El Mensaje De Los Enviados

Capítulo 8: Aetena Juventa

La gente llenaba los silencios desesperadamente, como si el vacío los aterrara. Inventaban historias, confesaban secretos, presumían riquezas o hablaban de sus desgracias personales únicamente porque él los observaba con esa falsa mezcla de melancolía y comprensión que tanto parecía fascinarles.

Y Aetena comenzó a divertirse.

Ya no asistía a aquellas reuniones únicamente por conveniencia. Había algo entretenido en caminar entre cientos de personas y saber que ninguna comprendía realmente quién era él. Lo miraban como a un artista sensible y atormentado cuando en realidad seguía sintiéndose más cercano a un depredador observando un rebaño.

Aprendió secretos políticos sin proponérselo. Descubrió matrimonios infelices, negocios corruptos, amantes ocultos y rivalidades familiares que podían destruir dinastías enteras. La nobleza vivía obsesionada con las apariencias, pero bajo aquella superficie elegante todo estaba podrido.

Y cuanto más veía, menos respeto sentía por ellos.

Había hombres que hablaban de honor mientras planeaban arruinar familias enteras por dinero. Mujeres que fingían bondad mientras destruían socialmente a cualquiera que amenazara su posición. Padres que trataban a sus propios hijos como herramientas políticas. Personas capaces de sonreír mientras deseaban la muerte de quien tenían sentado al lado.

Los humanos eran fascinantes.

Hermosos y miserables al mismo tiempo.

A veces, durante aquellas noches interminables, Aetena se quedaba observando los salones abarrotados mientras la música continuaba sonando de fondo. Las risas. Las conversaciones superpuestas. El sonido de los cubiertos chocando suavemente contra platos caros. Todo parecía tan vivo que resultaba hipnótico.

Y sin embargo, él seguía sintiéndose diferente.

Podía imitarlos perfectamente. Sonreír como ellos. Beber como ellos. Hablar como ellos. Incluso emocionarlos mejor que cualquier humano real.

Pero en el fondo continuaba siendo algo ajeno.

Algo que había aprendido demasiado sobre las personas observándolas desde afuera.

Y quizás por eso comenzó a entender algo peligroso.

Si manipular a unos pocos nobles era tan sencillo...

Entonces manipular al reino entero probablemente también lo sería.

En una de tantas cenas organizadas por la nobleza, Aetena terminó sentado junto a una joven heredera que no debía superar los veinte años. Llevaba un vestido azul oscuro cubierto de pequeños bordados plateados y una expresión agotada que no coincidía con la sonrisa elegante que intentaba sostener frente al resto de los invitados. Había bebido más de la cuenta y eso volvía torpes los filtros que normalmente separaban los pensamientos de las palabras.

Al principio habló de cosas insignificantes. Comentarios vacíos sobre música, arte y otras personas de la corte. Pero lentamente comenzó a desviarse hacia temas más personales. Criticó a varias familias importantes, se burló de ciertos acuerdos políticos y terminó confesando detalles privados que claramente no debía compartir con nadie.

Entonces, de repente, pareció darse cuenta de cuánto había hablado.

La joven soltó una risa nerviosa mientras bajaba la mirada hacia su copa.

—No sé por qué le cuento estas cosas...

Aetena la observó unos segundos antes de responder con aquella voz suave y melancólica que tantas personas parecían incapaces de resistir.

—Porque necesitaba que alguien la escuchara.

La reacción fue inmediata.

La tensión abandonó los hombros de la joven casi al instante, como si aquellas palabras hubiesen validado algo que llevaba demasiado tiempo guardando. Lo miró con una mezcla de alivio y vulnerabilidad que Aetena comenzaba a reconocer perfectamente. Era la expresión de las personas cuando sentían que finalmente alguien las comprendía.

Y entonces habló todavía más.

Confesó secretos de media corte entre susurros avergonzados. Comentó romances ocultos, disputas familiares, acuerdos económicos ilegales e incluso rumores relacionados con miembros cercanos al rey. Lo hacía acercándose apenas hacia él, como si compartieran algo íntimo y especial en medio de aquella multitud elegante.

Aetena apenas intervenía.

Solo asentía de vez en cuando.

La observaba con atención.

Y dejaba que el silencio hiciera el resto.

Aquello comenzó como un simple entretenimiento. Nada más. Una manera curiosa de estudiar mejor a los humanos mientras disfrutaba de las ventajas de su nueva vida. Le divertía comprobar lo fácilmente que las personas se destruían solas cuando alguien sabía decir exactamente lo necesario.

Pero poco a poco empezó a cambiar.

Porque escuchar secretos despertó en él algo distinto.

Algo más peligroso.

Una noche, después de abandonar una de aquellas fiestas interminables, caminó bajo la lluvia por calles silenciosas mientras las luces de las mansiones comenzaban a apagarse una por una. El vino aún permanecía tibio en su cuerpo y la emoción de la velada seguía recorriéndole el pecho. Recordó entonces a un noble particularmente insoportable que había pasado horas presumiendo una pequeña colección de joyas familiares frente a todos los invitados.

Había hablado de ellas con tanta arrogancia que incluso parecía disfrutar provocando envidia.

Aetena recordó cada detalle.

La ubicación de la casa.

La distribución de las habitaciones.

La forma en que el hombre había mencionado, sin darse cuenta, dónde guardaba las llaves.

Y antes de realmente pensarlo demasiado, terminó frente a aquella mansión.

La lluvia golpeaba suavemente las ventanas mientras el silencio envolvía el lugar completo. Aetena atravesó el jardín con tranquilidad absoluta. No sentía miedo. Más bien curiosidad. Como si estuviera probando algo nuevo únicamente para descubrir qué se sentía.

Entró sin dificultad.

Después de todo, los humanos hablaban demasiado.



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En el texto hay: aventura, amor, brujas

Editado: 26.08.2026

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