El misterio de Blackburn

Voces en la penumbra

Las voces comenzaron como un murmullo.

No eran acusaciones ni preguntas directas. Eran comentarios dispersos, frases sueltas que flotaban por la comisaría como humo viejo. Evelyn las escuchaba sin girar la cabeza, como había aprendido a hacer con todo lo que no convenía enfrentar de inmediato.

—Dicen que el asesino conoce bien los procedimientos.

—Demasiado bien.

—Alguien de dentro, quizá.

Las palabras no iban dirigidas a nadie en particular. Por eso mismo resultaban peligrosas.

El capitán Harris pidió calma, pero incluso su voz empezaba a sonar menos segura. El cuarto asesinato había abierto una grieta que ya no podía cerrarse con informes técnicos.

Evelyn se mantuvo en segundo plano. Trabajaba más horas, hablaba menos. Su presencia seguía siendo amable, casi discreta, pero algo en su forma de observar había cambiado. Ya no miraba buscando coherencia; miraba buscando amenazas.

Miller la observaba a ella.

No de manera evidente. No con sospecha abierta. Era peor: con atención.

—¿Confía en alguien? —le preguntó una tarde, mientras revisaban declaraciones contradictorias.

—En los hechos —respondió Evelyn.

—Los hechos mienten —dijo él—. Las personas también, pero de otra forma.

Ella no replicó.

Esa noche, la ciudad estaba inquieta. Un calor impropio para la estación se pegaba a la piel y hacía que todo oliera a metal y sudor. Evelyn volvió a caminar sin rumbo fijo, evitando su apartamento por primera vez.

Terminó en un café casi vacío, con luces tenues y mesas separadas. Se sentó al fondo y pidió té.

No estaba sola.

Dos mesas más allá, una mujer fumaba con ansiedad contenida. No la miraba directamente, pero cada tanto levantaba la vista lo suficiente para asegurarse de que Evelyn seguía allí.

La penumbra tenía memoria.

Evelyn terminó su bebida con calma exagerada. Pagó. Se levantó.

—Detective Blackburn —dijo la mujer, en voz baja.

El nombre cayó como una pieza mal colocada.

—Creo que sé cosas que le interesan.

Evelyn se volvió despacio.

—No aquí —dijo.

Caminaron dos cuadras en silencio. La mujer habló recién al llegar a una esquina oscura.

—Hay alguien copiando al asesino —dijo—. Pero no es un fanático. Es alguien que quiere llamar su atención.

—¿La mía?

La mujer asintió.

—Usted estuvo cerca de escenas antes de que fueran públicas. La he visto.

Eso ya no era un murmullo.

—¿Quién es usted? —preguntó Evelyn.

—Alguien que escucha —respondió—. Y las voces están cambiando.

Antes de que Evelyn pudiera preguntar más, la mujer se perdió entre la gente.

De regreso en su apartamento, Evelyn cerró todas las ventanas. Sacó la libreta negra.

Las páginas parecían observarla.

Por primera vez, no escribió nombres.

Escribió una frase:

Me están escuchando.

La tinta tardó en secarse.

El quiebre ya no era una posibilidad futura.

Era un eco que empezaba a responder.



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En el texto hay: detectives y asesinatos

Editado: 25.01.2026

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