Amaba mi trabajo.
Simplemente debía correr como el viento, sintiéndose más libre que nadie rompiendo los límites estatales para brindar aquella conexión que tanto disfrutaba.
Pasar de diferentes lugares a diferentes lugares por una carta, un mensaje, un telegrama, un hechizo de amor.
Sin duda amaba mi trabajo.
Sin embargo estoy aquí. El Castillo del duque San Cristóbal, que ahora pasó a ser un hospital. Postrado en una cama, después de un incidente para nada misterioso.
Un camionero había recibido un comentario en su central sobre desviarle un poco a la derecha por el empinado camino de San Ignacio, para evitar aquellos baches incómodos que podrían afectar la carga. Pero el conductor no lo hizo por completo, ante el primer bache se movió, las tensas cuerdas cedieron y una tonelada de troncos cayeron rodando colina abajo, llegaron a un pueblo donde dos farolas detuvieron a aquellos imponente troncos.
De la impresión el señor Lucrecio pisó el acelerador, chocó con el viejo auto, sin frenos, de la señora Oriana y que se deslizó frente a un parque, provocando que un niño de la impresión suelte su helado.
Al final, me resbalé y caí a la calle para sentir como pasaban por sobre mis piernas, dos autos enormes, y tres troncos que lograron repasar aquellos firmes faroles de hierro.
Aquellas bellas enfermeras y los serios doctores me explicaron que fue un milagro que pudiera caminar hasta ese momento, y que mis padres deberían estar honrados de aquel milagro que me permitía ponerme de pie. Por ello me dieron el alta aunque me pidieron quedarme un día más para un último chequeo. Seguramente estaban viendo si era alguna obra de “la tensión del Hallyuls”.
Era peligroso porque podía ser algo así como una pérdida en la vocación, y no quería perder mi propia vocación.
Ese día estaba tranquilo, mientras cerraba los ojos. Podía escucharlo todo en este estado, el suave aleteo y la agradable brisa me relajaba. Los pasos se acercaron a mi habitación, y abrí los ojos, buscando a quien entraba.
Pero no había nada, al menos estaba creyendo eso hasta que la puerta se abrió sola. Confundido me levanté, y solo necesité dar un paso.
Un peso agobiante me doblegó. Caí perdiendo mi enfoqué. Todo era negro, podía sentir la desesperación en ese ambiente. Miles de imágenes terribles, el fuego negro doblgenado las casas, la tierra muerta y agrietada, la muerte misma en sus diversas formas, y el corazón de la ciudad, nuestra bella estatua de los caballeros quebrada en pedazos putrefactos.
Un humo de gris intenso, hundió mis pulmones y los secó.
Todas ellas expresando una angustia y expandiendo ira, dolor y una desgarradora desesperanza.
Podía ver el cielo negro, las bestias a mi alrededor y una brillante luz que me instó a estirar mis brazos, querer tomarla.
Y la alcancé.
Sentí la paz que transmitía, y entonces…
Desapareció entre mis dedos como si se volviera polvo.
Y cuando abrí los ojos, el hospital seguía ahí…volví a la realidad.