No pude pensarlo demasiado, pero mi lengua moría en cada intentó por verbalizar lo que ocurría.
Las hadas enfermeras estaban a mi alrededor, preocupados por lo que me había pasado. Me levanté temblando, intentando salir de la confusión, mientras gateaba a tomar algo firme para ponerme de pie. Mis piernas temblaban.
—Mi trabajo.
Contesté sin saber qué más decir, para que me entendieran, ni siquiera podía pensar en lo que ocurría.
—Debo entregar un mensaje.
Intenté avanzar, no podía creer que esto estaba pasándome ahora, mis piernas tenían miedo, así que el primer trecho lo hice lento. Por dentro estaba preocupado, pero no podía dejarme vencer.
«Amo mi trabajo» pensé mientras empezaba a caminar, y luego a correr con fuerza.
Aún las imágenes estaban en mi cabeza, no sabía a quién debía encontrar para decírselo, pero el cosquilleo en mi mano me hizo entender.
—Debe estar en este hospital.
Dije sin poder evitarlo.
Mi recuperación había sido exitosa, pero aun así no servía de nada si no pude correr como debía. Las máquinas de este lugar no eran muy compatibles con mi propia velocidad.
A mi lado me crucé con una ancianita en silla de ruedas, me preocupé por casi chocarla.
Las crudas imágenes se repetían en bucle por mi mente, y me detuve cuando vi aquella pared con la gran cruz de cristales rojos. Me detuve, con mucho esfuerzo, ese lugar sería el primero en caer.
Baje la mirada. No podía decir nada, el mensaje no era para ellos. Aun así, no podía dejarlos ahí.
Caminé hasta la recepción, sintiendo que el aire se espesaba.
—Disculpe, pero debe hacer que todos salgan de aquí.
La mujer me miró apenas, como quien recibe un comentario sin importancia, y siguió escribiendo en su cuaderno.
«No entienden… no pueden entender», pensé mientras el cosquilleo en mi mano se hacía insoportable. El mensaje original no iba para ellos, por lo que se escuchaba entrecortado o con estática. Maldición, tampoco podía dar indicios de a qué me refería, sería todo un problema.
—¡Por favor! —insistí, acercándome más, pero era como hablarle a una pared.
El murmullo del lugar me pareció un zumbido insoportable, como si todos estuvieran a punto de reírse en mi cara. Mis dedos temblaban. Si no se iban ahora, no habría tiempo.
Vi a la anciana en silla de ruedas avanzar lentamente, empujada por una enfermera joven. Era tan frágil que parecía a punto de deshacerse.
Y en ese momento algo dentro de mí hizo clic.
Me puse delante de ellas.
—Lo siento —susurré para mis adentros, como si eso fuera suficiente
En un solo movimiento, empujé a la enfermera hacia atrás, y tomé la manguera de oxígeno que colgaba del respaldo. La pasé alrededor del cuello huesudo de la anciana, sin apretar, pero lo suficiente para que todos lo vieran.
—¡Alto! —grité, con la voz quebrada.
La enfermera estaba paralizada.
—¡Solo lo diré una vez! —añadí, sintiendo el sudor recorrerme la espalda—. ¡Se van de aquí o la mato!
Mis manos no dejaban de temblar, pero sabía que la imagen bastaría para asustarlos.
Nadie se movió al principio… hasta que una madre tomó a su hijo de la mano y salió. Otro la siguió. Y otro.
En menos de diez minutos, el vestíbulo quedó casi vacío.
Empujé suavemente la silla hacia la salida, susurrándole a la anciana:
—Perdóneme… por favor.
Cuando ella cruzó la puerta, la cerré con fuerza y puse el cerrojo.
Ahora sí estaba solo.
Ahora podía empezar.
Observé a mi alrededor. Necesitaba ahorrar más tiempo, estaba en una misión, y me acerque a recepción.
El castillo era bastante viejo, fue construido como una fortaleza en la batalla de los mil y medio Arces, así que era inmenso.
Pero el mensaje debía ser entregado. Me sobresalte cuando buscando por los registros caían al piso, y encontré el único amarillento y enrollado.
—El pergamino.
Y sonreí agradecido de ser el mensajero, Hallyuls siempre sabía qué hacer cuando llegaba al borde del abismo. No necesitaba desplegarlo, sabía que era lo que necesitaba.
Ahora.
Tenía otra misión.