Distante.
Distante y doloroso.
Lo escuchaba en medio de la tremenda oscuridad que lo rodeaba. Una voz, una agónica voz, un afanado llamado, una desesperada plegaria. No la encontraba, no distinguía principio o final, pero la escuchaba y su pecho, su pecho se sentía como si lo hubiesen atravesado raíces espinosas, causándole malestar, imposibilitando su centro de control.
Se cubrió los oídos; el sonido seguía colándose, rasgando entre sus dedos como una corriente gélida. Cada nota lo atravesó, arrastrándose por su cabeza hasta anidar en los rincones más frágiles y desconocidos de su mente. Algo invisible lo apretó por dentro, le constreñía el pecho y le dificultaba la respiración. Sus inhalaciones y exhalaciones se volvieron irregulares. El gemido afanado lo atravesaba, lo perseguía, lo envolvía y presionaba, latía con su pulso, palpitaba encima de su corazón, desarmándole los pensamientos y apretándole el alma como una culebra aprieta a una rata antes de devorarla.
No lo distinguía, no sabía cómo hacerlo, pero la necesidad se colaba en él, una necesidad que estaba lejos de entender.
—Silencio, por favor. —Pedirlo no sirvió; la voz se oía más angustiada, más enfadada.
La incomodidad alcanzó su punto más alto, no era miedo lo que sentía, solo un tremendo afán en su existencia entera, en la materia y el espíritu.
—¡Silencio! —alzó su voz.
Las ondas verdes jade nacieron desde su pecho, extendiéndose por la inmensa oscuridad como lo harían las corrientes de agua en un terrible invernal. El llamado de urgencia persistía, más débil, pero aferrado a él como se aferra una soga con un nudo ciego. Quería hallarlo, pero no importó la cantidad de pasos que dio; no había nada, nada se movía, nada cambiaba.
El sonido lastimero se tornó insoportable, hasta el punto en que Devin jadeó. La sensación pesada buscaba refugio dentro de él, un refugio que estaba lejos de poder ofrecerle.
—Por favor, ya basta, detente.
Sus palabras cayeron en el vacío, pero las lágrimas que salieron de sus ojos fueron vistas por Lucien. El Centilion lo seguía con la mirada desde hacía diez minutos. El joven había abierto las puertas y avanzó hasta alcanzar la azotea. Una vez abrió la última puerta, se detuvo, recibiendo el viento que meneó su cabello color oro.
—¿Qué se supone que hace? —preguntó Marcel, sin alejar la mirada de las ondas verdes que serpenteaban desde el pecho de Devin.
—No tengo ni una jodida idea, pero… está sonámbulo.
Lucien solo había presenciado otro caso de sonambulismo en su vida. Durante su tiempo como aprendiz, en los cuarteles de entrenamiento, otro aprendiz se despertaba en medio de la noche para ir afuera y caminar hasta la cerca de electricidad. Algunos se reían de él, pero el joven solo se paraba allí, sin hacer nada realmente. Otros sentían pena por él, porque creían que quería abandonar el entrenamiento, pero una vez entras, no puedes desertar.
—¿Y por qué vino hasta la azotea? —preguntó Marcel, ladeando la cabeza con ese airecillo burlón que lo acompañaba siempre.
El perro pasó cerca de ellos y se sentó al lado de su amo, mirándolo hacia arriba como solía hacerlo cuando estaban a punto de dar un paseo.
—Para saberlo tendría que tener un puesto en la calle treinta y cuatro y no lo tengo, Marcel —aludió en un gruñido y regresó su atención al frente.
—Te verías bien con el velo y la bola de cristal intentando adivinar el futuro de otros —comentó burlón, pero Lucien se adelantó.
Sería mejor despertarlo antes de que otro sismo ocurriese. No obstante, su intención se quedó a medias; el muchacho dio zancadas más largas de las que Lucien esperó y de la nada empezó a correr por la azotea.
—¡Agárralo! —graznó Marcel. Emprendió carrera, pero se tropezó con su propio pie y cayó en cuatro sobre el duro piso.
Lucien se llevó la mano a la cintura, pero su cinturón no estaba presente. Apretó los ojos con pesadez; se lo había quitado porque no estaba de servicio. La última opción llegó a su cuerpo antes que a su cerebro; persiguió al objetivo y en cinco pasos largos logró abrazarlo de la cintura. Derribarlo hubiese sido la mejor opción, pero lo sentiría como un abuso de poder.
—Quieto —susurró, apretándolo contra sí.
La energía verde que rodeaba al joven desapareció en un pestañeo, el mismo pestañeo que permitió Devin recuperar la conciencia. Estudió hacia los lados con total incertidumbre; los rayos del sol le molestaron en las vistas y solo fue testigo de Carnon, marcando territorio en la esquina del techo.
—¿Dónde estoy?
Se halló incapacitado para descubrir si estaba dormido o despierto.
—Tranquilo, no estás en peligro. —Echó la cabeza hacia atrás, observando el rostro conocido.
—¡Tú, secuestrador! —Devin dio un codazo que se encajó en las costillas de Lucien. El Centilion vio estrellas cuando el dolor punzó por todo su ser.
El agarre se aflojó y Devin se escurrió hacia abajo. Ambas manos tocaron el piso; sin titubear, elevó una de sus piernas y estrelló su talón desnudo contra el abdomen de Lucien, sacándolo hacia atrás. Hubo un pujido en el aire, pero ninguno distinguió si era de Lucien por el impacto o de Marcel por el asombro.