Aquella torre se alzaba frente a mí, sombría y majestuosa.
Y, sin embargo… estaba iluminada.
Me giré hacia el cielo, esperando verlo igual que hace unos minutos. Pero no: los tonos anaranjados y rosados ya asomaban, como si el día estuviera muriendo antes de tiempo.
«No puede ser… debería oscurecer dentro de horas». El pensamiento se me clavó como una espina.
Empujé la puerta con una mueca de dolor. El interior era una reliquia viva: paredes de piedra negra pulida, estandartes raídos, el olor a hierro viejo y polvo. Solo guerreros, eruditos o curiosos sabrían entender que aquello era un lugar sagrado.
Mientras subía los primeros escalones, sentí algo extraño: un calor reptando por mi columna, ascendiendo por las vértebras hasta anclarse en la nuca, como si una mano invisible me guiara… o me empujara hacia adelante.
Afuera, un manto oscuro devoraba las nubes y se extendía como un monstruo colosal, cerrando el cielo. Mi tiempo se acababa.
La piedra fría de las escaleras me tranquilizaba, pero cada paso abría mis heridas.
Al llegar al segundo piso, di un par de saltos y corrí, para intentar ignorar el dolor.
Y entonces… volví al segundo piso.
Me detuve, confundido.
«¿Qué demonios…?»
Corrí otra vez.
Segundo piso.
Respiración agitada.
Otra vez.
Segundo piso.
El aire se espesaba. El eco de mis pasos parecía venir de todas partes.
El sudor frío me resbalaba por la espalda mientras veía cómo las escaleras cambiaban de lugar frente a mis ojos, como si jugaran conmigo. Y cuando alcé la mirada, entendí que no era solo mi imaginación: el techo, las paredes… todo el espacio se movía.
Corrí en otra dirección, casi sin pensar, y caí de bruces sobre el techo de una habitación. El golpe me arrancó un gruñido, pero al incorporarme sentí un alivio tan puro que me mareó: había escapado del bucle.
Y allí estaban.
Un mago de túnica azul, barba trenzada y ojos como brasas.
Un hada de alas negras como obsidianas, rodeada de motas de luz roja que flotaban como chispas vivas.
Una hechicera de hielo que exhalaba nubes heladas, y cada una dejaba una escarcha perfecta sobre el suelo.
Un titán de lava, su piel abierta en grietas incandescentes que latían como un corazón expuesto.
No sabía quiénes eran.
No sabía qué hacían ahí.
Pero mirarlos me relajó… como el arrullo de una madre después de una pesadilla.
Un pulso sacudió el aire. Lo sentí en cada célula.
El receptor estaba cerca.
Di un paso… y la realidad me escupió al suelo. El golpe me arrancó astillas en la piel, pero no me importó. La sangre palpitaba en mis oídos.
Y entonces ocurrió: mis ojos se tiñeron de un dorado cálido, y los hilos de Hallyuls se desplegaron frente a mí como si hubieran estado ahí siempre. Ondulaban, brillando con una luz que quemaba y atraía a la vez.
Cada hilo vibraba, tensándose hacia una puerta. El destino entero respiraba en ese instante.
Arrastré un pie, apoyándome en la pared, y empujé aquella puerta con ambas manos.
El nombre estaba claro.
Solo él podría salvarnos.