hijos, viven aquí en la ciudad?

Ella asiente nuevamente.

—Sí, su hijo mayor es dueño de una gran importadora. Hamilton.

Repito ese nombre varias veces.

—Y su hija es gerente en la tienda small wall en el centro mismo de la ciudad. Es decir, ninguno de ellos necesitaban más dinero de lo que ya tienen, aun así, querían más.

—¿Y usted?

—¿Yo que?

—¿En que trabaja? —pregunto con curiosidad.

—Soy maestra de kínder en la escuela primaria.

—Y no lo ha dejado solo —menciono bajo.

—Y no lo dejaré jamás. Ellos tampoco me abandonaron cuando yo lo necesité, yo jamás lo dejaré morir solo.

—Es usted una gran persona.

—Solo hago lo que me corresponde hacer. Nunca se abandona a los nuestros. Nunca se deja de lado aquello que amas y la ingratitud es lo que más duele y marchita el alma.

Su único deseo es ver a sus hijos esta navidad. A sus nietos. Ese es el último deseo de mi padre.

—¿Has intentado hablar con tus hermanos? —aprieta sus labios entre sí.

—Varias veces, pero me han echado a la calle las veces que he intentoado hablar con ellos. No quieren saber nada de mí, que les he “robado” su herencia. Pero la verdad es que yo no necesito tal dinero. Se los daré de nuevo con gusto. Yo no necesito dinero para ser feliz. Solo quiero que mi padre sane. Pero eso ya es imposible, solo le quedan días, horas. Solo Dios sabe.

—Hijo, te estaba buscando.




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