Soria. El terror de todo mensajero.
Un mensaje innegable, tejido directamente por el Hallyuls en la urdimbre del destino. No era solo un papel, una palabra o una orden: eran las ruedas invisibles que movían el porvenir entero, y siempre lo hacían… con un precio.
Incluso los más veteranos evitaban pronunciarlo en voz alta, porque un Soria no siempre traía salvación. El Hallyuls guiaba, sí… pero también sabía arrastrar a la oscuridad más profunda. Pocos lo entendían. Muchos preferían ignorarlo. Todos temían su precisión.
Yo lo sabía. Lo había estudiado desde joven, como quien memoriza un veneno por si algún día lo ve en su copa.
Y ahora estaba aquí… con uno en las manos.
La puerta blanca frente a mí parecía más alta de lo normal. La empujé con una mano temblorosa, sintiendo cómo el eco se tragaba el sonido de las bisagras.
Dentro, el caballero Siricus.
“El hombre que hizo retroceder al ejército del Fuego Eterno.”
“El Escudo del Norte.”
Pero sobre todo, “La luz cálida de la vida”, título concedido por nuestro rey.
Sentado, sin armadura, aún se alzaba como una montaña viva. Dos metros de músculo endurecido por batallas que mi imaginación apenas podía reconstruir. Cicatrices que hablaban de cruzadas imposibles, heridas que parecían cicatrizar solo para abrirse de nuevo, sacrificios que otros hombres jamás podrían soportar.
Y sus ojos… oscuros, valientes, fijos en mí como si ya supiera que traía algo que no quería escuchar.
Tragué saliva.
—Señor Siricus —dije, con la voz intentando no quebrarse—, caballero reconocido por nuestro altísimo rey como “La luz cálida de la vida”… soy el mensajero.
No esperé su respuesta; no podía. Si me detenía, perdería el coraje.
—Por el nombre del rey… Hallyuls ha enviado un Soria para usted.
Siricus no se movió.
Solo asintió una vez, como si estuviera preparado para recibir cualquier cosa… menos lo que iba a decir.
El Soria latía en mi mente, y cada palabra me arañaba por dentro antes de salir:
—Se oscurecerá el cielo… como si el sol abandonará la esperanza.
—…
—La naturaleza tomará su venganza, derrumbando las obras de los insolentes humanos —mis manos temblaban; veía pueblos ardiendo, muros quebrándose como huesos secos—. La corona de tu líder… —tragué saliva— …yacerá abandonada en un charco carmín, y ese río de sangre guiará los pasos hacia una redención que nadie pidió.
Siricus apretó los puños. No me interrumpió.
—Las navajas aéreas… serán domadas. Seguirán la voz del abismo y reclamarán lo que se les fue arrebatado, con una sed de venganza que no morirá jamás. —Los murciélagos de sangre negra aleteaban en mis visiones, cubriendo el cielo como una plaga viviente.
El último hilo de voz me salió casi como un suspiro:
—Y la encarnación de la maldad caminará… apagando la luz de la esperanza.
Un silencio pesado como piedra se instaló entre nosotros.
Siricus se inclinó hacia mí, con un brillo duro en la mirada.
—Has cometido un error, mensajero. —Su voz retumbó como un trueno—. Tus pasos han traído… al Allyar.
No entendí la frase… hasta que algo dentro de mí sonrió.
No yo.
Algo más.
El aire se volvió espeso, como si respirara dentro de agua podrida. Un frío insoportable se deslizó por mi columna y, de pronto, sentí manos… manos heladas hundiéndose en mi espalda, atravesando carne, nervios y huesos como si fueran agua.
Quise apartarlas, pero se aferraron a mi columna y tiraron.
Un dolor eléctrico me atravesó entero, y mi brazo derecho se arqueó de manera antinatural, los huesos crujieron bajo la piel como ramas secas partiéndose. Las venas se hincharon y ennegrecieron, y las uñas crecieron rápido, rompiendo la carne en su base hasta volverse garras curvas.
—¿Q… qué…? —balbuceé, pero mi voz sonó doble: la mía y otra más grave, más antigua, que vibraba como un eco profundo en una caverna sin fondo.
La oscuridad empezó a escurrirse por las paredes, reptando hacia nosotros como una marea viva, impregnando cada piedra con un susurro que no entendía, pero que reconocí en lo más primitivo de mi ser.
Siricus alzó su espada, pero ya era tarde.
Sentí como si alguien metiera los dedos en mis tendones y los moviera como cuerdas. Mi brazo, no, su brazo, se lanzó hacia adelante con una velocidad imposible, y las garras atravesaron el pecho del caballero.
El sonido fue seco, húmedo, asqueroso, como arrancar raíces profundas de un pantano. El calor de su sangre me empapó la cara y el cuello, espeso, hirviente.
Siricus me miró una última vez, no con odio… sino con lástima. Luego su cuerpo se desplomó, pesado como un árbol talado, tiñendo el mármol de rojo.
La fuerza que me movía me soltó de golpe.
Retrocedí, temblando, y vi mi mano: seguía deformada, negra, con garras aún goteando.
Parpadeé, y volvió a ser normal… pero la sangre seguía ahí.
Me giré, buscando respuestas, y las encontré en el espejo alto junto a la cama.
Lo vi.
El Allyar.
Labios negros. Ojos como pozos sin fondo. Una sonrisa de dientes imposibles.
No escuché nada. El mundo entero estaba mudo.
Pero entendí perfectamente lo que sus labios pronunciaban:
"Es hora de llevar nuestro mensaje… mensajero del fin del mundo."
Fin.