El Mensaje De Los Enviados

Capítulo 9: Aetena Juventa

La residencia era hermosa, sí. Impresionante. Incluso fascinante para cualquiera que la visitara. Pero no lograba llenar aquella sensación constante de hambre silenciosa creciendo dentro de él. A veces recorría los enormes salones intentando convencerse de que aquello era suficiente. Observaba las pinturas, las esculturas, las telas caras, las velas iluminando el mármol y el oro, y aun así sentía algo profundamente incorrecto escondido debajo de toda aquella perfección cuidadosamente construida.

Como si nada de aquello realmente le perteneciera.

Una noche particularmente silenciosa, permanecía observando una de sus adquisiciones más recientes. Era una pintura antigua comprada a un noble arruinado que había vendido media colección familiar para cubrir deudas de juego. El cuadro representaba a una mujer sentada frente al mar con una expresión de tristeza insoportablemente humana. Había algo en sus ojos que lo perturbaba desde el momento en que la vio.

Aetena sostenía una copa de vino inmóvil entre los dedos mientras contemplaba la obra bajo la luz tenue de varias velas.

Y entonces lo sintió.

Algo se movió dentro de él.

No fue un sonido ni una voz clara. Fue peor. Una sensación. Una presión repentina naciendo desde el fondo de su mente, como si algo hubiese despertado lentamente después de permanecer enterrado demasiado tiempo.

La mano que sostenía la copa tembló apenas.

Aetena frunció el ceño inmediatamente.

El movimiento no había sido voluntario.

Intentó cerrar los dedos con más fuerza alrededor de la copa, pero el temblor regresó. Esta vez más fuerte.

Entonces llegó el dolor.

No fue físico al principio. Era una presión insoportable detrás de los ojos, como si algo intentara empujar desde el interior de su propia conciencia. Una sensación ajena moviéndose dentro de él. Viva. Desesperada.

—No... —susurró entre dientes mientras apoyaba una mano sobre la mesa más cercana.

La presión aumentó de golpe.

El cuerpo entero se tensó violentamente y la copa cayó al suelo rompiéndose en decenas de fragmentos oscuros sobre el mármol. Aetena respiró agitadamente mientras intentaba recuperar el control de sus propios movimientos.

Pero algo seguía luchando dentro.

Y él sabía perfectamente qué era.

El verdadero dueño del cuerpo.

O al menos lo que quedaba de él.

Durante mucho tiempo aquella presencia había permanecido silenciosa, reducida apenas a una incomodidad lejana perdida en el fondo de su mente. Aetena había llegado a convencerse de que eventualmente desaparecería por completo. Que la conciencia del muchacho terminaría desgastándose hasta convertirse en nada.

Pero estaba equivocado.

La notoriedad creciente, las emociones intensas, las actuaciones constantes y el peso psicológico de aquella vida parecían estar despertando algo que nunca dejó de existir del todo.

Una memoria viva atrapada bajo capas y capas de invasión.

El dolor explotó nuevamente.

—¡Basta! —gritó Aetena golpeando la mesa con violencia.

Un frasco de tinta cayó al suelo derramándose sobre las alfombras claras como sangre oscura. Varias hojas salieron volando mientras el eco del golpe recorría el enorme salón vacío.

Aetena respiraba agitadamente.

Por un instante sintió sus propios dedos negándose a obedecer.

La mano izquierda se movió apenas hacia atrás sin que él lo ordenara.

Solo un segundo.

Pero bastó para llenarlo de terror.

Porque entendió algo horrible: no tenía un control absoluto.

Retrocedió lentamente hasta apoyarse contra la pared mientras apretaba los dientes intentando estabilizarse. El dolor seguía latiendo detrás de sus ojos como un animal golpeando desde dentro.

—No eres real... —murmuró en voz baja—. No eres real...

Repitió aquellas palabras una y otra vez, casi como una plegaria desesperada. Pero cuanto más intentaba convencerse, más fuerte parecía sentirse la presencia atrapada dentro del cuerpo.

A veces no eran más que pequeños episodios.

Un temblor involuntario.

Un movimiento erróneo.

La sensación de escuchar pensamientos que no le pertenecían del todo.

Pero otras veces era peor.

Había momentos en los que el cuerpo simplemente dejaba de responderle durante segundos enteros. Instantes breves pero insoportablemente aterradores donde sentía que sus propios músculos dudaban antes de obedecer sus órdenes. Como si otra voluntad intentara desesperadamente emerger desde el fondo de aquella prisión mental.

Y aquello comenzó a obsesionarlo.

Porque Aetena había robado muchas cosas desde que obtuvo un cuerpo.

Pero la única cosa que verdaderamente le aterraba perder era precisamente aquello que nunca había sido suyo para empezar.

El cuerpo, su cuerpo o al menos el cuerpo que ya sentía como suyo.

Pasó largos minutos respirando lentamente frente a la pintura mientras intentaba recuperar la compostura. El salón seguía completamente vacío, iluminado únicamente por las velas y el reflejo oscuro de la tinta derramada sobre el suelo.

Pero la residencia ya no se sentía igual.

Por primera vez desde que comenzó aquella nueva vida, Aetena comprendió algo profundamente inquietante.

No estaba solo dentro de sí mismo.

Y quizás nunca lo había estado.

La residencia resplandecía aquella noche bajo una cantidad absurda de velas. Los candelabros derramaban luz dorada sobre los enormes salones mientras decenas de invitados recorrían las galerías lentamente, como si temieran romper algo invisible al hablar demasiado alto. El aroma a vino, humo y perfume costoso se mezclaba con la madera antigua y el barniz fresco de algunas pinturas nuevas. Afuera llovía suavemente, y las gotas golpeaban los ventanales altos con una cadencia hipnótica que parecía acompañar la música tenue de los intérpretes contratados para la ocasión.

Aetena caminaba entre los presentes con una elegancia perfectamente ensayada, sosteniendo una copa entre los dedos mientras recibía elogios constantes. La alta sociedad lo observaba con fascinación genuina. Algunos lo admiraban, otros le temían un poco, aunque no entendían exactamente por qué. Había algo en él que resultaba difícil de explicar. No era solo talento. Tampoco belleza. Era una sensación incómoda, como mirar demasiado tiempo una puerta apenas entreabierta.



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En el texto hay: aventura, amor, brujas

Editado: 26.08.2026

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