El misterio de Alphonse

Capítulo 1 | Secretos Enterrados

La oscuridad lo envolvía como una manta húmeda. Alphonse sentía que flotaba en un vacío interminable cuando, de pronto, una luz roja e intensa atravesaba las sombras. No era un sueño cualquiera — era un recuerdo que regresaba con la fuerza de un relámpago.

Abrió los ojos y se encontró de nuevo en la sala de estar de su infancia, pero todo era distinto. El aire olía a hierro y a algo podrido. Por la ventana, el cielo había adoptado un tono carmesí profundo, como si el mismísimo firmamento sangrara. Las nubes se arremolinaban pesadas, cargadas de una amenaza invisible.

—¿Qué es eso...? — murmuró el pequeño Alphonse, con la voz temblorosa.

Las gotas comenzaron a golpear los ventanales con fuerza, pero no eran gotas comunes. Eran gruesas, viscosas, de un rojo intenso que al chocar contra el cristal dejaba rastros oscuros, como si la casa estuviera siendo salpicada con sangre celestial.

De repente, una mano cálida se posó sobre su hombro. Era su padre, Benjamin, pero su rostro no mostraba la calma habitual. Estaba pálido, con los ojos brillantes de una emoción contenida.

—Alphonse, hijo mío — dijo Benjamin con voz ronca, arrodillándose frente a él —. Hubiera querido tener más tiempo... mucho más tiempo para explicarte todo. Sobre nuestra familia, sobre este reloj, sobre el peso que algún día tendrás que cargar.

El pequeño lo miró, confundido, mientras su padre desabrochaba el reloj de su chaleco y lo colocaba en sus pequeñas manos. El metal aún conservaba el calor del cuerpo de Benjamin, pero también vibraba con una energía extraña, casi viva.

—Cuando yo ya no esté, él te protegerá — susurró Benjamin, con una sonrisa triste —. Y algún día, lo entenderás todo. Pero ahora... ahora debes ir con mamá. Ella te llevará al lugar seguro.

—¿Papá, tú no vienes? — preguntó el niño, con los ojos llenos de lágrimas.

Benjamin lo abrazó con fuerza, como si quisiera retenerlo para siempre. Su voz era apenas un susurro al oído del pequeño:

—Debes ser valiente, Alphonse. Más valiente de lo que yo fui. Prométeme que cuidarás de mamá... y de este legado.

En ese momento, Charlotte apareció en la sala, con el rostro desencajado por el miedo. Benjamin se puso de pie y la tomó entre sus brazos, besándola con una ternura desgarradora.

—Cuídalos a ambos — le dijo al oído —. No importa lo que pase, no dejes que lo tomen.

Charlotte asintió en silencio, las lágrimas rodando por sus mejillas. Luego, con una determinación feroz, tomó la mano de su hijo.

—Vamos, cariño. Rápido.

Cruzaron el pasillo en penumbras, sus pasos apresurados resonando en el silencio opresivo de la casa. El sonido de la lluvia roja golpeando los ventanales era como un redoble fúnebre. Charlotte lo guió por las escaleras, bajando hacia el sótano, donde una puerta oculta se abría tras un cuadro del ancestro fundador de la familia.

—Mamá... ¿papá va a estar bien? — preguntó Alphonse, con la voz quebrada.

Charlotte se detuvo un instante, mirándolo con una mezcla de dolor y orgullo.

—Tú sé valiente, mi amor. Eso es lo más importante ahora.

Llegaron al escondite: una pequeña habitación subterránea forrada de madera, con provisiones y una lámpara de aceite. Charlotte lo ayudó a sentarse en una manta, acunando su rostro entre sus manos.

—Escúchame bien — le dijo con voz firme —. No importa lo que escuches, no importa lo que ocurra... no salgas de aquí. El reloj te protegerá. Y cuando todo pase, busca a tu tío Auguste. Él sabrá qué hacer.

Las lágrimas corrían libres por el rostro de ambos. Charlotte lo abrazó con fuerza, como si quisiera transmitirle todo su amor en un solo gesto.

—Te quiero más que a nada en este mundo — susurró.

Luego, con paso firme pero el corazón roto, se dirigió hacia la puerta. Antes de cerrarla, se giró una última vez. En sus ojos había una determinación feroz, pero también un amor infinito.

—Sé valiente — repitió.

La puerta se cerró con un clic sordo.

Y en ese instante, el pequeño Alphonse abrió los ojos...

El sonido de la llave girando en la cerradura sacó a Alphonse de sus pensamientos. Cerró la puerta de su departamento con cuidado, asegurándose de echar el cerrojo. La luz tenue del farol de la calle se filtraba a través de las cortinas, proyectando sombras danzarinas en las paredes desnudas.

Se quitó el abrigo con movimientos mecánicos, colgándolo en el perchero de nogal que su madre había traído de la casa familiar. El tacto frío del metal le recordó el peso del reloj en sus manos de niño, aquella última conexión con su padre antes de que todo cambiara.

Alphonse se dejó caer en el sofá de terciopelo verde, frotándose las sienes con cansancio. El día había sido largo, pero no era eso lo que lo agotaba. Era el recuerdo que regresaba cada vez con más frecuencia, como si algo lo llamara desde las profundidades de su memoria.

Cerró los ojos, y de nuevo estaba allí: la casa envuelta en ese rojo siniestro, el rostro demacrado de su padre, las últimas palabras susurradas al oído. Sentía el peso del reloj en sus pequeñas manos, la promesa que había hecho a su madre sin comprender del todo su magnitud.

—Sé valiente...

Las palabras resonaban en su mente como un eco fantasma. ¿Lo había sido? ¿Haber aceptado ayudar a descifrar el diario del Sr. Aldrich era realmente una muestra de valor o simplemente una forma de escapar de la monotonía de su vida?

Se levantó y caminó hacia la ventana, apartando las cortinas con cuidado. Londres dormitaba bajo una neblina plateada, los faroles de gas creando halos difusos en la distancia. Todo parecía tranquilo, pero Alphonse sabía que bajo esa apariencia pacífica se escondían secretos que pocos podían imaginar.

Sacó el reloj de su chaleco, observando cómo la luz mortecina de la calle jugaba con sus engranajes dorados. Era idéntico al que su padre le había entregado aquella noche fatídica, aunque este no poseía el mismo poder. O al menos, no el mismo poder consciente.



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En el texto hay: thriller, suspense, miaterio

Editado: 03.06.2026

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