El misterio de Blackburn

Jazz y mentiras

El Blue Raven abría cuando la ciudad decidía fingir que el día había terminado. A las nueve en punto, las luces se atenuaban lo suficiente como para que los rostros se volvieran sugerencias y no certezas. El humo se quedaba suspendido como un telón cansado y la música —un saxofón que sabía llorar sin pedir permiso— marcaba el pulso de una noche que prometía verdades envueltas en mentiras elegantes.

Evelyn Blackburn entró sola.

No llevaba placa visible. No la necesitaba. En ese lugar, la autoridad se medía por la forma de sentarse, por el tiempo que alguien tardaba en pedir su primer trago, por la calma con la que sostenía la mirada. Evelyn pidió un whisky con hielo y se acomodó en la barra como si hubiera pertenecido allí desde siempre.

El pianista atacó una melodía lenta. El saxofón respondió. El diálogo musical era íntimo, casi indecente. Evelyn escuchó con atención, dejando que el sonido la cubriera como un abrigo. La música hacía eso: desarmaba a la gente.

—No parece usted del tipo que viene a olvidar —dijo el barman, limpiando un vaso que ya estaba limpio.

—Nadie viene a olvidar —respondió Evelyn—. Vienen a recordar sin consecuencias.

El barman sonrió, incómodo.

Evelyn observó el local con precisión quirúrgica. A la izquierda, una mesa con hombres de traje oscuro, risas medidas, manos que no se separaban de los vasos. A la derecha, una mujer con vestido verde y labios rojos que hablaba demasiado alto. Al fondo, un hombre solo, sombrero ladeado, mirada alerta.

El Blue Raven era un archivo vivo.

Evelyn sabía a quién escuchar.

Se levantó con el vaso en la mano y se acercó a la mesa de los hombres. No interrumpió. Esperó el momento exacto en que una risa se agotó.

—Disculpen —dijo—, ¿saben si el pianista toca pedidos?

Uno de ellos levantó la vista, sorprendido. La evaluó. Decidió.

—Depende del pedido.

—Algo lento —respondió Evelyn—. Para pensar.

La frase quedó flotando. Uno de los hombres rió.

—Eso es peligroso.

—Lo peligroso —dijo ella— es no pensar nunca.

Pidieron otra ronda. Evelyn no bebió. Escuchó.

Hablaron de negocios. De licencias. De un nombre que Evelyn reconoció al instante: un juez que había cerrado un caso demasiado rápido. Una secretaria que había firmado algo que no entendía. Un pago que nunca dejó rastro.

Evelyn memorizó cada palabra.

Cuando se alejó, dejó el vaso intacto.

Se sentó en una mesa más oscura, cerca del escenario. El saxofón lloraba ahora con menos pudor. Evelyn cerró los ojos un instante. Pensó en Walter Pierce. En Clara. En Arthur.

—Bonito lugar para perderse.

La voz era masculina, cercana. Evelyn abrió los ojos.

El hombre del sombrero estaba de pie frente a ella.

—O para encontrarse —respondió.

Él sonrió.

—No la había visto antes.

—Eso suele ser buena señal.

Se sentó sin pedir permiso.

—Frank Miller.

Evelyn sintió una mínima contracción en el estómago. No el detective. Otro Frank Miller. Demasiados hombres se llamaban así.

—Evelyn.

—¿A qué se dedica, Evelyn?

Ella dudó lo justo.

—Archivos.

—Siempre me parecieron peligrosos —dijo él—. Guardan lo que otros quieren olvidar.

Evelyn sostuvo su mirada.

—Alguien tiene que recordar.

Hablaron durante largos minutos. De música. De la ciudad. De lo fácil que era mentir cuando todos lo hacían. Frank hablaba demasiado cuando se sentía cómodo. Evelyn lo dejó sentirse cómodo.

—Hay gente que cree que este asesino es un loco —dijo él de pronto.

Evelyn no reaccionó.

—Yo no —continuó—. Creo que sabe exactamente lo que hace.

—¿Y eso le tranquiliza?

—Me inquieta.

Evelyn sonrió.

—La inquietud es útil.

Cuando Frank se levantó para ir al baño, Evelyn sacó su libreta negra y escribió un nombre nuevo. No con líneas. Con un punto.

Observó el escenario. El saxofón se detuvo. El aplauso fue contenido. La música había terminado, pero la noche no.

Al salir del Blue Raven, el aire frío la golpeó con fuerza. Caminó varias cuadras antes de detenerse. Encendió un cigarro que no fumó. Lo sostuvo entre los dedos como un accesorio.

Desde la otra acera, alguien la observaba.

No se movió. No hizo gesto alguno. Esperó.

La figura dio media vuelta y desapareció entre la gente.

Evelyn exhaló despacio.

Por primera vez desde que todo había empezado, comprendió algo esencial:

Las mentiras ya no solo eran suyas.

Y el jazz, como la ciudad, sabía escuchar.



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En el texto hay: detectives y asesinatos

Editado: 25.01.2026

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