Había algo profundamente cruel en nacer destinado a ser importante y, aun así, no poseer siquiera un cuerpo con el cual existir. Aetena Juventa había llegado al mundo igual que todos los hijos de enviados: rodeado de expectativas imposibles, de nombres demasiado grandes para cualquier criatura recién creada, de miradas que esperaban ver en él una continuación divina. También había recibido un título, un lugar entre aquella primera generación de descendientes marcados por los dioses, y un poder que lo diferenciaba de cualquier humano común. Pero había una diferencia imposible de ignorar, una diferencia que convertía su existencia entera en algo extraño incluso entre los suyos.
Aetena no tenía un cuerpo.
No uno real.
No carne, no huesos, no pulmones capaces de llenarse de aire ni piernas con las cuales correr sobre la tierra húmeda después de la lluvia. Era presencia, energía, conciencia. Una existencia incompleta sostenida por la voluntad desesperada de su padre. Mientras otros niños crecían aprendiendo a caminar, cayendo al suelo y levantándose entre risas o llantos, Aetena aprendía a mantenerse unido. A permanecer estable. A no deshacerse.
Y aun así, jamás culpó a Gement Vitae.
Porque incluso siendo joven entendía algo que muchos jamás comprenderían: su padre no lo había elegido así.
Virindia había hecho a Spe débil por decisión, temeroso de aquello en lo que podía convertirse un hijo demasiado poderoso. Pero Gement Vitae no había tenido opción alguna. Había intentado crear vida como todos los demás enviados y lo único que había conseguido era aquello: un hijo incapaz de tocar el mundo. Un alma sostenida a medias, una conciencia suspendida entre existir y desaparecer.
Lo había intentado todo.
Durante años, Gement había buscado formas de darle estabilidad a su hijo. Había creado recipientes temporales que colapsaban a las pocas horas, cuerpos artificiales incapaces de contener el poder de Aetena sin agrietarse como porcelana vieja. Había probado magia, energía, alquimia e incluso fragmentos de su propia existencia. Nada funcionaba demasiado tiempo.
Y aun así, jamás dejó de intentarlo.
Aetena recordaba perfectamente la forma en que su padre lo miraba cuando creía que él no estaba prestando atención. Esa culpa silenciosa que vivía escondida detrás de los ojos cansados de Gement Vitae. Como si cada día se preguntara si realmente podía llamar vida a aquello que le había dado. Como si temiera que su hijo algún día terminara odiándolo por haberlo traído al mundo incompleto.
Pero Aetena nunca sintió odio.
¿Cómo podría hacerlo?
Había visto el esfuerzo detrás de cada intento fallido. Había visto a su padre pasar noches enteras trabajando sobre nuevos cuerpos artificiales solo para destruirlos horas después con frustración. Había visto sus manos temblar al comprobar otra vez que ninguno resistía. Había escuchado sus disculpas susurradas cuando pensaba que nadie podía oírlo.
Y sobre todo, había entendido algo mucho antes de lo que un hijo debería comprender.
Gement Vitae estaba asustado.
No por sí mismo.
Por él.
Porque los enviados podían sobrevivir siglos enteros viendo caer imperios, extinguirse especies y marchitarse continentes, pero incluso los dioses le temían a una cosa: perder aquello que amaban.
Aetena había nacido siendo exactamente eso. El miedo constante de su padre.
Quizás por eso nunca le guardó rencor. Porque comprendía demasiado bien el agotamiento en sus ojos. Porque sabía que, si Gement hubiese podido elegir, le habría dado el cuerpo más fuerte entre todos los hijos de enviados. Le habría dado piernas para correr, manos para crear, pulmones para reír hasta quedarse sin aire.
Pero no pudo.
Y Aetena, de alguna forma extraña y melancólica, aprendió a aceptar aquello mucho antes que el propio Gement Vitae.
Había días en los que observaba a los demás hijos de enviados interactuar entre ellos y sentía una punzada imposible de describir. No era exactamente envidia. Era algo más silencioso, más triste. Una especie de nostalgia por algo que jamás había tenido. Veía a Circle correr descalza por los bosques, veía a Passer jugar distraídamente con su reloj entre los dedos, veía a Noctis entrenar hasta el agotamiento o a Electus caminar con esa elegancia fría que parecía heredada directamente de Dei Virtute. Todos ellos existían de una manera tangible. Ocupaban espacio. Dejaban huellas en el barro. Respiraban el mismo aire que el resto del mundo.
Aetena no.
A veces atravesaba accidentalmente los objetos cuando perdía concentración. Otras veces las personas parecían olvidar que estaba allí apenas dejaban de mirarlo. Su presencia era inestable, como una llama luchando contra el viento.
Y aun así sonreía.
Porque había aprendido algo importante observando a su padre durante tantos años: el dolor se volvía más soportable cuando uno fingía que no dolía tanto.
Así que Aetena sonreía constantemente.
Sonreía cuando los recipientes mágicos fallaban. Sonreía cuando otros niños lo observaban con incomodidad. Sonreía cuando veía frustración en los ojos de Gement Vitae después de otro intento fallido. Incluso sonreía cuando sentía que su propia existencia se debilitaba por momentos, como si el universo mismo todavía estuviera decidiendo si realmente debía estar allí.
Quizás por eso se volvió tan querido entre algunos de los otros hijos de enviados.
Porque era imposible ignorar la ternura de alguien que hacía un esfuerzo tan desesperado por hacer sentir cómodos a los demás incluso cuando él era quien más sufría.
Pero también había algo inquietante en Aetena Juventa.
Porque quienes lo observaban demasiado tiempo terminaban comprendiendo una verdad incómoda: detrás de esa calma existía alguien que convivía constantemente con el miedo a desaparecer.
Y vivir de esa forma cambiaba a las personas.
Aetena creció observando una vida de la que jamás podía formar parte realmente. Mientras los demás hijos de enviados corrían por los bosques, aprendían habilidades, discutían entre ellos o descubrían lentamente quiénes querían ser, él existía en una especie de distancia perpetua respecto al mundo. Veía todo. Escuchaba todo. Pero nunca lograba pertenecer a nada.