El misterio de Blackburn

La mente del monstruo

La ciudad empezó a cambiar de tamaño.

No fue algo que pudiera medirse en mapas ni en distancias reales. Las avenidas seguían siendo largas, los edificios igual de altos, el ruido igual de constante. Pero para Evelyn, Nueva York comenzó a encogerse, como si cada calle desembocara inevitablemente en la misma esquina.

El caso ya no avanzaba en línea recta. Giraba.

Los periódicos publicaron un nuevo titular esa mañana: CUARTO ASESINATO CONFIRMA PATRÓN. La palabra patrón aparecía subrayada, repetida, exagerada. Era la clase de palabra que tranquilizaba al público y aceleraba a la policía.

Evelyn leyó el artículo con atención clínica. El cuerpo había sido hallado en un edificio de oficinas abandonado. Sin signos de lucha. Sin robo. Sin testigos confiables.

Pero había algo distinto.

—No es suyo —dijo Miller, señalando la fotografía—. No del todo.

Evelyn no levantó la vista de inmediato.

—Explíquese.

—La escena es limpia, sí. Calculada. Pero el gesto final… —hizo una pausa— no encaja.

Ella observó la imagen con más detenimiento.

El cuerpo estaba acomodado con un cuidado casi ceremonial. Demasiado visible. Demasiado explícito.

—Alguien quiere que lo vean —dijo Evelyn.

—Exacto.

Eso no formaba parte de su método.

El círculo no solo se estrechaba: se deformaba.

Durante los días siguientes, la comisaría se llenó de teorías. Un imitador. Un cómplice. Un cambio de firma.

Evelyn escuchaba sin intervenir demasiado. Tomaba notas. Asentía. Dejaba que otros llenaran los silencios.

En su interior, algo más peligroso crecía: la incertidumbre.

No porque dudara de sí misma.

Sino porque alguien más estaba aprendiendo.

Esa noche volvió al club de jazz.

El humo era más espeso, la música más lenta. El saxofón parecía arrastrar las notas como si también sintiera el peso del momento. Evelyn se sentó en la barra y pidió lo de siempre.

—Hace días que no venía —dijo el barman.

—El trabajo.

—Siempre el trabajo.

Ella sonrió.

Desde su asiento, observó a la gente con atención renovada. Ya no buscaba información. Buscaba desviaciones. Miradas que duraban demasiado. Silencios mal colocados.

Fue entonces cuando lo notó.

Un hombre al fondo. Sombrero claro. Traje barato. No bebía. No hablaba. Solo miraba el escenario… y a veces, a ella.

Evelyn sostuvo su copa sin moverse.

El círculo tenía rostro.

No hizo nada esa noche. Pagar, levantarse, marcharse: movimientos simples, normales. En la calle, el aire frío le devolvió algo de claridad.

Al día siguiente, Miller la estaba esperando.

—Tenemos una lista —dijo—. Personas que estuvieron cerca de al menos dos escenas.

Evelyn tomó el papel.

Cinco nombres.

Uno de ellos le resultó familiar.

—¿Lo conoce? —preguntó Miller.

—De vista.

No era mentira.

El imitador —si eso era— no era torpe. Era cuidadoso. Observaba. Aprendía. Pero había algo que no podía replicar: la paciencia.

Evelyn regresó a su apartamento esa noche con la sensación de estar siendo seguida, aunque no vio a nadie. Cerró la puerta con más fuerza de lo habitual.

Sacó la libreta negra.

Por primera vez en años, dudó antes de escribir.

No era miedo.

Era otra cosa.

El círculo ya no se cerraba solo sobre la ciudad.

Se cerraba sobre ella.



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En el texto hay: detectives y asesinatos

Editado: 25.01.2026

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