El mensajero

El Amareth es perfecto

Salí corriendo a cerrar las otras entradas. Intentaba que al menos funcionara como un muro y retrase un poco toda la situación. Me quedé frente a aquella cruz roja, y luego suspiré apretando el pergamino guía del castillo.

«Puedo hacerlo» pensé para darme ánimos.

Cuando me aseguré de que cada puerta esté cerrada en mi pasillo, salí de aquella torre. Miré el cielo, hace tanto que no estaba afuera por mi accidente, que era una belleza sentirlo tan cerca y lejos al mismo tiempo.

No había nadie a mi alrededor. Así que sonreí con entusiasmo.

Para un mensajero como yo, un camino sin obstáculos, ni distracciones se vuelve un regalo: porque puedes ir a la velocidad que quieras.

Salte dos o tres veces, para calentar, abría el pergamino mientras lo hacía para asegurar el camino. Y de inmediato me puse a correr.

Y entonces durante mi camino, pude observar las torres. Siete torres con largos pasillos, inmensas cámaras, miles de lugares, sin embargo podía sentir a donde tenía que ir. Como colosos dormidos buscando el momento perfecto para defender nuestra tierra.

—Parece un cliché —dije viendo de lejos a la imponente torre del Northe, la principal joya de la familia guerrera Northerian.

Inmediatamente guié mis pies por aquella línea imaginaria que solo podía sentir cuando tenía que hacer una entrega.

Cuando giré para evitar el bosquecillo frondoso frente a la entrada trasera de la torre, sentí algo.

Fue tan rápido que apenas pude identificarlo, hasta que sentí mi mejilla húmeda.

«Raro. Yo no sudo» pensé hasta que unas grandes manos me arrastraron detrás de una pared. Y vi que eran hadas y enfermeras asustadas. Una de ellas me reprendió mientras ponía un pañuelo en mi mejilla. Cuando empezó a picar, supe que no era sudor lo que sentí.

Sangre.

—Debes tener cuidado, estamos… pasando por problemas aquí —me advirtió una hada con trenzas por todo el cabello.

—Por ahora los pacientes tienen restringida está área.

Aquella sentencia me dejó preocupado. Algo dentro de mí decía que aquella línea invisible me guiaba por el bosquecillo. Apreté mis manos en la yerba.

—Lo siento, pero no soy un paciente. Soy un mensajero —aseguré algo desganado.

Amaba mi trabajo, pero a veces Hallyuls tenía formas incomprensibles de comportarse, pero los mensajes deben ser entregados. Y, por el único lado bueno que podía ver, si atravesaba aquel bosquecillo podría llegar más rápido que rodeandolo.

—No lo entiendes, tenemos una plaga —explicó un hada molesta—. Murciélagos de sangre negra, en cada rama de aquel bosquecillo. No sabemos de donde salieron, pero son peligrosos, y no puedes acercarse así.

—Antes de que dieras un paso, podrían hacerte pedacitos y alimentarse por un mes.

—Mensajero —dije una enferma ciega preocupada y tomó mis manos como intentando buscar en mí alguna voluntad para detener mi trabajo—. Estamos preocupadas, por favor. No morirás, porque Hallyuls tiene algo en ti, pero sufrirás mucho. ¿Vale la pena?

Aunque quería decir que quería quedarme, ayudarlas a salir con mi velocidad, no podía hacerlo. Tampoco ellas eran receptoras del mensaje, no podía decirles nada.

Las horribles imágenes del mensaje llenaron mi cabeza, lo que antes no podía distinguir se hizo más visible, los murciélagos de sangre negra irían a ser una plaga que arrasaron con los indigentes, los niños, e incluso algunos podrían hasta robar bebés.

Y suspiré.

—Gracias por su preocupación —contesté con gracia teatral. Tal vez sin fingía podría engañarme a mí mismo—. Pero soy un mensajero. Es mi trabajo conectar no solo a los seres vivos, también ayudó a tejer el manto de Hallyuls —sonreía mientras soltaba sus manos—. Deberían abandonar este lugar, y llévense a los bebés.

No podía dar indicios. Ellas no eran las que debían recibir el mensaje.

Di mis saltos, lo necesitaba para sacarme el miedo de las piernas. No quería sufrir algún tipo de parálisis.

Y entonces corrí.

No iba a negar que lo primero que sentí fue un corte en la cara. Quise cerrar mis ojos, pero no podía ver el camino, y el bosquecillo era muy peligroso, traicionero y resbaloso, no quería arriesgarme a resbalar y caer noqueado.

Eran como pequeñas navajas de aire. No tenía tiempo para esquivarlo, así que solo avancé. Cubrí mi frente con mis brazos, y así pude ver el camino más o menos mientras los innumerables ataques se volvían más rápidos y calculados.

Los murciélagos de sangre negra son criaturas del mal que tienen como naturaleza empalar a sus víctimas si son pequeñas, y de despedazar con sus afiladas alas a los demás. Me empecé a sentir cansado, la sangré empezaba a llegar a mis ojos. Mi respiración se sentía pesada por el dolor.

Me costaba respirar como si hubiera corrido hasta el fin del mundo.

Cuando uno de esos murciélagos voló tan cerca de mis ojos que casi pudo cortarlos como dos uvas maduras. Lo esquivé y caí rodando al piso húmedo. El picor por la tierra en mi piel abierta por los cortes, pero no podía dejar de avanzar, solo me detuve cuando mi cabeza golpeó algo.

Y solo con eso, bajé los brazos y sonreí.

Una puerta de madera.

La torre de Northe. Majestuoso, vivo, peligroso y con un potencial aterrador, se alzaba frente a mi, como si fuera a entrar a algún mundo de fantasía. El coloso creado de las cenizas volcánicas y la ira de la familia a la que representaba.




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