El Mensaje De Los Enviados

Capítulo 2: Spe Futuri

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.

Spe negó suavemente, aunque el movimiento le provocó una punzada que recorrió su cuerpo.

—No tienes nada que sentir —respondió, restándole peso con una calma que no era del todo real—. Solo intentabas ayudarme.

Passer bajó la mirada por un instante, como si esas palabras no fueran suficientes.

—Mi padre dice que podrías haber muerto... —murmuró, y ahora su voz ya no intentaba sostener nada—. Lo siento.

Había en su tono algo más que culpa. Era miedo. El tipo de miedo que no desaparece cuando el peligro ya pasó, porque lo que queda es la conciencia de lo cerca que estuvo.

Spe la observó con una leve sonrisa.

No era amplia, ni despreocupada, pero sí lo suficientemente sincera como para intentar alcanzarla.

—Estoy vivo —dijo, con un matiz casi triunfal, como si esa simple afirmación fuera suficiente para equilibrar todo lo demás.

Pero no lo fue.

Passer no respondió a la sonrisa. No encontró en ella el alivio que Spe esperaba. En lugar de eso, respiró hondo, intentando recomponerse, y se puso de pie con una decisión que parecía más una necesidad que una elección.

—Voy a llamar a tu padre.

No esperó respuesta. Simplemente se giró y se dirigió hacia la cocina, secándose el rostro con el dorso de la mano en un gesto rápido, casi automático.

Spe la siguió con la mirada mientras se alejaba.

El silencio volvió a instalarse por un instante, pero no duró mucho. Los murmullos cesaron, reemplazados por pasos. Dos presencias que no necesitaban anunciarse para ser reconocidas.

Y poco después, Virindia y Custo cruzaron el umbral.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Virindia con una cautela inusual, como si cada palabra pudiera pesar más de lo que parecía.

Spe no respondió de inmediato. Sus ojos, aún pesados, se deslizaron hacia un costado, buscando a Passer. La encontró allí, en silencio, de pie cerca de la puerta, como si no terminara de decidir si debía quedarse o irse. Durante un segundo, sus miradas se cruzaron, y en ese breve contacto hubo algo que no necesitó palabras: culpa, alivio, miedo... todo mezclado en una tensión que ninguno parecía saber cómo resolver.

Entonces, Spe volvió la vista hacia su padre y forzó una sonrisa. No era natural, ni fluida, pero sí lo suficientemente convincente como para intentar sostener una apariencia.

—No tan mal —aseguró.

Virindia lo observó con atención, como si intentara medir la verdad detrás de esas palabras, pero no fue él quien reaccionó primero.

Custo lo miró en silencio, poco convencido, con una expresión que no se molestaba en disimular. Había en su mirada algo más directo, más honesto en su desconfianza.

—Hija, démosles espacio —dijo finalmente, con un tono firme pero no autoritario.

Passer asintió sin discutir. No miró a Spe otra vez antes de salir, como si temiera que hacerlo la hiciera quedarse. La puerta se cerró suavemente tras ella, y el aire en la habitación cambió apenas, volviéndose más pesado, más íntimo.

El silencio que siguió no fue largo, pero sí suficiente.

—No sabía que era posible sentir tanto dolor —dijo Spe finalmente, ahora a solas con su padre.

No había exageración en su voz. Tampoco dramatismo. Era una constatación simple, directa, casi fría, como si aún estuviera procesando lo ocurrido.

Virindia no respondió de inmediato. Su expresión se tensó apenas, y cuando habló, su tono ya no tenía la misma suavidad que antes.

—¿En qué estabas pensando?

Había molestia en la pregunta. No abierta, no desbordada, pero sí contenida, firme. Spe desvió la mirada por un instante, como si buscar una respuesta implicara más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Quería ser como ellos...

Las palabras salieron sin adornos, sin excusas. Y en su simpleza, pesaron más.

Virindia lo sostuvo con la mirada, y por un momento pareció debatirse entre responder con dureza o con paciencia. Finalmente, eligió algo intermedio.

—No eres como ellos —dijo—, y no tienes por qué serlo. Ningún no jugador puede viajar en el tiempo.

Spe frunció apenas el ceño.

—Passer dijo que su padre puede hacer viajar a no jugadores.

—El reloj de Custo no es como los relojes de los demás jugadores —aclaró Virindia—. E incluso así, no estoy seguro de que funcione con un hijo de un enviado. Tu poder, tu energía... es muy diferente a la de los demás.

La explicación no fue larga, pero fue suficiente.

Y en ese instante, algo en Spe se acomodó de una forma incómoda. No fue comprensión plena, ni aceptación. Fue más bien una mezcla extraña de claridad y frustración. Como si, por primera vez, entendiera una parte de su límite... y al mismo tiempo sintiera con más fuerza lo que eso implicaba.

Se sintió tonto.

Y cansado.

Y, sobre todo, dolorido. No solo por las heridas que cubrían su cuerpo, sino por algo más difícil de ubicar, algo que no podía vendarse ni ignorarse con la misma facilidad.

Virindia dio un paso atrás, como si la conversación hubiera llegado a su punto final.

—Deberías intentar dormir un rato más —añadió, recuperando un tono más calmo—. Esas heridas tardarán días en mejorar.

Spe asintió lentamente.

No tenía energía para discutir, ni para insistir. Solo dejó que las palabras se asentaran, sin responderlas realmente.

Virindia se dirigió hacia la puerta. Al abrirla, la luz del exterior se filtró brevemente en la habitación, dibujando sombras sobre las vendas, sobre la cama, sobre el rostro cansado de Spe. Luego, sin decir nada más, salió.

La puerta se cerró.

Y la luz se fue con él.

La oscuridad volvió a instalarse, envolviendo todo con una quietud casi absoluta.

Spe permaneció en silencio, mirando hacia ningún punto en particular, dejando que el peso de todo lo ocurrido se asentara sin resistencia.

Un pez jamás podría volar.

Las semanas siguientes transcurrieron con una lentitud engañosa, como si el tiempo, consciente de lo ocurrido, hubiera decidido avanzar con más cuidado. Las heridas comenzaron a cerrarse, primero con torpeza, luego con una firmeza que devolvía poco a poco la forma a aquello que había sido desgarrado. La piel dejó de estar abierta, la sangre dejó de insistir, y lo que quedó fueron marcas: cicatrices irregulares en los lugares donde el daño había sido más profundo, como si el cuerpo hubiera decidido recordar incluso después de sanar.



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En el texto hay: aventura, amor, brujas

Editado: 22.07.2026

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