El bosque estaba iluminado por cientos de luciérnagas que danzaban entre los árboles como pequeñas estrellas arrancadas del cielo y abandonadas entre las ramas húmedas. Flotaban alrededor de una niña de largo cabello naranja, atraídas por ella de una manera casi mágica, como si confundieran su presencia con parte de aquella noche tibia y mojada. Sus pequeñas luces parpadeaban con suavidad, apareciendo y desapareciendo entre la vegetación, reflejándose en los charcos que la lluvia de aquella mañana había dejado desperdigados por el suelo.
La niña reía en silencio.
No porque intentara contenerse, sino porque su felicidad no necesitaba ruido. Era una risa liviana, nacida del asombro puro, de esa clase de alegría infantil que no requiere explicación ni espectadores. Sus ojos seguían el movimiento errático de los insectos mientras giraba lentamente sobre sí misma, intentando atraparlos con las manos sin intención real de hacerlo, simplemente disfrutando de sentirlos tan cerca.
La lluvia había transformado el bosque.
El aire conservaba esa humedad espesa que se queda suspendida después de una tormenta, impregnando cada hoja, cada piedra y cada rincón de tierra oscura. El aroma a madera mojada y pasto aplastado llenaba todo el lugar, mientras pequeños sonidos invisibles se escondían entre los arbustos: alas vibrando, ramas crujiendo suavemente, gotas tardías cayendo desde las copas de los árboles.
Aquella tarde pertenecía a los insectos.
Las luciérnagas gobernaban el aire, las cigarras cantaban desde lugares imposibles de identificar y pequeños escarabajos avanzaban entre el barro como diminutos viajeros perdidos en un mundo demasiado grande. Todo parecía vivo, despierto, respirando al mismo ritmo lento y húmedo del bosque.
La niña se había alejado de las lajas de piedra que formaban el camino principal hacia su hogar. Lo había hecho sin pensarlo demasiado, guiada únicamente por la curiosidad y esa sensación irresistible de aventura que poseen los niños cuando el mundo todavía parece inmenso y seguro al mismo tiempo. Sus pies descalzos se hundían apenas en la tierra húmeda, dejando huellas pequeñas y desordenadas detrás de ella. El barro se pegaba a su piel, frío y suave, pero ella no parecía notarlo.
Corría con la sutileza del viento.
No había torpeza en sus movimientos, solo una energía ligera e inquieta que la hacía desplazarse entre los árboles como si el bosque mismo la conociera. Sus brazos se abrían apenas para mantener el equilibrio cuando esquivaba raíces húmedas o saltaba pequeños charcos, y cada vez que disminuía el paso, sus largas trenzas naranjas chocaban contra la parte trasera de sus rodillas en un movimiento constante, vivo, acompañando el ritmo de su cuerpo.
El color de su cabello parecía encenderse bajo la luz intermitente de las luciérnagas.
Era un naranja intenso, cálido, imposible de ignorar en medio de los tonos oscuros y verdosos del bosque mojado. Las trenzas, algo despeinadas por la carrera, se balanceaban detrás de ella mientras pequeñas hojas húmedas quedaban atrapadas entre algunos mechones sueltos.
La niña finalmente se detuvo junto a un claro diminuto, apenas una abertura entre los árboles donde el cielo podía verse parcialmente entre las ramas. Respiró profundo, llenando sus pulmones del aire fresco de la noche naciente, y alzó la vista hacia las luces flotantes que seguían girando a su alrededor.
Por un instante, parecía que el bosque entero la observaba.
No con amenaza.
Con fascinación.
Como si aquella pequeña criatura descalza, cubierta de barro y luz dorada, perteneciera mucho más a ese lugar que al hogar del que se había alejado.
Sus ojos brillaban como lámparas en medio de la oscuridad del bosque, de un rosa tan intenso y particular que parecía imposible de comparar con cualquier tonalidad existente en la naturaleza. No era el rosa delicado de una flor ni el suave matiz del amanecer; era algo distinto, más profundo, casi antinatural. Había en ese color una luminosidad inquietante, una belleza difícil de ignorar y, al mismo tiempo, imposible de comprender del todo. Cuando las luciérnagas se acercaban demasiado, la luz de sus pequeños cuerpos parecía apagarse frente al resplandor silencioso de aquellos ojos.
Muchos decían que mirar fijamente a Circle resultaba extraño.
No incómodo exactamente, sino desconcertante. Como si en esos ojos existiera algo demasiado vivo, demasiado despierto para pertenecer por completo a una niña. Incluso cuando era pequeña, incluso antes de aprender a hablar correctamente, tenía una forma de observar el mundo que hacía sentir a los demás como si estuviera intentando descubrir algo oculto detrás de cada gesto, cada palabra y cada silencio.
Circle había sido curiosa desde el instante mismo de su nacimiento.
No una curiosidad inocente y pasajera, sino una necesidad constante de entender, tocar y experimentar todo aquello que se cruzara frente a ella. Mientras otros niños lloraban o dormían durante horas, ella parecía pasar el tiempo observando. Observaba las sombras moverse en las paredes, las manos de quienes la sostenían, el humo elevándose desde el fuego o las hojas agitadas por el viento detrás de las ventanas. Sus ojos seguían cada detalle con una atención impropia de alguien tan pequeño, como si incluso entonces hubiera algo en ella incapaz de aceptar el mundo sin intentar comprenderlo primero.
Y era hábil.
Extrañamente hábil.
Aprendía rápido, demasiado rápido según algunos. Sus dedos pequeños parecían recordar movimientos antes siquiera de practicarlos lo suficiente. A temprana edad ya era capaz de mezclar hierbas sin equivocarse, reconocer plantas venenosas con solo rozarlas y memorizar símbolos complejos que otros niños ni siquiera lograban pronunciar correctamente. Había una precisión natural en todo lo que hacía, una facilidad casi irritante que provocaba admiración y preocupación en partes iguales.